Una imagen fugaz pero capaz de avivar un debate incómodo, largamente aplazado en la opinión pública y la dirigencia españolas. La instantánea muestra a Juan Carlos I, a sus 88 años recién cumplidos, en ropa deportiva y aspecto desmejorado en una localización no desvelada. A su lado, posa sonriente el jeque Jalid Al Badr Mohamed Ahmed al Sabah, miembro de la Casa Real kuwaití y el artífice de la publicación y posterior borrado de la fotografía en su cuenta de Instagram. El testimonio gráfico, uno de los contados que han aparecido desde que el rey emérito iniciara su suerte de 'exilio' en Abu Dabi en agosto de 2020, plantea la conveniencia de poner fin al destierro del monarca, camino de los 12 años de su abdicación y los seis de su accidentada salida del país jalonada de escándalos y sospechas de corrupción y “ciertos acontecimientos pasados de su vida privada” carentes de la más leve ejemplaridad.
La fecha de la publicación de la fotografía -el 15 de enero- coincidió con el fallecimiento en el palacio de la Zarzuela de Irene de Grecia, la hermana menor de la reina Sofía, “Sofi”, como el rey emérito la llama en Reconciliación, las memorias escritas por Laurence Debray, y a la que reprocha no haberle visitado desde que abandonara Madrid. En la obra, publicada en diciembre en España, es el monarca el que habla de la soledad que vive en Abu Dabi, la capital de Emiratos Árabes Unidos, una federación de siete emiratos que dirige con mano de hierro Mohamed bin Zayed, apodado por algunos el “Maquiavelo” del Golfo por una agresiva política exterior que le ha llevado a financiar conflictos armados desde Libia hasta Yemen y Sudán enfrentándose a sus “hermanos” de la península Arábiga, con Arabia Saudí a la cabeza.
"En virtual reclusión"
Juan Carlos describe su presencia en el país, en su casa de la exclusiva isla de Nurai, como “una expatriación forzosa”, “en virtual reclusión” y “ostracismo”. “Yo sigo imperturbable, amurallado en el silencio, confinado en una existencia monótona y privada para no molestar a la Corona y a mi hijo”, relata.
Una imagen de soledad y nostalgia que confirma el historiador Charles Powell, director del Real Instituto Elcano y autor del recién publicado El Rey Juan Carlos y la proyección exterior de España. Para la redacción del libro, Powell se reencontró con él en Abu Dabi. “Soledad y nostalgia absolutas. Abu Dabi es un entorno extraño, donde prácticamente no se puede hacer vida social tal y como la entendemos en Europa. Y aunque tiene visitas de amistades y de miembros de su familia, no son muy frecuentes. Él está absolutamente pendiente de todo lo que ocurre en España. Es como si viviera mentalmente en España, pero físicamente en Abu Dabi. Y eso causa una profunda pena”, explica Powell en conversación con El Independiente.

Fruto de esa visita y un volumen que reivindica el legado internacional del emérito -no carente, por cierto, de sombras-, Powell considera que ha llegado el momento de plantear el debate de su regreso a España, en parte, porque el escenario de un fallecimiento en Abu Dabi es cada día que pasa más plausible. “Hay una pregunta para la cual yo no tengo respuesta y es: ¿por qué el rey no puede volver a España?”, se interroga. Según Powell, nunca ha existido una negociación formal para facilitar ese regreso. Ni siquiera un marco discreto. “No ha habido nunca una negociación al respecto”, subraya.
“Hay una pregunta para la cual yo no tengo respuesta y es: ¿por qué el rey no puede volver a España?
“De hecho, en su relato sobre su salida de España es un poco confuso, porque dice que el rey Don Felipe no sabía nada. Bueno, eso no está claro del todo. Yo he estado con el embajador en Abu Dabi, amigo mío, y él tenía instrucciones de no verse con el rey. Yo en Abu Dabi, en un momento dado, le digo a don Juan Carlos: Anoche estuve con nuestro embajador, y dice: '¿Pero tenemos embajador aquí?' Eso sí le crea cierto resquemor”, cuenta el historiador.

