En mitad de la guerra más larga y devastadora de su historia reciente, Israel se prepara para un futuro que su primer ministro, el eterno superviviente Benjamin Netanyahu, ha descrito sin rodeos: una “Super Esparta” en Oriente Próximo. La expresión —inspirada en la ciudad-estado militarista de la Grecia clásica— resume la visión de un país dispuesto a asumir aislamiento diplomático, presión económica y conflictos prolongados para consolidar su supremacía militar en la región.

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Cuando los tanques avanzaban por una Gaza reducida a escombro y ahora que la aviación golpea bombardea Irán, Netanyahu siempre ha recurrido a la misma receta: instar a los israelíes a prepararse para una sociedad más militarizada y autosuficiente. La doctrina no es nueva en un Estado que nació rodeado de “enemigos” en 1948. Pero la guerra abierta con Hamás, Hizbulá y el eje iraní ha acelerado su transformación: la conversión de Israel en una potencia militar y tecnológica capaz de alterar, con ayuda de su socio estadounidense, el equilibrio estratégico de Oriente Próximo.

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Infografía Poder militar en Israel
Fuente: Instituto internacional de estudios estratégicos. El Independiente Gráficos

Un ejército pequeño con músculo tecnológico

Según el Balance Militar del International Institute for Strategic Studies, Israel mantiene uno de los ejércitos más avanzados del planeta pese a su tamaño relativamente reducido. Las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) cuentan con unos 170.000 militares en activo y cerca de 465.000 reservistas, una fuerza que puede movilizarse en cuestión de días gracias al sistema de servicio militar obligatorio.

La estructura militar israelí combina una capacidad de movilización masiva con una dependencia creciente de la tecnología. En su arsenal figuran centenares de aviones de combate —incluidos F-15, F-16 y F-35—, más de 2.000 carros de combate y una flota de submarinos capaces de operar en todo el Mediterráneo y el mar Rojo.

La fuerza aérea es el corazón del sistema militar israelí. Sus escuadrones han llevado a cabo operaciones en Gaza, Siria, Yemen, Irak o Irán, consolidando una doctrina basada en ataques preventivos, inteligencia avanzada y superioridad aérea.

Ese poder militar se sostiene con un presupuesto creciente. Israel destina más de 23.000 millones de dólares anuales a defensa, alrededor del 4-5% de su PIB, uno de los porcentajes más altos entre los países desarrollados. A esa cifra se suman los 3.800 millones de dólares anuales de ayuda militar estadounidense, el pilar de una alianza estratégica que se remonta a décadas.

Una defensa aérea en capas

Si hay un símbolo del poderío militar israelí es su arquitectura de defensa antimisiles, considerada una de las más sofisticadas del mundo. Diseñada para responder a la amenaza permanente de cohetes y misiles en la región, la red combina varios sistemas superpuestos.

En la primera línea se sitúa la famosa Iron Dome (Cúpula de hierro), desplegada desde 2011 para interceptar cohetes de corto alcance disparados desde Gaza o el Líbano. Por encima actúan sistemas como David's Sling, diseñado para neutralizar misiles de mayor alcance, y Arrow 3, capaz de interceptar misiles balísticos fuera de la atmósfera.

Pero la gran novedad tecnológica es el Iron Beam (Rayo de hierro), el primer sistema láser operativo concebido para destruir drones, morteros y cohetes a corta distancia. Desarrollado por la empresa estatal Rafael Advanced Defense Systems con apoyo del Ministerio de Defensa, el arma utiliza un rayo de alta energía para derribar objetivos a un coste ínfimo comparado con los interceptores tradicionales.

Mientras un misil de la Cúpula de Hierro puede superar los 40.000 dólares, un disparo del Iron Beam apenas consume electricidad. Su despliegue —tras más de una década de investigación— convierte a Israel en el primer país en integrar un sistema láser real en combate, una tecnología que Estados Unidos, Rusia o China llevan años intentando desarrollar. El objetivo es claro: abaratar la defensa frente a amenazas cada vez más baratas, como los drones o los cohetes artesanales, que proliferan entre las milicias aliadas de Irán.

