Francisco Franco, ataviado con uniforme militar. EFE

Historia

Marruecos, la guerra que forjó la leyenda de Franco

Antes de que marchara de vuelta a Marruecos para tomar el mando de la Legión, un grupo de notables quiso brindarle una calurosa despedida. Era el 12 junio de 1923 cuando el recién ascendido a teniente coronel Francisco Franco recibió en el hotel Palace de Madrid un banquete de homenaje en el que sorprendió el brindis del sacerdote Basilio Álvarez: «Pido, como gallego, al Gobierno, que si Franco encuentra la muerte en África, su cadáver sea enterrado al lado del sepulcro del Apóstol Santiago, en Compostela».

Por mucho que la muerte fuera un destino prematuro para un elevado porcentaje de oficiales destinados a África -como acababa de descubrir su predecesor en la Legión, Rafael de Valenzuela-, la petición del religioso resultaba tétrica e inoportuna, pero venía a plasmar la elevada consideración de la que Franco gozaba ya en algunos sectores de la sociedad española.

Un prestigio del que ya había recibido notables muestras en los meses anteriores, durante su estancia en Oviedo. «La deslumbrante carrera de Franco, temprana promoción y reconocimiento regio estimularon un estallido febril de culto al héroe en Oviedo cuando regresó allí el 21 de marzo de 1923. Los lugareños jubilosos le entregaron la llave de oro de la ciudad mientras la flor y nata competía en encendidos homenajes al romántico y joven héroe», señala Gabrielle Ashford Hodges en Franco, retrato psicológico de un dictador (Taurus, 2001).

Ese júbilo popular volvería a quedar en evidencia pocos meses después cuando, en octubre, Franco volviera a la capital asturiana para celebrar su matrimonio con Carmen Polo y Martínez. Multitudes de curiosos se acercaron al lugar del enlace, que fue recogido en la prensa con titulares como «la boda de un heroico caudillo».

Multitudes de curiosos se acercaron al lugar de su boda con Carmen Polo, en octubre de 1923

Tradicionalmente, el ascenso de Franco a la condición de líder del bando sublevado se ha estudiado como el resultado de una serie de circunstancias accidentales -como las muertes de los generales José Sanjurjo y Emilio Mola-, pero muchas veces se olvida que ya por entonces y desde hacía varios lustros el militar ferrolano gozaba de una fama entre algunos sectores de la sociedad que muy pocos de sus compañeros podían igualar.

Un prestigio labrado en gran medida con sus actuaciones en la llamada Guerra de Marruecos, a la que Franco se incorporó en 1912, con apenas 19 años. Era difícil ver el atractivo a un destino en el que el número de oficiales caídos solía superar al de los que regresaban ilesos, pero el futuro dictador tuvo claro casi desde que se licenció que quería prestar sus servicios en el territorio norteafricano.

«Quizás asfixiado por la sombría situación familiar, probablemente impulsado por el patriotismo, ciertamente consciente de la pobre paga de un alférez y de que las oportunidades de ascenso serían más fáciles en Marruecos que en una guarnición peninsular, Franco ansiaba abrirse camino y superar su posición en el escalafón», sostiene Paul Preston en su biografía Franco, caudillo de España (Debate, 2015).

Imagen de la boda entre Francisco Franco y Carmen Polo, en octubre de 1923

Al poco de aterrizar en el territorio marroquí, Franco ya había dado muestras de sus capacidades y valentía, como pronto quedó reseñado, una y otra vez, en los sucesivos partes de acción de sus superiores. «Franco se entregó al servicio con un fervor autodestructivo, casi suicida», sostiene Ashford Hodges, quien subraya cómo el joven militar mostraría en cada una de sus acciones en territorio marroquí «un valor temerario en el campo de batalla y una indiferencia total ante el peligro que le granjearon, si no el afecto, sí al menos el respeto y la lealtad de sus hombres. Su increíble sangre fría bajo las balas se convirtió en legendaria».

Su disposición a asumir las posiciones más peligrosas en cada una de las misiones que le eran encomendadas le valdrían muchos elogios, aunque también alguna que otra reprimenda -se cuenta que Sanjurjo le espetó en una ocasión que «no va a ir usted al hospital del tiro de un moro, sino de una pedrada que le voy a dar yo cuando vaya a caballo en las guerrillas»- y su sorprendente capacidad para salir ileso (sólo en 1916 recibió una grave herida que pudo haber sido fatal) alimentaron la leyenda entre sus hombres de que contaba con baraka, una especie de protección divina.