La fotografía reciente, ampliamente reproducida en las redes sociales con reacciones dispares, plantea un dilema político y humano que sigue sin resolverse en Madrid. También por la propia naturaleza del destino que Juan Carlos I escogió para salir de la escena mediática que le rodeó en sus últimos años en Zarzuela y tras su abdicación, alentada por episodios como el de Corinna Larsen o la cacería en Botsuana y las sospechas de corrupción por su papel en la adjudicación del apodado Ave a la Meca o su fortuna oculta en paraísos fiscales.
“Sobre la elección de Abu Dabi, hay una cuestión de fondo interesante. Para los monarcas del golfo, el rey Juan Carlos es aún hoy el rey de Al Andalus. Tienen una actitud hacia él que no tienen hacia el monarca de Holanda, Noruega o Suecia. Y luego está el hecho de que los países del Golfo son países soberanos desde hace pocos años. Emiratos, por ejemplo, desde 1971. Hacia adentro y hacia afuera, necesitan un poco la validación exterior. Y esa validación, como son monarquías, tiene un valor adicional si esa validación viene de otro monarca”, argumenta Powell. Proporcionar refugio a Juan Carlos tiene un componente de interés personal y de legitimación hacia terceros.
“Muchos de esos territorios son exprotectorados o excolonias británicas. Isabel II no era exactamente una mujer muy accesible y se guardaba mucho. Entonces, el rey Juan Carlos era el monarca europeo más próximo y que mayor validación histórica podía darles, heredero de 500 años de monarquía. Eso explica en parte por qué le ofrecen la hospitalidad”, abunda Powell. Una tesis que confirman otras fuentes consultadas para este reportaje.

Malas compañías en Abu Dabi: Abderramán el Assir
Durante su periplo emiratí, marcada por una privacidad que le proporciona margen de acción para vivir una existencia lejos de los titulares, Juan Carlos se ha hecho acompañar por un círculo muy reducido en el que destaca la controvertida figura de Abderramán El Assir, comerciante de armas hispano-libanés reclamado por la Justicia y residente también en Abu Dabi. Es uno de los acompañantes habituales del emérito: el hombre que gestiona reservas, comidas y logística cotidiana.
Sobre él pesan una fuga, intentos fallidos de acuerdo con la Fiscalía española y una estrecha relación personal con Juan Carlos I desde hace años. El Assir ha llegado incluso a negociar con Netflix los derechos para llevar a la pantalla las memorias del emérito y no es difícil pensar en él como uno de los urdidores del vídeo promocional del libro en el que, con una bandera española ondeando de fondo, el octogenario pedía apoyo para su hijo “en este duro trabajo que es unir a todos los españoles y que España siga siendo y jugar un papel tan relevante en el mundo”. Zarzuela fue tajante en su valoración del breve vídeo: “ni oportuna ni necesaria".

En sus memorias, los pasajes en los que narra su estancia en Abu Dabi se cuentan entre los más interesantes por ser novedosos. Partes previas del libro de Debray parecen a menudo calcadas de conversaciones previas que Juan Carlos mantuvo con otros interlocutores como José Luis de Vilallonga, autor de El Rey (1993), la primera biografía autorizada del rey emérito Juan Carlos I basada en largas conversaciones. En las últimas páginas de Reconciliación, Juan Carlos describe su estancia en Abu Dabi como “un sacrificio personal” del que se pregunta, sin hallar respuesta, si fue “apreciado en su justo valor”.
