La negativa del Gobierno español a permitir que Estados Unidos utilice las bases militares de Rota y Morón de la Frontera en la campaña de ataques contra Irán ha abierto una crisis diplomática con Washington que supone un paso más en la amenaza de alterar el equilibrio estratégico en el Mediterráneo occidental. Y en ese pulso entre aliados hay un actor que podría salir reforzado: Marruecos, un régimen que no ha dejado de cortejar a la administración Trump sumándose con entusiasmo a su controvertida Junta de Paz, comprometiéndose a enviar tropas a las Fuerzas de Estabilización de la Franja de Gaza o manteniendo contra viento y marea sus impopulares relaciones con Israel, incluido el uso de sus puertos para escaladas de buques cargados de armamento hacia el Estado hebreo como alternativa a los españoles.
El presidente estadounidense, Donald Trump, anunció esta semana que su administración estudia cortar el comercio con España en represalia por la decisión del Ejecutivo de Pedro Sánchez de impedir que Washington utilice la bases para operaciones militares contra Irán. Durante una comparecencia en la Casa Blanca junto al canciller alemán Friedrich Merz, Trump arremetió contra Madrid y lanzó una advertencia poco habitual entre aliados: “España ha sido terrible”. El presidente estadounidense criticó además el gasto militar español y añadió desafíante: “Podríamos usar sus bases si quisiéramos; podríamos simplemente volar y utilizarlas, nadie nos dirá que no”.
Sus declaraciones han marcado la agencia nacional y han originado un rifirrafe dialéctico aún sin resolver. El enfrentamiento gira en torno a dos instalaciones clave para la presencia militar estadounidense en el Mediterráneo: la base naval de Rota, donde están desplegados destructores del escudo antimisiles de la OTAN, y la base aérea de Morón de la Frontera, empleada como plataforma logística para operaciones en África y Oriente Próximo. Tal y como avanzó el pasado domingo El Independiente, esa misma tarde se produjeron salidas de aviones cisterna rumbo a bases estadounidenses en Francia y Alemania.
El Gobierno español insiste en que esas bases no pueden emplearse para operaciones que no estén contempladas en los acuerdos bilaterales ni en el marco del derecho internacional. En un discurso el miércoles, Sánchez defendió su decisión con un mensaje dirigido implícitamente a Washington: “No vamos a ser cómplices de algo que es malo para el mundo y que además es contrario a nuestros valores y a nuestros intereses simplemente por miedo a represalias”. La intervención, celebrada en la opinión pública de Oriente Próximo, desempolvó oficialmente el lema “No a la guerra” que nació contra la invasión estadounidense de Irak de 2003, una operación estadounidense con apoyo de Reino Unido, España o Portugal al margen de la legalidad internacional que tuvo efectos letales para la región en forma del auge del terrorismo yihadista.

Un choque creciente entre aliados
El episodio refleja una divergencia cada vez más visible entre Washington y Madrid sobre el papel de Europa en el nuevo escenario geopolítico. La administración Trump ha exigido reiteradamente que los aliados europeos aumenten su gasto militar y adopten una posición más alineada con la estrategia estadounidense frente a sus adversarios, mientras en su documento de Estrategia de Seguridad Nacional -presentado el pasado diciembre- carga abiertamente contra la UE y aboga por apoyar a movimientos ultranacionalistas y populistas para evitar que “el continente sea irreconocible en 20 años o menos”.
La posición española, en cambio, se ha basado en una defensa del multilateralismo y del respeto al derecho internacional. Esa línea ha marcado la política exterior del Gobierno de Sánchez en distintos escenarios, desde Venezuela hasta Gaza o ahora Irán.
Para la administración Trump es el de España hoy un caso clásico de: ‘Con amigos así, ¿quién necesita enemigos?
Para algunos analistas estadounidenses, esa postura ha generado una acumulación de fricciones con Washington. El investigador Michael Walsh, afiliado a la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, sostiene en declaraciones a El Independiente que la administración Trump interpreta la política exterior española como un intento de mantener un difícil equilibrio. “Trump piensa en términos de negocios. Quiere una exclusividad de facto en la competición entre grandes potencias”, explica Walsh.
A su juicio, el Gobierno español intenta combinar su alianza militar con Estados Unidos con una política exterior más abierta hacia otros actores internacionales. “Quiere tener la garantía de seguridad de Estados Unidos y al mismo tiempo los beneficios políticos y económicos de mantener buenas relaciones con muchos de los enemigos y adversarios de Washington”, sostiene en alusión a China. Walsh resume esa tensión con una frase que se repite en círculos políticos estadounidenses: “Para la administración Trump es un caso clásico de: ‘Con amigos así, ¿quién necesita enemigos?’”.
El politólogo, con acceso a los círculos republicanos, recuerda además que la relación bilateral ha acumulado desacuerdos en varios frentes durante los últimos años. Según explica, Sánchez se ha distanciado de Washington en cuestiones como China, Venezuela o ahora Irán, lo que alimenta la percepción en ciertos sectores de la política estadounidense de que España se ha convertido en un aliado menos fiable.

