Salud

Islas de calor urbanas: cuando las ciudades ponen en riesgo la salud

Chorros en Madrid de noche durante una ola de calor.

Chorros en Madrid de noche durante una ola de calor.

El número de españoles que viven entre hormigón, cemento y asfalto crece de forma constante. Desde 1900, la población se ha multiplicado por 2,5 pero a la vez un 70% de los municipios han perdido habitantes. Las ciudades han pasado de albergar a la mitad de los españoles a acoger al 87% y las 50 capitales de provincia casi han multiplicado su censo por cinco, como detalla el informe “Aumento de temperaturas por ciudades en España 1983-2020” realizado por el Observatorio de la Sostenibilidad.

Así, las ciudades españolas son cada vez más grandes, están más pobladas y sufren cada vez más el efecto isla de calor urbana, un fenómeno que aúna las consecuencias del cambio climático y la contaminación. Y provoca, además de un calor cada vez más insufrible, consecuencias directas para la salud de quienes viven en estos entornos.

“El efecto de isla de calor urbana se define como el aumento de las temperaturas de las zonas urbanas más pobladas en comparación a sus entornos rurales o suburbanos”, explica Cristina Linares, codirectora de la Unidad de Referencia en Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano del Instituto de Salud Carlos III.

Un aumento de temperatura que se produce porque “las superficies grises, compuestas fundamentalmente por ladrillos, cemento, hormigón o asfalto, acumulan calor y no permiten su absorción como lo hacen las superficies naturales”, apunta Pablo Rodríguez Bustamante, geógrafo y socio de GEOCYL, una consultora que se dedica a realizar planes de mitigación y adaptación al cambio climático.

Así, durante el día las ciudades acumulan calor y, debido a la falta de espacios naturales, son incapaces de liberarlo por la noche. Por ello este fenómeno no cambia la temperatura máxima diurna pero “se detecta en las temperaturas nocturnas, es decir, en las mínimas, y puede hacer que éstas sean entre 0,4 y 12 grados superiores a las zonas rurales circundantes”, explica Linares.

Como ejemplo en esta calurosa semana, la estación de medición de Retiro, en el centro de Madrid, marcaba 30 grados a las once de la noche del martes, como confirma la meteoróloga de eltiempo.es Irene Santa. «Hablábamos de noches tropicales cuando la temperatura no baja en ningún momento de los 20 grados. Cuando no baja de 25 tenemos noches ecuatorianas o tórridas. Eso hace muy complicado conciliar el sueño en las ciudades».

Evolución de la temperatura en las ciudades españolas 1978-2020

Observatorio de la Sostenibilidad

El estudio del Observatorio de Sostenibilidad, codirigido por Fernando Prieto con datos de AEMET, refleja que en las ciudades españolas donde viven 15 millones de personas la temperatura aumentó 0,73 grados de media entre 2011 y 2020 respecto al período 1981-2010. En el conjunto de España ese aumento fue de 0,58 grados. Sus datos indican también que en las ciudades más grandes de España – Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga o Valencia – la temperatura entre el centro de la ciudad y las áreas limítrofes llega a variar en nueve grados.

El informe pone el foco en el futuro y destaca que la previsión a 2050 es que las temperaturas sigan aumentando y que las ciudades peor paradas en este sentido serán Ciudad Real, Madrid, Cuenca, Guadalajara, Ávila, Soria, Sevilla, Jaen, Cáceres y Badajoz.

Qué factores determinan una isla de calor

El fenómeno isla de calor y su intensidad depende de muchos factores, algunos de ellos incontrolables. «No es lo mismo una ciudad costera o una que está sometida a corrientes, donde es más difícil que se genere una isla de calor, que en un valle», explica el consultor de GEOCYL.

Además de la geografía, los factores meteorológicos diarios también cambian la situación. «Si el día es más o menos nuboso o ese día hay viento, la temperatura bajará menos», afirma Santa.

El tamaño y la densidad de población también determinan el fenómeno, que se agrava, explica Rodríguez Bustamante, con la contaminación: «El llamado smog, de smoke and fog [humo y niebla], crea una especie de boina que concentra las partículas. Los rayos de sol entran pero no permite que salgan, es como un efecto invernadero a pequeña escala».

Ese efecto es mayor en el centro de las ciudades y las zonas más grises. «Donde más se nota el efecto isla de calor es en las calles más estrechas y con edificios más altos, así como las calles que tienen más tráfico», apunta la meteoróloga de eltiempo.es.

«El porcentaje de asfalto en las ciudades, el calor generado por los vehículos, los aires acondicionados, la existencia de instalaciones industriales y, por supuesto, la falta de vegetación», son otros de los factores que determinan la intensidad de las ciudades, explica Julio Díaz, jefe de Epidemiología y Bioestadística de la Escuela Nacional de Sanidad del ISCIII y experto en cambio climático.

El experto explica que «la vegetación en el suelo reduce la temperatura máxima de la superficie entre 2 y 9 grados mientras que cubiertas y muros verdes reducen la temperatura máxima de la superficie unos 17 grados». Díaz alude a un estudio en 30 parques de Pekín que mostró diferencias de 2,3 gradfos a 4,8 grados en lugares situados entre 35 y 840 metros del espacio verde.