Me despierto con la nostalgia del país y me acuesto con la misma nostalgia. En Abu Dabi llevo a España muy dentro de mí
“Sé que nada está garantizado, ni los privilegios ni el afecto de los españoles. He regresado al exilio de mi infancia, como en una especie de retorno al punto de partida. Pero me aferro a esta certeza: mi país corre por mis venas. Me despierto con la nostalgia del país y me acuesto con la misma nostalgia. En Abu Dabi llevo a España muy dentro de mí. Nada ni nadie puede arrebatarme ese privilegio y ese orgullo, aunque todavía hoy mis breves visitas a España estén sujetas a la aprobación de la Casa Real y me vea privado de una vida familiar en la Zarzuela. Nunca he sido dueño de mi destino y sigo, pase lo que pase, sometido a los mejores intereses de la Corona y de España”, arguye el emérito.

En un territorio hostil (incluso para las monarquías vecinas)
Entre los argumentos para su retorno figura también la situación geopolítica de Emiratos, con un enfrentamiento -público desde hace semanas pero evidente desde hace años- con Arabia Saudí a propósito de la guerra civil de Yemen en el que Abu Dabi ha armado y financiado a los secesionistas del sur en contra de los intereses de los países vecinos.
“Emiratos es un país pequeño que ha firmado una política exterior muy asertiva y vehemente. Para ello, ha tejido una red de contactos e influencias con muchos poderes mundiales, políticos y económicos, con frecuencia bordeando la legalidad. Es capaz de llevarse bien con la familia Trump, la administración Biden y Putin”, dice gráficamente un experto consultado por este diario. Para Thomas Juneau, investigador especializado en el golfo de la Universidad de Ottawa, la estrategia militar de “Emiratos ha sufrido importantes reveses en las últimas semanas.
A esta belicosidad -que le ha valido a Abu Dabi, el emirato que por su producción petrolera lidera Emiratos, el sobrenombre de 'la Esparta de Oriente Próximo'- se une su desmedido apetito por el espionaje. Desde hace más de una década, Emiratos ha desarrollado una estrategia sostenida de espionaje y vigilancia encubierta en Europa que combina ciberinteligencia, seguimiento físico e influencia política, con el foco puesto en periodistas, activistas de derechos humanos, académicos, opositores árabes en el exilio y entornos próximos a la toma de decisiones europeas. Una investigación periodística internacional desveló en 2023 que este periodista, entre cientos de ciudadanos europeos, había sido objeto de uno de esos espionajes.
A través del uso de software espía israelí Pegasus, redes de informantes, investigadores privados y coberturas diplomáticas, Abu Dabi ha monitorizado comunicaciones y movimientos en países como Francia, España, Reino Unido o Alemania, no tanto por razones de seguridad clásica como por control reputacional, neutralización de la disidencia y anticipación de decisiones políticas o judiciales que afectan a sus intereses. Este modelo de inteligencia híbrida, situado en una zona gris entre la cooperación estratégica y la injerencia, ha generado inquietud creciente en los servicios europeos, que evitan el choque frontal por la relevancia económica y geopolítica del emirato, pero que ya consideran a Emiratos como un actor no benigno en el ecosistema de espionaje contemporáneo.
Al residir en Abu Dabi, Juan Carlos I está expuesto a la vigilancia. Es de esperar que haya sido bien informado sobre las medidas para proteger la seguridad de su información
Unos hechos de los que podría no estar a salvo el rey emérito y que podrían comprometer la seguridad nacional de España. “Sin duda, al residir en Abu Dabi, Juan Carlos I está expuesto a la vigilancia. Es de esperar que haya sido bien informado sobre las medidas para proteger la seguridad de su información”, responde a este diario Juneau. Otras fuentes consultadas por este diario rebajan esa posibilidad. “¿A estas alturas qué puede contar el emérito?”, deslizan. Una tesis que comparte Kristian Coates Ulrichsen, reputado experto en la región y profesor de la Universidad estadounidense de Rice, aunque con salvedades: “No creo que la residencia del antiguo rey en Abu Dabi comprometa la seguridad de España, a menos que Emiratos Árabes Unidos decidan sacar provecho político de ello, como parece estar ocurriendo con las intervenciones emiratíes en el Reino Unido en relación con los Hermanos Musulmanes y los vínculos cada vez más estrechos con miembros del partido Reformista de Nigel Farage”.