España como advertencia para otros aliados
El analista cree que la reacción de Washington podría tener un objetivo más amplio que el simple castigo a España. “Si la administración Trump quiere enviar un mensaje sobre las consecuencias de desalinearse con Estados Unidos a aliados de la OTAN y también a socios fuera de la alianza, España proporciona el objetivo perfecto”, sostiene Walsh.
Desde esa perspectiva, el choque diplomático con Madrid podría convertirse en un aviso para otros socios europeos tentados de adoptar posiciones más autónomas respecto a Washington. Walsh considera que la decisión española puede marcar un punto de inflexión en la relación bilateral. “La decisión de Sánchez es claramente la gota que colma el vaso. Es difícil ver cómo la asociación estratégica entre Estados Unidos y España puede recuperarse a corto plazo”, afirma.
La decisión de Sánchez es claramente la gota que colma el vaso
En su opinión, la Casa Blanca podría incluso reconsiderar su presencia militar en España, un asunto que históricamente ha alimentado las divergencias entre el PSOE y su espacio a la izquierda, hoy en el Gobierno representado por Sumar. “En la práctica, podría llegar el momento de cerrar Rota y Morón. Existen alternativas mejores, incluida Marruecos”, añade.
No descarta incluso la posibilidad de que las tensiones actuales formen parte de una negociación más compleja. Según su hipótesis, el Gobierno español podría haber comunicado privadamente a Washington algún ajuste en su posición tras las críticas estadounidenses y la Casa Blanca habría decidido hacerlo público para aumentar la presión política sobre Madrid.
Marruecos como socio estratégico emergente
Si la crisis entre Washington y Madrid se prolonga, algunos analistas creen que Marruecos podría convertirse en uno de los grandes beneficiarios. El reino de Mohamed VI ha intensificado su cooperación estratégica con Estados Unidos durante la última década y busca consolidar su papel como aliado privilegiado de Washington en el norte de África. A diferencia del otro lado del Estrecho, el régimen alauí está decidido a hacer todas las concesiones que sean necesarias, despreciando el coste popular que supone en una población amordazada por la propaganda y la represión del más leve acto de resistencia o rebeldía a las autoridades.
Rabat ha reforzado ese acercamiento con varios gestos políticos recientes. Entre ellos figura su participación en la llamada “Junta de Paz” impulsada por Trump, una iniciativa destinada inicialmente a apoyar su plan para Gaza y que agrupa a un reducido grupo de líderes internacionales cercanos a la Casa Blanca, en su mayoría autócratas y populistas. España y la mayoría de los estados de la UE renunciaron a participar en el organismo ante el temor de que la entidad busque convertirse en una alternativa a la ONU. Una inquietud que también ha compartido públicamente el Papa León XIV, el primer estadounidense al frente del Vaticano.
Marruecos no se hizo esperar: fue el primer jefe de Estado africano y árabe en aceptar la invitación para integrarse en esa estructura política impulsada por Washington. Paralelamente, el Gobierno marroquí ha explorado la posibilidad de participar con tropas en una fuerza internacional de estabilización destinada a supervisar el alto el fuego en Gaza y apoyar la reconstrucción del enclave palestino. De facto, es otra de las medidas que buscan sepultar las reivindicaciones palestinas mientras el Gobierno de Benjamin Netanyahu avanza en su proyecto de Gran Israel y de remodelar por completo el mapa de Oriente Próximo.
Ese acercamiento diplomático y militar forma parte de una estrategia más amplia del régimen de Mohamed VI para consolidar su relación con Estados Unidos desde que Washington reconociera la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental durante el primer mandato de Trump. Y se produce en plenas negociaciones entre Marruecos y el Frente Polisario para buscar una salida mutuamente aceptable al conflicto de la ex colonia española, ocupada por Marruecos desde hace medio siglo.

Una política exterior impopular en Marruecos
Sin embargo, esa política exterior no está exenta de tensiones internas. La normalización de relaciones con Israel y la cooperación militar y ecómicas entre Rabat y Tel Aviv -incluidos negocios directos de la Casa Real con el Estado judío- han generado un profundo malestar en amplios sectores de la sociedad marroquí. Diversos estudios de opinión muestran que el respaldo popular a esa política es muy limitado. Según el Arab Barometer, apenas el 13 % de los marroquíes respalda la normalización diplomática con Israel.
Esa brecha entre la estrategia del palacio real y el sentir de la opinión pública refleja el delicado equilibrio que mantiene Rabat: reforzar su alianza estratégica con Washington sin provocar un coste político interno excesivo. Un cálculo complicadísimo que lleva a un escenario como el actual: la opinión pública marroquí se siente más representada por la posición política que mantiene Sánchez al otro lado del Estrecho que por la de su propio rey enfermo y ausente.
Ceuta y Melilla en el horizonte
La crisis diplomática entre Madrid y Washington también alimenta escenarios más inquietantes para España. Walsh plantea que el conflicto podría abrir la puerta a movimientos estadounidenses favorables a las posiciones territoriales de Marruecos. “Dado el interés de Trump por los territorios dependientes, eso podría incluir apoyar la reclamación de soberanía de Marruecos sobre Ceuta y Melilla”, advierte el analista.
Según explica, una opción sería que Washington modificara documentos oficiales para reflejar que la soberanía de Ceuta y Melilla está en disputa. El escenario más extremo sería una proclamación presidencial reconociendo la soberanía marroquí sobre ambos enclaves, similar a la decisión adoptada por Estados Unidos respecto al Sáhara Occidental.
Trump podría apoyar la reclamación de soberanía de Marruecos sobre Ceuta y Melilla
La crisis llega en un momento de gran volatilidad geopolítica marcado por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán y por una creciente competencia estratégica en el Mediterráneo y el norte de África. En ese nuevo tablero, Marruecos ha logrado posicionarse como uno de los socios más cercanos de Washington en la región. Si la brecha entre Madrid y la Casa Blanca se profundiza, Rabat podría aprovechar la oportunidad para reforzar aún más su papel como aliado estratégico de Estados Unidos.
Para España, el choque diplomático con Washington podría convertirse así en algo más que un episodio pasajero: el inicio de una reconfiguración del equilibrio geopolítico en el Mediterráneo occidental en la que Marruecos aspire a ocupar un lugar cada vez más central, después de haber recibido también el espaldarazo del actual Gobierno español.
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