La situación se observa de forma gráfica en un estudio que comparó las temperaturas de los veranos de 2000 a 2009 entre el centro de Madrid y los municipios del este. Mientras que la media de las máximas diarias fueron mayores en el este (31,4 frente a 29,9 grados), las mínimas fueron más elevadas en el centro (17,6 grados frente a 15,4 en la periferia), como explica Díaz, uno de los autores de esa investigación.

Cuando las ciudades perjudican seriamente la salud

El calor extremo perjudica la salud y en concreto la situación en las ciudades, donde se sufre el efecto ola de calor, el problema se acentúa. Otro estudio del ISCIII de 2022 sobre la vulnerabilidad al calor en áreas urbanas y rurales refleja el claro efecto negativo de las ciudades. Allí la población es seis veces más vulnerable al calor que en los pueblos. «Los factores de riesgo frente al calor son vivir en lugares que no están habituados a altas temperaturas, pero, sobre todo, la pobreza y las viviendas disfuncionales, es decir, las viviendas con mala construcción y mal aislamiento térmico que no son capaces de mantenerse frescas en verano», explica Linares.

Los riesgos del calor van desde el golpe de calor a la deshidratación, a problemas cardiovasculares, respiratorios, de salud mental y empeoramiento de las patologías previas, también un aumento de las hospitalizaciones y muertes prematuras, como se ha reflejado en diversos estudios. El investigador de IS Global Xavier Basagaña resaltaba en un artículo en la web del centro de investigación que «las personas con enfermedades crónicas, sobre todo de tipo cardiovascular, respiratorio, renal, mental o del sistema nervioso tienen más riesgo de sufrir estas consecuencias. En el caso de las enfermedades mentales pueden confluir diferentes factores, como la incapacidad de cuidarse por sí mismas, el hecho de que el calor pueda provocar brotes de determinadas enfermedades, y el hecho de que algunos medicamentos interfieren con los mecanismos de termorregulación». Las personas mayores, embarazadas, niños pequeños e incluso deportistas son los más vulnerables a estos efectos.

Luchar contra las islas de calor para mitigar sus efectos

El concepto isla de calor no es nuevo. Como recuerda Rodríguez Bustamante, «no con ese nombre, pero se hablaba del concepto ya en Londres en 1817. Sin embargo no se ha hablado de forma contundente sobre las islas de calor hasta hace una década, y de forma más intensa cinco años». Su consultora, GEOCYL, se dedica a realizar «estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático» y el geógrafo asegura que las licitaciones para proyectos de este tipo son prácticamente de los últimos cinco años.

Hacemos planificación y soluciones para hacer frente a estas islas de calor. «Hablamos de NBS, un concepto que proviene de las siglas en inglés de soluciones basadas en la naturaleza, y que buscan convertir en verde el gris de las ciudades. De cambiar el color de las ciudades», explica Rodríguez Bustamante.

El objetivo general es aumentar los espacios verdes, las zonas de agua o de sombra que permitan aumentar esa absorción del calor. «Hay un gran catálogo de soluciones según el espacio, desde bosques urbanos, sumideros de carbono que son bosques más densos, jardines flotantes, techos vegetados o jardines verticales», relata Rodríguez Bustamante. Otra solución son los llamados parklets, «pequeños espacios que el coche cede al ciudadano, pueden ser tan solo unas plazas de aparcamiento, que se convierten en un pequeño jardín», añade.

Son cada vez más las ciudades que han implantado este tipo de soluciones, un ejemplo es el proyecto Urban Green Up, que se lleva a cabo de forma central en tres ciudades europeas y en el que participa Valladolid.

«Además de estas soluciones hay otras que no son intervenciones pero que también son importantes, como las actividades educativas y el empoderamiento ciudadano», incide Rodríguez Bustamante.

Linares subraya además que «la OMS indica que para la disminución de los impactos del calor en las ciudades y del efecto isla térmica habría que aumentar el albedo (radicación que se refleja) de los edificios y del suelo, incluir tejados o cubiertas verdes en los edificios, aumentar las zonas verdes como parques, arbolado,etc. y crear zonas azules como lagos, fuentes, estanques».

Fernando Prieto, ecólogo y responsable del Observatorio de la Sostenibilidad, coincide en la importancia de todas estas medidas de adaptación a las ciudades pero afirma que «el cambio climático está aquí y urge tomar medidas urgentes contra el calor y el efecto que causan las islas de calor urbanas. A corto plazo hay que extender el bono social de la electricidad al verano, porque este problema es cuestión de clases. Los barrios más ricos suelen tener más zonas verdes y casas mejor acondicionadas, hay que apoyar a los barrios más desfavorecidos, luchar contra la pobreza energética».

Prieto también apuesta por una ampliación de la legislación en esta línea: «En línea con la obligación de establecer zonas de bajas emisiones en ciudades de más de 50.000 habitantes, habría que establecer otras normas que apoyen estos cambios».

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