Pero si Franco llegó a ganarse el reconocimiento de superiores -plasmado en su ascenso a comandante en 1917- y subordinados no fue sólo por esa osadía temeraria frente al enemigo. Como apunta Preston, el ferrolano era conocido por sus camaradas como el hombre «sin miedo, sin mujeres y sin misa», lo que hacía referencia a su escaso interés en los vicios del resto de sus compañeros. «Sin otros intereses o vicios que no fueran su carrera, el estudio del terreno, el trazado de mapas y los preparativos generales para la acción consiguió que las unidades bajo su mando destacaran en un ejército conocido por la indisciplina, ineficacia y baja moral», señala su biógrafo.

Franco era conocido entre sus compañeros como el hombre «sin miedo, sin mujeres y sin misa»

Si esto ya se hizo patente en su primera etapa en África, que se extendió hasta 1917, cobraría mayor relevancia a su regreso a Marruecos a partir de 1920, cuando fue designado jefe de la I Bandera del recién creado Tercio de Extranjeros, a las órdenes del teniente coronel José Millán-Astray.

Como observa el general de brigada Salvador Fontenla en Franco, caudillo militar (La Esfera de los Libros, 2019) durante los dos años y dos meses siguientes participaría directamente en, al menos, 53 acciones de guerra, llevando el mando durante 5 meses de dos banderas legionarias y dirigiendo columnas cada vez más numerosas, con capacidades interarmas y con apoyos aéreos y de carros de combate.

Durante ese periodo, que concluye cuando se decreta la sustitución de Millán Astray por Valenzuela -que debió causar cierta decepción en un Franco que se consideraba merecedor del puesto-, se destacó en las denodadas luchas que siguieron al denominado Desastre de Annual, en julio de 1921, para restablecer la posición española en el protectorado.

Sus actuaciones en este periodo le valdrían la Medalla Militar Individual, con la que se reconocían «las brillantes cualidades militares que posee y que influyeron de forma muy notable, en gran parte, en los éxitos alcanzados por sus tropas en los numerosos combates en que tomaron parte», situándose con sus tropas, «siempre en primera línea, sabiendo inspirarles su espíritu esforzado y dirigirlas, en todo momento, con arreglo a los más estrictos preceptos de la técnica militar», según reza el escrito firmado por el Alto Comisario de España en Marruecos.

Supo aunar la eficacia con el ahorro de vidas, lo que hizo crecer su popularidad

En el Ejército se apreciaba su pericia táctica, su preocupación por el estudio del terreno y su cuidado en aspectos mucho menos apreciados como la defensa y la logística. «Una de las características principales de Franco fue la preocupación por operar con el menor número de bajas posibles y la facilidad para lograrlo, basada en la obtención de la sorpresa. Franco supo aunar la eficacia con el ahorro de vidas, lo que hizo crecer su popularidad, especialmente entre sus subordinados, pero también entre sus mandos y en los círculos políticos, temerosos siempre del desgaste que les producía la publicación de un abultado listado de bajas», resume Fontenla.

Un conflicto indeseado

La que España desarrollaba en Marruecos desde la primera década del siglo era una guerra de desgaste aparentemente sin fin, un conflicto considerado por muchos en la época como ruinoso y absurdo, en el que el país se había visto inmerso casi por obligación.

Fue el político canario Fernando León y Castillo el que advirtió en su momento de que «la cuestión de Marruecos se resolverá en breve con nosotros o sin nosotros y, en este caso, contra nosotros» y el desarrollo de los acontecimientos forzaría a los políticos de la Restauración a introducirse en una guerra que en realidad no deseaban y para la que la mayoría sabía que el país no estaba preparado.

Esto daba lugar a una situación muy compleja, porque los distintos gobiernos pretendían mantener la posición en el norte de África aportando los menores recursos posibles, obligando al Ejército a batirse en una guerra a la defensiva contra unas guerrillas rifeñas persistentemente opuestas a la presencia española. Líderes como El Raisuni o Abd el-Krim someterían al contingente español a un hostigamiento sin descanso, contra el que la falta de medios dificultaba una respuesta contundente.

Los militares africanistas creían estar luchando para recuperar el prestigio perdido por España

Todo esto azuzaba el resquemor de los militares desplegados en Marruecos, que se creían luchando por recuperar el prestigio perdido por España con el desastre de 1898, y que no se sentían suficientemente respaldados por la clase política ni por una parte importante de las masas populares -principalmente, de izquierdas-, que se oponían a la guerra. Esa creciente brecha entre parte del Ejército, los políticos y la sociedad sería un elemento importante -aunque no decisivo- en el futuro devenir de la historia española.

La tensión entre los denominados africanistas aumentaría a partir de 1924, cuando se dieron a conocer los planes del dictador Miguel Primo de Rivera para efectuar un importante repliegue de las posiciones españolas en Marruecos, con el que pretendía reducir los costes en recursos y en bajas del Protectorado.

