Elena y Puri, en la residencia Los Robles, de Madrid, donde han pasado el último año sin poder salir

Elena y Puri, en la residencia Los Robles, de Madrid, donde han pasado el último año sin poder salir Ignacio Encabo

Salud

Elena y Puri, tras un año de encierro: “Queremos ver jóvenes sin mascarilla”

La vida retorna a la residencia Los Robles Gerhoteles. La directora, el médico, un familiar y dos residentes recuerdan los meses más duros y celebran los cambios que ha traído la vacuna.

Elena fue pediatra. Puri, ama de casa. Ambas han pasado la epidemia y también la infección en la residencia madrileña Los Robles Gerhoteles, de la que apenas han salido en meses, muchos de ellos tan siquiera de la habitación. Más de un año después reflexionan sobre lo vivido con esa serenidad que solo dan los años, pero también con esperanza y con más deseos para los demás que para ellas mismas. “De lo que tengo ganas es de ver a los jóvenes sin mascarilla, que puedan relacionarse y disfrutar como nosotros lo hicimos”, dice Elena mientras Puri asiente.

Antes de marzo de 2020, Puri (89) llevaba un año en la residencia. Había llegado junto a su marido, después de que a él le empezaran a fallar las piernas y con el peso de haber perdido a una hija por culpa de la esclerosis múltiple. Su otra hija, que vive en Bruselas, venía a verles cada mes. “Menos mal que he pasado esto en la residencia. Si me coge en mi casa, me hubiera muerto”, confiesa.

Elena llegó a Los Robles tres años antes que el virus. Con 79 años y viuda, prefirió ingresar en la residencia aunque todos los fines de semana salía a comer y pasear con sus hijos. Se enteró de la existencia del virus cuando preguntó por su compañera de mesa en el comedor: “Ella era un cielo y de repente me dijeron que había fallecido. Pregunté, ¿de qué? Y así me enteré. Enseguida nos enclaustraron en las habitaciones”, recuerda.

En la residencia Los Robles Gerhoteles hay 137 plazas. En dos semanas fallecieron alrededor de una veintena de residentes. Apenas dos con un diagnóstico confirmado, pero la mayoría con síntomas sospechosos. “Las primeras semanas fueron de muchísima impotencia. Tuvimos la suerte de que contábamos con oxígeno en las habitaciones y nos iban mandando fármacos… Pero no sabías por qué algunos evolucionaban bien y otros empeoraban… Al principio los tratamientos no eran muy eficaces”, recuerda Juan Manuel Rodríguez, el médico de la residencia.

Inmediatamente la residencia se cerró y de aquellas primeras semanas, el peor recuerdo de su directora, Natalia Díaz Ruiz, es la falta de material: “De golpe, nuestros proveedores habituales de mascarillas y material de protección nos dejaron de servir por el Estado de Alarma y ahí nos empezamos a preocupar de verdad. No podíamos aplicar los protocolos al 100%”.

La directora de este centro, que en marzo de 2020 estaba embarazada de ocho meses, asegura que las siguientes semanas fueron una búsqueda constante de material y la reorganización del centro: “La UME vino, nos ayudó a sectorizar y dio formación al personal. Sentimos el apoyo de las familias y eso fue fundamental”.

Así lo recuerda Marisol, la hija de un residente con deterioro cognitivo que hasta el inicio de la pandemia recibía cada día la visita de su mujer para salir a pasear: “Hablábamos a través de videollamada y lo agradecemos aunque para él, por su deterioro cognitivo, se quedaban escasas. Para ellos es muy necesario el contacto físico y eso nos lo ha dado la vacuna, aunque este año le ha afectado bastante”.

El padre de Marisol pasó el Covid en abril, aunque sin los síntomas habituales. Fue su hija la que alertó al médico cuando le vio muy decaído en una videollamada: “Se lo dije y el médico fue muy receptivo. No sé cómo pero se curó con antibióticos. Durante aquellos días, aunque no sabíamos si era o no coronavirus, no dormíamos. Solo lo supimos después, cuando en la serología le salió que tenía anticuerpos”.

