'Artistas en bañador', Zumaia. Imagen: Carmen Vivas

Cultura ARTISTAS EN BAÑADOR (III)

Zumaia, el pueblo vasco que Zuloaga convirtió en la sede veraniega de la generación del 98

A principios del siglo XX, Zumaia comenzó a resurgir. Las fábricas de cemento se habían convertido en el motor económico de este pueblo guipuzcoano al que hasta 1916 se llegaba por una carretera demasiado larga y complicada para acudir solo de visita. Allí,donde todavía no se conocía el turismo, el mar fiero y duro chocaba contra los acantilados que hoy son foto de postal de cualquier visitante.

Verde y húmedo, frío en invierno y brillante en los meses de verano. En este lugar llevaba años con los ojos puestos Ignacio Zuloaga (Eibar, 1870 – Madrid, 1945), concretamente en un terreno que se encontraba en la desembocadura del río Urola, entre la playa y las marismas. Por aquella época el pintor, del que justo este 26 de julio se conmemora su 150 aniversario, ya era reconocido: el gran triunfador en París, el español que había expuesto junto a Gauguin, Van Gogh, Degas o Toulouse-Lautrec.

Santiago-Etxea sería el centro de tertulias de la generación del 98, «el lugar donde están los espíritus más elevados»

En ese terreno había una pequeña hospedería de peregrinos y una ermita que luchaban por permanecer a flote entre arenas movedizas que se inundaban cada vez que las mareas se alteraban. Le dijeron que no, que no era viable vivir allí, que la casa se caería, que no duraría ni dos años. Un lustro más tarde, aquel lugar al que bautizó como Santiago-Etxea era el centro de tertulias de la generación del 98, el imán de otros tantos intelectuales que convirtieron Zumaia en su hogar. Como lo describió el periodista y escritor Ramón Pérez de Ayala, «el lugar donde están los espíritus más elevados».

Hay que volver a 1910 para comenzar esta historia. Ese año murió Plácido Zuloaga, padre del pintor. Hasta entonces, la familia tenía una casa torre, Kontadurekua, con una colección museográfica de miles de piezas. Estaba en Eibar, a 30 kilómetros de Zumaia, y tras varios conflictos con el ayuntamiento decidieron ponerla a la venta y trasladar la casa familiar y el museo a otro lugar.

Lo compró por 4.500 pesetas de la época. Quería llevarse allí la colección de su padre

Es entonces cuando Zuloaga recuerda aquel lugar que había visitado con su padre varias veces. Ese terreno que le habían dicho que estaba casi maldito, que era imposible construir más en él. Vio que se subastaba y no lo dudó. Lo compró por 4.500 pesetas de la época. Quería llevarse allí la colección de su padre.

«Contrata a un arquitecto, Pedro Guimón, de Bilbao, y trabaja con él mano a mano. Buscan caseríos vascos y diseñan conjuntamente una casa de estilo neovasco con elementos eclécticos como forjas de tipo andaluz y un panel diseñado por su tío, Daniel Zuloaga», cuenta Ignacio Suárez-Zuloaga, presidente de la fundación del pintor.

Pero el terreno, como le habían avisado, era complicado. Para salvarlo comenzaron a traer camiones y camiones de arena. Tardaron dos años en fortalecerlo a base de paladas y además construyeron un bosque para que todo se quedase atado con raíces.

Inauguración e inundación

En 1914, exactamente el 14 de julio, se inauguró. Era Santiago-Etxea y se convirtió en el hogar de Zuloaga y en el centro cultural de Zumaia. El pintor y su mujer, Valentine Dethomas, decidieron pasar al borde del mar Cantábrico casi la mitad de cada año. «Él tenía que seguir en París, era donde vendía sus cuadros, pero 4 ó 5 meses, coincidiendo con el verano, los pasaban en su nueva casa», añade Suárez-Zuloaga.

Dicen que pagó el dique que tuvo que construir con lo que le dieron por La condesa Mathieu de Noailles, que se vendió justo por ese precio: 100.000 pesetas

Todo iba bien, la casa se sostenía, hasta que en 1916, dos años después de habitarla, una tormenta fortísima hace tambalearse el terreno. «El agua llega hasta el salón e Ignacio hace un dique de 400 metros de largo, 3 de profundidad y 3 de ancho. 100.000 pesetas le costó, cuando el terreno había valido 4.500… Dicen que lo pagó con lo que le dieron por La condesa Mathieu de Noailles, que se vendió a ese precio y fue adquirida por Ramón de Sota», asegura.

Fue una obra titánica, pero salvó la casa, el hogar de Zuloaga. A partir de entonces, entre él y su mujer comenzaron a llamar a sus amigos. Gregorio Marañón, Manuel de Falla, Ortega y Gasset, Baroja…. Zumaia se llenó de intelectuales y algunos de ellos decidieron hacer de aquel lugar su sitio de veraneo. Hasta apareció Alfonso XIII en 1919, época en la que Zuloaga le estaba retratando.

Se les veía en las playas, en los restaurantes. Zumaia, el lugar elegido por una generación que resaltó España como país tras la pérdida de las colonias. Zuloaga aprovechó estas visitas y retrató a muchos de ellos, dejando en sus obras la constancia de una amistad fortísima dentro de aquel grupo de artistas.

