El debate sobre la calidad de la democracia española no es original. Surge cada poco tiempo y, normalmente, comienzan a darle voz aquellos que no están de acuerdo con determinadas decisiones políticas o judiciales que no favorecen sus intereses. Son los mismos que callan cuando las sentencias les dan la razón. También ese rumor recurrente tiene mucho que ver con la cercanía de elecciones generales o autonómicas. Si los estudios internos determinan que cuestionar la democracia y las instituciones les puede beneficiar electoralmente, por poco ética que sea su denuncia, allá que lanzan los argumentos a paladas.

El último en utilizar esta estrategia ha sido Pablo Iglesias Turrión. Unos días antes de las elecciones en Cataluña se sumó a esta ola que llegaba de Rusia, y afirmó en un medio catalán que «no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España cuando los líderes políticos de los dos partidos que gobiernan Cataluña están, uno en la cárcel y el otro en Bruselas. ¿Cómo va a haber normalidad democrática en nuestro país si un conflicto político ha dejado de poder gestionarse por vías políticas y ha acabado gestionándose por vías policiales o judiciales?”, insistió.

Pocos días después de estas estratégicas palabras, y ante las críticas que ya preveía recibir, volvió a incidir en sus planteamientos asegurando que las reacciones en su contra no hacían más que revelar y reafirmar que lo que dijo sobre nuestra supuesta democracia mediocre era cierto.

El asunto es más grave cuando el que dispara contra el sistema es el propio sistema con cargo de vicepresidente del Gobierno

Extrañaron esos dos golpes seguidos al mentón de la imagen de la democracia española en pocos días, pero sería menos chocante si sus palabras llegasen desde el lugar de donde habitualmente venían, la oposición. El asunto es más grave cuando el que dispara contra el sistema es el propio sistema con cargo de vicepresidente del Gobierno, un empleo que le han conseguido los ciudadanos que votaron libremente, gracias al sistema democrático que le ha llevado a ese privilegiado lugar.

Esta situación solo se puede entender atendiendo al bagaje que ha llevado al éxito a la formación ya que, según el investigador José Ismael Criado, gran parte del ascenso de Unidas Podemos se ha sustentado en el populismo argumental, la fuerza de la comunicación audiovisual y el peso que le otorgan al marketing político.

La democracia actual gana ante a su triste reflejo de 1981

Es necesario no relajarse en la exigencia democrática, sin duda. Pero quizá cuando mejor se observa qué grado de salud tiene una sociedad es realizando un careo con ella misma, un frente a frente con su yo de hace 40 años.

Tal día como hoy, en 1981, España era un hervidero de noticias relevantes e inquietantes, no obstante, solo dos semanas atrás se había vivido un intento de golpe de Estado. Durante esos primeros días de marzo los militares y guardias civiles detenidos aguardaban su condena después de haber intentado, por la fuerza, imponer sus ideas frente a la libertad de elección de la ciudadanía.

Otra de las noticias angustiosas de aquel momento histórico era la del secuestro del jugador del FC Barcelona, Enrique Castro, ‘Quini’. Fue asaltado a punta de pistola el 1 de marzo y su desaparición mantuvo al país con la respiración contenida hasta el día 25, momento de su liberación. Sus secuestradores le habían ocultado en un zulo y le alimentaban a base de bocadillos mientras esperaban el millonario pago del rescate. Esta situación, hoy, parece muy alejada de un país que ya ha olvidado los días en los que las noticias de secuestros eran relativamente habituales. Y lo ha hecho en parte gracias a la madurez de la sociedad y de un sistema policial y penal avanzado.

Por estas mismas fechas de hace 40 años también seguía su curso la Ley del Divorcio en España, no sin trabas, ya que la Iglesia Católica se oponía frontalmente. Pese a ello, Adolfo Suárez había decidido que la ley más progresista de Europa, consensuada con movimientos feministas, debía seguir adelante sí o sí. El ministro de Justicia del momento, Francisco Fernández Ordóñez llegó a declarar que “no podemos impedir que los matrimonios se rompan, pero sí el sufrimiento de los matrimonios rotos”. Hoy este debate sería también impensable en la sociedad española.

Por si fueran pocas noticias potentes, el terrorismo de ETA seguía copando portadas con cadáveres, coches bomba, tiros en la nuca y secuestros inhumanos. Solo ese año hasta 32 personas fueron asesinadas por una banda que, gracias al esfuerzo de muchos al amparo de la democracia -también con sombras como el GAL -, hoy son parte del pasado hasta el punto de que el 47% de los universitarios no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco.

Hace 40 años se secuestraban estrellas del fútbol, se trataban de imponer ideas a golpe de pistola, se penalizaba el divorcio y se asesinaba a sangre fría

En España hace solo 40 años se secuestraban estrellas del fútbol, se trataban de imponer ideas a golpe de pistola y asalto al Congreso, se penalizaba el divorcio y se asesinaba a sangre fría casi cada semana en algún rincón del país. Todo ello, en el marco de una sociedad claramente machista y sin visos de igualdad hombre-mujer a corto plazo, un asunto que no estaba ni en el debate. El reflejo de esa España visto por un joven parecería la radiografía de otro planeta. Pero no hace tanto de aquello. Hoy, el Índice de Calidad democrática de The Economist puntúa a España con un 8,12 y nos sitúa en el honroso puesto 22. Es casual y fruto del recorte de libertades provocado por la pandemia, pero lo cierto es que desde que Iglesias, el gran crítico de la democracia española, se incorporó a Moncloa, hemos descendido seis posiciones.

Mejor que nunca en progreso social

Puestos a ser optimistas el mundo en su conjunto, y España en particular, no es que estén mejor, sino que viven su mejor momento. En los últimos 60 años, la esperanza de vida ha aumentado desde los 48 a los 71 años; la pobreza extrema se ha reducido sustancialmente, al igual que el analfabetismo que se sitúa en el 15% frente al 44% de 1991 y las guerras han descendido de una manera drástica. Hoy solo el 0,5 de cada 100.000 muertes son debidas a un conflicto bélico. Además, la mortalidad infantil también se encuentra en cotas históricamente bajas gracias a un sistema de salud global más avanzado y a las ayudas al desarrollo.

Hay mucho camino por hacer, por mejorar, pero todo está mucho mejor que hace pocos años. Pese a ello, es curioso cómo la percepción social sigue siendo negativa y tendemos a pensar que estamos peor que nunca. Esto tiene alguna explicación sociológica en el hecho de que los avances que se asumen como superados no suelen provocar entusiasmo. También en el mal del cortoplacismo. Según la socióloga Elise Boulding, “si uno está mentalmente a la carrera todo el tiempo por lidiar con el presente, no le queda energía para imaginar el futuro”. Este cortoplacismo nos hace infelices y no nos otorga la perspectiva necesaria para imaginar, con paciencia, un futuro mejor. De igual modo esa óptica hacia atrás se torna más necesaria que nunca para, en este caso, observar cómo nuestra democracia y progreso social, con ánimo de mejora constante, se encuentra en el mejor momento de su historia.