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Reyes-rana, un castrati cantando a deshoras y otras locuras borbónicas

Historia

Reyes-rana, un castrati cantando a deshoras y otras locuras borbónicas

César Cervera Moreno acaba de publicar Los Borbones y sus locuras, y en una entrevista concedida a El Independiente, confiesa que «todo el mundo está un poco loco, y a los reyes se les nota más, porque tienen que reinar a pesar de sus locuras». Es por ello que ha dedicado su obra a la familia que reina actualmente en España, y que nos proporciona una jugosa información acerca de esos momentos de trastorno por los que pasaron bastantes monarcas de la misma.

Los primeros borbones españoles estuvieron aquejados de enfermedades mentales que iban pasándose de padres a hijos. A Felipe V (1700-1746) se le diagnosticó trastorno bipolar, herencia que le dejó a su hijo, Fernando VI (1746-1759). Su otro vástago, Carlos III (1759-1788), confesó en una ocasión a un biógrafo que se pasaba el día cazando para no correr la misma suerte que sus familiares.

Felipe V llega con 17 años a una España a la que le cuesta adaptarse. «No habla el mismo idioma, no comprende sus costumbres y considera que todo lo elegante viene de Francia», cuenta César Cervera Moreno.

El castellano era inexistente en palacio, puesto que el rey se dirigía a sus hijos en francés, y su esposa, Isabel de Farnesio, les hablaba en italiano. Este «destierro» del idioma se extendió al teatro, donde las obras se representaban en francés. «Se pierde parte del Siglo de Oro por culpa de la dinastía, y no se redescubre hasta que los románticos alemanes traducen a Calderón de la Barca en el siglo XVIII», señala el autor.

A las dificultades de adaptación que tuvo el monarca a su llegada a España, se suman las depresiones que le «apagaban» por momentos. Estos problemas de salud mental llegaron a su máximo apogeo en la segunda parte del reinado, cuando Felipe V «se vuelve completamente loco». Una de las anécdotas que recoge el libro es que el rey se consideraba una rana o un muerto que no tenía por qué moverse o hablar. «Llegó un momento en que se obsesionó con que su camisa estaba envenenada, por lo que se negaba a ponerse una que no hubiese llevado antes».

Finalmente, Felipe V decide abdicar debido a su enfermedad y deja el trono en manos de su hijo, Luis I, cuyo reinado duró solamente 229 días, durante el año 1724. La viruela acabó con la triste existencia de este rey, trastornado por las extravagancias de su mujer, Isabel de Orleans. Exhibicionista y maleducada, probablemente debido al trato cruel que sufrió en su infancia en Versalles, padecía un trastorno limite de la personalidad.

La temprana muerte de Luis I provocaría que su padre volviera a ser rey, debido a los designios de su mujer Isabel de Farnesio, ya que evidentemente no estaba en condiciones de gobernar. En esta segunda parte de su reinado, encontró un remedio que le sacaba de la depresión y le permitía «volver a la euforia y a la energía». Este «medicamento», por llamarlo de algún modo, eran las guerras. «España se metió en mas guerras de las que le correspondía», cuenta César Cervera Moreno.

En cuanto a los remedios de la época que servían para calmar las crisis, y que estaban basados en la medicina de la época, fundamentalmente se usaban narcóticos que tranquilizaban al monarca. Y es que, en el siglo XVIII el cerebro era ya la incógnita que sigue siendo a día de hoy, por lo que los familiares de Felipe V no sabían muy bien cómo lidiar con él. Aunque ahora se baraje la idea de que tuviera trastorno bipolar, en la época se trataba de una enfermedad sin diagnóstico ni tratamiento.

Por ello se le buscó una nueva solución, que consistió en hacer venir de Londres en 1737 al castrati Carlo Broschi, llamado también Farinelli, para cantar en la alcoba real todas las noches, sus más balsámicas arias de opera, como terapia para intentar que Felipe V recuperara algo de la razón perdida. Nos comenta el autor que el cantante acabó con «unas ojeras como cráteres», puesto que cantaba durante horas.