Tanques, drones y guerra urbana

En el terreno, la columna vertebral del ejército israelí sigue siendo el tanque Merkava, un blindado diseñado específicamente para las guerras del país desde finales de los años setenta. Su última versión integra sistemas de protección activa como Trophy, capaces de interceptar misiles antitanque antes de impactar.

El combate moderno israelí, sin embargo, gira cada vez más en torno a los drones, la inteligencia artificial y la guerra electrónica. Empresas como Elbit Systems y Israel Aerospace Industries desarrollan desde drones de reconocimiento hasta sistemas autónomos de vigilancia, sensores avanzados y misiles guiados de precisión.

La experiencia acumulada en Gaza, el Líbano o Siria -con su población civil sufriendo directamente sus ensayos de armas- ha convertido a Israel en uno de los laboratorios militares más destacados del mundo. Cada operación sirve para probar nuevas tecnologías que luego terminan exportándose a otros países, en una dinámica cargada de crueldad denunciada por organizaciones de derechos humanos. De hecho, las empresas armamentísticas israelíes han llegado a usar vídeos de ataques sobre civiles para demostrar su eficacia a sus futuros compradores.

De importador a gigante exportador de armas

El poder militar israelí no se explica solo por su ejército. También por una industria armamentística que se ha convertido en una de las más dinámicas del planeta. Según el Stockholm International Peace Research Institute (Sipri, por sus siglas en inglés), Israel se ha convertido en el séptimo mayor exportador de armas del mundo, con una cuota del 4,4% del comercio global entre 2021 y 2025. Por primera vez ha superado incluso al Reino Unido.

Los sistemas de defensa aérea —como Iron Dome o Arrow— se han convertido en su producto estrella. Alemania adquirió el sistema Arrow 3 en el mayor contrato militar de la historia israelí, mientras que países como India, Corea del Sur, Marruecos o Filipinas son clientes habituales de drones, radares y misiles israelíes.

La demanda mundial de defensa antimisiles —impulsada por la guerra en Ucrania y la proliferación de drones— ha disparado el negocio. Incluso en plena guerra regional y entre llamadas al boicot por su campaña de genocidio en Gaza, la industria israelí ha logrado ampliar sus exportaciones.

Visión nocturna de soldados israelíes en el sur del Líbano. | IDF

La doctrina de la “Super Esparta”

Todo este poderío militar se inserta en una visión estratégica que Netanyahu ha sintetizado con una metáfora histórica: convertir Israel en una “Super Esparta”. Un país pequeño, altamente militarizado y tecnológicamente superior que pueda sobrevivir incluso en un entorno hostil o parcialmente aislado, asumiendo el coste de confiar en la superioridad militar mientras rechaza cualquier diálogo o resolución pacífica de los conflictos con los países árabes vecinos y en el contencioso de Palestina.

La idea provoca un intenso debate dentro de la sociedad israelí. Algunos economistas y líderes sindicales advierten de que una economía permanentemente orientada a la guerra podría acabar debilitando al país. Otros creen que la amenaza permanente de Irán y sus aliados obliga a Israel a reforzar aún más su supremacía militar.

Lo cierto es que el país ya se comporta como una potencia regional capaz de golpear simultáneamente en múltiples escenarios: Gaza, Líbano, Siria, Yemen o incluso Irán. En ese tablero convulso de Oriente Próximo, Israel ha decidido apostar por una estrategia clara: tecnología militar, superioridad aérea y una industria de defensa capaz de convertir cada guerra en un escaparate global de armamento. Una apuesta que, para sus defensores, garantiza la supervivencia del Estado judío a cualquier precio y con cualquiera consecuencia para el resto del mundo. Y para sus críticos, amenaza con hacer del país una arrogante fortaleza sitiada en el corazón del mundo árabe, insostenible a largo plazo porque negar la seguridad y la paz de los demás solo abona el terreno para un conflicto interminable.