Belmonte y Zuloaga. EFE

Quizás el que más se involucró en este lugar fue Juan Belmonte. El torero, íntimo amigo del pintor, era considerado uno más de aquella generación. Incluso Zuloaga llegó a definirlo como «un símbolo en el toreo, y no meramente por sus hazañas ante los astados, sino por su seriedad, su sólida cultura literaria, su desprecio de la pose y de las actitudes flamencas y su nunca desmentida sencillez».

Belmonte llevaba acudiendo a las tertulias desde 1917, año en el que su rival y amigo Joselito El Gallo toreó en Zumaia y durmió en Santiago-Etxea. A él se lo pidió en 1924. Con Ortega y Gasset instalado en una casa para pasar también en verano en esta localidad, y con quien jugaba largos partidos de pelota vasca, organizó una becerrada benéfica, con la que levantar fondos para construir un hospital en el pueblo. Fue todo un éxito y ese año el pintor realizó tres retratos del torero.

Volvió al año siguiente para otra corrida benéfica y pasó uno de sus peores veranos. Recibió una cornada en la cara interior del muslo derecho. Grave, sangrando sin parar, fue llevado en hombros por varios amigos hasta un hotel donde le realizaron una cura de urgencia. «Estuvo a punto de morir», asegura el presidente de la fundación del pintor.

La relación de amistad entre ambos era estrechísima. Zuloaga amaba la tauromaquia, hasta tal punto que Belmonte llegó a asegurar: «Creo que hubiese cambiado toda su pintura por haber matado en la plaza de Madrid un toro, en la corrida de la Beneficencia, y verle rodar con las cuatro patas al alto y el tendido lleno de pañuelos”.

Belmonte continuó yendo los veranos junto a otros miembros de esa generación de intelectuales. Zumaia seguía respirando a través de ellos, pero la Guerra Civil supuso un parón en las tertulias, los veranos y los baños.

Él era republicano, como toda aquella generación, pero todos acabaron cambiando»

Zuloaga y su familia se encontraban en París cuando se produce la sublevación. «Él era republicano, como toda aquella generación, pero todos acabaron cambiando», dice Suárez-Zuloaga. Incluso se llegó a realizar un informe sobre él, firmado por Cosme Iraundegui, alcalde franquista de Zumaia, donde decía que «nunca se había interesado por la política, aunque sus amigos íntimos eran los republicanos académicos».

Y así había sido, hasta que le roban sus cuadros del estudio que tenía en Madrid y le entra pánico. Consigue que varios milicianos del Frente Popular acudan a Santiago-Etxea y custodien el museo. Pero viendo que aquella guerra era imparable y que ya llegaba hasta Guipúzcoa, acude allí para proteger su casa.

Las tropas franquistas llegaron tras el verano, el 21 de septiembre 1936, y la familia del pintor no mostró su apoyo al alzamiento militar. Entraron, tanto él como su yerno, en la lista negra y en noviembre su hijo fue enviado a luchar a Madrid.

Ya vivían en territorio franquista y comenzaron a llegar noticias de que los republicanos estaban saqueando el patrimonio. Además, se incendia la casa-torre que había sido de su familia y se le atribuye al mismo bando. Zuloaga entonces cambia y se posiciona a favor de Franco.

Según escribió el embajador estadounidense en España, Claude Bowers: «Cuando me visitó la primera vez, él era neutral, pero, muy pronto, viviendo en territorio fascista, y no tan sensible a los nazis alemanes como Unamuno, se había convertido en un decidido partidario de los fascistas».

Tanto que realizó retratos del general, de otros altos cargos y en 1939, cuando ganaron la guerra, le escribió esta carta a la señora Garret, coleccionista de arte: «Gracias a Dios, y a Franco, ¡al fin se ganó la guerra y terminó! Y terminó, a pesar de los deseos de los países que se llaman democráticos – ¡que farsa, qué vergüenza, cuando estos países conocían la verdad de este drama!- Todos trabajaremos con todas nuestras fuerzas para reconstruir una nueva España (libre, grande y unida)».

Él, pintor de gitanos, republicano durante años, intelectual, dejaba atrás, como muchos de sus compañeros de generación, su ideología.

Con España ya en una dictadura, siguió pasando grandes etapas del año en Zumaia. El pueblo mantenía el museo, la esencia de aquellos años en los que fue la sede de verano de la generación del 98.

Y así, con él en Santiago-Etxea, con el mar vasco apretando fuerte el terreno, con tardes jugando a la pelota vasca, pasó los siguientes años hasta que en 1945, con 71 años, murió en Madrid.

El pintor había pasado grandes periodos en la capital, en su estudio en Las Vistillas. Cuentan que sus estancias se fueron haciendo más largas a medida que la edad le impidió ir a París, que cambió una ciudad por otra durante el invierno pero que siempre, cada año, tenía que pasar sus 5 meses de verano en Zumaia.

Se fue dejando en Madrid una colección imponente y aún más en el que convirtió en su pueblo vasco. Allí, en Santiago-Etxea estaba el único cuadro que jamás terminó y que fue modificando con los años: Mis amigos. En él gran parte de una generación que discutió sobre todo y se impuso casi siempre ante todo. En él, los amigos que Zuloaga embelesó con su costa vasca y que aún se encuentran en la pared de su casa.

‘Mis amigos’, por Ignacio Zuloaga.

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