"Daño reputacional" para España
En las dos últimas décadas, Emiratos se ha consolidado como un discreto refugio para antiguos líderes extranjeros caídos en desgracia, desde monarcas y presidentes hasta figuras asociadas a regímenes autoritarios. Es, por ejemplo, la residencia de Ashraf Ghan después del colapso de su gobierno y la toma de Kabul por los talibanes en 2021, acusado a menudo de haber alentado la corrupción que fue uno de los componentes del fracaso de la alternativa a los talibanes en Afganistán. En el pasado, Abu Dabi ha acogido a dirigentes con perfiles claramente autoritarios o señalados por prácticas de poder personalista, como el ex primer ministro tailandés Thaksin Shinawatra, que pasó temporadas en el país durante su largo exilio tras ser derrocado, o a líderes y élites vinculadas a regímenes represivos del mundo árabe y asiático que encontraron en el Golfo un puerto seguro lejos de procesos judiciales o revueltas populares. Este patrón ha alimentado la imagen de Emiratos como santuario para mandatarios depuestos que buscan estabilidad, protección y silencio político tras abandonar el poder. También como refugio para oligarcas y magnates rusos sancionados desde la invasión a gran escala de Ucrania.
Es precisamente esa 'fama' la que esgrimen voces como la de Powell para pedir ahora un debate en los despachos de España -obviamente Moncloa y Zarzuela- para finiquitar la huida hacia delante que inauguró Juan Carlos con su aterrizaje en Abu Dabi y evitar “el daño reputacional” de una muerte en tierras emiratíes. “No es idóneo que el exjefe de Estado, que trajo la democracia a España, viva en un país no democrático, en un Estado que no respeta los valores y los derechos básicos por los cuales él luchó y que él contribuyó a traer a España. Es una contradicción”, comenta abiertamente Powell.
Que un hombre que nace en el exilio en Roma muriese en el exilio sería una especie de fracaso histórico. Para él y para el país
Admite que su fallecimiento en Abu Dabi -cada vez más probable, por simple razón de edad y biología- sería cuanto menos “problemático”. “Para mí sería sobre todo una gran tristeza. Que un hombre que nace en el exilio en Roma muriese en el exilio sería una especie de fracaso histórico. Para él y para el país”, replica. “A mí me gustaría que don Juan Carlos pudiera regresar a España, vivir una vida tranquila, a ser posible, bastante anónima. Es decir, que no interfiriera con la actuación extraordinaria de su hijo como jefe del Estado y que tuviera una vejez, en los últimos años de su vida, al margen de los focos y al margen de la notoriedad”.
Consciente de ese posible final, Juan Carlos I -que reconoce echar de menos las cacerías patrias y los desfiles militares y dice consolarse con “el jamón que le envían ya cortado desde España” a modo sucedáneo- anticipa ese escenario. “No estoy obsesionado por mi muerte. Pienso en ella con serenidad, a fuerza de ver partir a los amigos”, confiesa quien dice desconocer cómo serán sus exequias aunque “espera ser enterrado en España con honores”.
No obstante, su principal reivindicación, la que posiblemente inspiró la publicación de un libro convertido en best seller, resulta más inmediata, más pragmática: “Por encima de todo, espero tener una jubilación tranquila, renovar una relación armoniosa con mi hijo y, sobre todo, volver a España, a mi casa. Vivo con la esperanza de redescubrir esa familiaridad con sus paisajes, sus gentes y sus olores. […] España dejó un vacío dentro de mi. Y ese vacío seguirá existiendo hasta que pueda volver a vivir allí con total normalidad”.
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