Para entonces, Franco ya estaba de vuelta en África como jefe del Tercio y se alzó como una de las voces más combativas en contra de los planes del dictador, al que se los llegó a recriminar en una comida celebrada con la oficialidad del Ejército de África en 1924.

Pese a las tensiones, el jefe de la Legión acabaría asumiendo las órdenes de repliegue del Gobierno y batiéndose «con toda disciplina y con grandes derroches de valor», en palabras de Fontenla, en operaciones de gran riesgo como el abandono de la localidad de Xauen, en la que su comportamiento mereció, incluso, los elogios del propio Primo de Rivera.

«Nadie ha luchado con más perseverancia y con más capacidad que este invicto jefe en las campañas de Marruecos», afirmaría el dictador. Años después, en 1928, le sería otorgada una segunda Medalla Militar Individual por su actuación en esta operación.

Otro episodio clave en la carrera de Franco en Marruecos llegaría en 1925, cuando el Gobierno de Primo de Rivera acordó un plan conjunto con Francia, para ejecutar un desembarco en Alhucemas para castigar a las fuerzas rebeldes rifeñas.

Sus duros métodos de disciplina causaron alguna controversia entre sus compañeros

La difícil operación de desembarco, llevada a cabo en el mes de septiembre, hubo de enfrentarse desde un primer momento a una serie de contratiempos que a punto estuvieron de frustrarla. Pero en el momento en que la superioridad ordenaba la retirada, con las barcazas del ejército español lejos aún de la orilla, donde el agua superaba el metro y medio de altura, Franco dio la orden de ataque a sus hombres y se lanzó con arrojo a la lucha, logrando establecer una cabeza de puente que resultaría esencial para el éxito de los planes españoles.

Aunque uno de los mandos de la operación, el general Leopoldo Saro, alabaría su actuación en aquellos días con un lacónico «admirable. No cabe hacer más ni mejor», Franco sería cuestionado por su desobediencia, ante la que alegó que la retirada habría producido mucho más bajas y minado la moral de la tropa y se apoyó en una ordenanza que concede a los oficiales capacidad de iniciativa en los momentos cruciales de una operación.

Esta no sería la primera vez que las actuaciones del militar ferrolano generaran cierta controversia incluso entre sus compañeros de armas. Años antes, cuando aún no estaba al frente del Tercio, ordenó fusilar a un legionario por un acto de indisciplina, a pesar de que se le había negado de forma expresa el derecho a aplicar la pena de muerte. A un oficial que le recriminó su dureza le respondió de forma seca: «No tienes idea de la clase de gente que son: si no actuara con mano dura, pronto esto sería el caos».

También se cuestionaba su consentimiento con la brutalidad que, con frecuencia, desplegaban sus legionarios, quienes tomaron la costumbre de decapitar a los enemigos que caían en sus manos y pasear sus cabezas ensartadas en lanzas.

Pero lo cierto es que cualquier polémica que pudieran suscitar sus métodos quedaba rápidamente eclipsada por sus méritos en el campo de batalla, en el que su nombre era frecuentemente empleado para dar ánimos a los soldados en situaciones apuradas.

Su nombre era frecuentemente empleado para infundir ánimos a los soldados en apuros

La Orden General de la Comandancia Militar de Melilla del 31 de julio de 1925 lo juzgaba como «reposado en la acción, sereno en el juicio, con golpe de vista que le permite apreciar las situaciones tácticas en su preciso valor, arriesgado y audaz para avanzar y estudiar por sí mismo la situación de sus tropas cuando lo aconseja la importancia de las resoluciones que ha de tomar, acredita este jefe unas condiciones excepcionales para mandos superiores».

Esas cualidades le valdrían en febrero de 1926 el ascenso al cargo de general de brigada, con apenas 33 años. Aunque no sea cierta la leyenda de que fue el general más joven en Europa desde Napoleón Bonaparte, «incluso en las condiciones extraordinarias de la guerra de África, su ascenso en la escala jerárquica fue vertiginoso», defiende Ashford Hodges. Hasta el rey, Alfonso XIII, le felicitó por su nuevo ascenso.

Su promoción a general conllevaba el abandono de su mando en África y supuso su traslado a la Primera Brigada de la Primera División de Madrid. A su regreso a la capital del reino los cadetes que habían estado con él en la Academia Militar de Toledo se reunieron para rendir tributo al primero de su promoción en alcanzar el grado de general.

Entre las muestras de afecto y respeto, se le entregó una espada de gala y un pergamino, en el que se declaraba que «los nombres de los caudillos más significados se encumbrarán gloriosos y sobre todos ellos se alzará triunfador el del general don Francisco Franco Bahamonde». Pocos podían imaginar aún entonces lo que representaría su nombre tan sólo una década después.

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