Felipe V también tenía una dependencia afectiva «en todos los ámbitos». «No se podía levantar de la cama sin su mujer» y muchos creían que Isabel de Farnesio estaba exclusivamente para suministrarle sexo. «A nivel de política, Isabel de Farnesio mandaba mucho, pero la última palabra la tenía su marido. Debió de ser realmente complicado negociar con alguien como Felipe», subraya César Cervera Moreno.

Su sucesor, Fernando VI, «había tenido arranques de locura de pequeño, pero en su último año de vida, supera las locuras de su padre» puesto que tiraba heces a su confesor e intentaba morder a los criados. Todo ello provocado por su incapacidad para soportar la soledad que le produjo la muerte de la reina, Bárbara de Braganza, y el hecho de contar exclusivamente con la compañía de criados y súbditos, sin hermanos de sangre y rodeado de caras desconocidas, abandonado por todos los que le habían sido fieles hasta ese momento.

El siglo XVIII finalizaría con dos reyes bastante «sosotes» en cuanto a extravagancias y locuras, ya que tanto Carlos III como su hijo Carlos IV (1788-1808), se dedicaron a dos aficiones que dieron poco que hablar. El primero, como dice César Cervera Moreno en su libro «solo era feliz entre perros, caballos y escopetas, de las que era un experto coleccionista». De Carlos IV describe su pasión por el coleccionismo de relojes, aunque quizás haya pasado a la historia por la infidelidad nunca demostrada, de su mujer, María Luisa de Parma, con «el choricero», es decir, Manuel Godoy, un don nadie, convertido en el último valido a la antigua usanza de la monarquía española.

El siglo XIX no va a ser fácil para los españoles, pero tampoco para sus soberanos, ya que está jalonado de conflictos como la Guerra de la Independencia y la consiguiente pérdida del Imperio americano, las Guerras Carlistas, la Primera República, para finalizar con el Desastre del 98, que representa el paso definitivo de España a la irrelevancia total como país, en el tablero internacional.

De Fernando VII (1808-1833) el autor señala que su trastorno sería el de «mentiroso compulsivo», ya que fue capaz de desafiar esa máxima de Lincoln que dice «no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo», ya que el «rey Felón» lo consiguió. «Engañó a sus padres, a Europa y a Napoleón. A sus mentores y amigos. A sus esposas. A los liberales, y para que no tuvieran envidia, también a los absolutistas».

Isabel II (1833-1868), tuvo el triste honor de ser quien inaugurara en España los destronamientos revolucionarios, que tras el efímero paso por el trono del italiano Amadeo de Saboya (1870-1873), dio paso con Alfonso XII (1874-1885) al periodo llamado de la Restauración…pero de la noche madrileña. En resumen «un calavera con encanto», fruto de lo cual dejó numerosa descendencia ilegítima.

Tuvo digno heredero en cuanto a mujeriego, en ese hijo que no llegó a conocer, ya que murió antes de que naciera. Nos referimos a Alfonso XIII (1902-1931), que como colofón a las extravagancias narradas en este libro, produjo una serie de películas de contenido pornográfico, a través de unos pioneros del cine, los hermanos Ricardo y Ramón Baños, quienes entre 1922 y 1926 «se dedicaron a plasmar las fantasías del rey, que eran muchas y muy retorcidas».

Ante la pregunta que hacemos al autor de porqué su libro finaliza en el reinado de Alfonso XII, ya que en los últimos tiempos estamos conociendo detalles, de las «locuras» de algún miembro todavía de la casa real actual, César Cervera Moreno comenta que «nos falta perspectiva histórica, ya que las últimas noticias publicadas mezclan lo público y lo privado, e igual estos escándalos quedan en el olvido, y solo se le recuerda por su labor como rey».

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