Cuando en verano la Comunidad de Madrid estudió la presencia de anticuerpos en las residencias madrileñas, el resultado fue que tres de cada cuatro habitantes de Los Robles tenían anticuerpos, una media en línea con el resto de residencias en la región. El médico de la residencia calcula que «entre el 40 y el 50% pasaron el virus de forma asintomática».

Así lo pasó Elena, que recuerda «tres días de tos tonta». Nunca tuvo miedo de contagiarse, asegura, pero sí lo tuvo por su familia. «Mi hija es psicóloga y me daba miedo que enfermara. Ella me preguntaba por mi, pero yo le decía que tranquila, encerrada no iba a enfermar, que tuviera cuidado ella». Para la pediatra, lo peor fue «ver fallecer a gente que apreciaba y la incertidumbre de no saber qué iba a pasar».

Han sido muchos meses de aislamiento en sus habitaciones, donde pasaban todo el día y tan solo veían en algunos momentos a los miembros del personal que entraban a limpiar o servirles la comida. «Ha sido durísimo. Un marido sin poder ver a su mujer, un hijo sin poder ver a su padre. A las residencias nos han privado de unos derechos que sí tenían el resto de las personas, creo que no ha sido justo», lamenta Díaz. Solo desde este mes de abril los familiares han podido recibir visitas de dos familiares simultáneamente o salir de las residencias.

Elena pasó el tiempo viendo la televisión y Puri, que estaba con su marido, «leyendo mucho, charlando y viendo la televisión». «Cuando tienes experiencia de tantos años y otras epidemias que ha habido y de las que siempre se ha salido confías, yo no me puse en plan negativo», recuerda Elena.

La noticia de la vacuna llenó de esperanza la residencia, como recuerda su directora: «Habían pasado todo el tiempo encerrados, no pudieron salir en verano como el resto de la gente. Por eso fue muy emocionante. Para mí fue muy importante cuando los vi a todos, algunos incluso centenarios, poniéndose a la fila sin dudarlo, sin decir ‘mira, a mí para lo que me queda…’ y no. No lo dudaron».

Tampoco se lo pensó Puri ni un momento. «Yo, aunque me diera reacción, lo que me tengan que hacer». Tampoco Elena, que insiste en que los vacunados deberían ir quitándose la mascarilla: «Si nos vacunamos hay un objetivo, pero si no nos la quitamos, no se ve un efecto… Para qué nos vacunamos».

Las residencias fueron declarados el grupo prioritario por donde empezó la vacunación frente al Covid el pasado 27 de diciembre. Apenas dos meses después, el 19 de febrero, Madrid ya comunicó que los contagios habían caído casi un 90%. A principios de abril y en toda España, los contagios y fallecimientos han caído un 99% respecto a enero.

Cifras de esperanza que impulsan que la vida vuelva a las residencias. «Hace solo dos semanas que hemos abierto el comedor. Aunque se sientan en mesas separadas, al menos comen en compañía. También han vuelto las terapias», explica la directora del centro.

Ahora lo que les toca, explica el médico, es evaluar qué secuelas, físicas y psicológicas, ha dejado el virus más allá de la infección. «Hemos visto un bajón enorme en su estado de ánimo. Han salido, en general, más tristes. También hemos visto secuelas físicas, empeoramiento del deterioro cognitivo y más caídas, y sobre todo malnutrición en el sentido de que muchos perdieron el apetito», explica Rodríguez.

Este análisis de la salud de los residentes va acompañado, asegura, de mejoras poco a poco. Estas semanas han vuelto las terapias, las clases de gerontozumba o los conciertos quincenales. La vida sigue y, para muchos de los residentes, este ha sido solo un obstáculo de los muchos que les ha tocado afrontar en sus largas vidas. Como le dijo una mujer a su marido, ambos centenarios, tras ponerse la vacuna hace unas semanas: «Santiago, de ésta también hemos salido».

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