Roma vuelve a mirar al sur con urgencia estratégica. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, viaja este miércoles a Argelia con una agenda centrada en energía y migración, pero con un objetivo más profundo: consolidar una alianza que Italia comenzó a tejer cuando España rompió su relación privilegiada con Argel tras el giro copernicano en el conflicto del Sáhara Occidental.
El viaje, que ya estaba previsto, ha adquirido en los últimos días un carácter casi imperativo. La escalada bélica en Oriente Próximo y la amenaza sobre el estrecho de Ormuz han reconfigurado las prioridades energéticas europeas. Italia, altamente dependiente del gas, busca reforzar sus garantías de suministro ante la posibilidad de una interrupción prolongada del flujo procedente de Qatar, uno de sus proveedores clave.
“El Gobierno está tratando de asistir a las empresas para recibir más gas”, reconoció el ministro italiano de Energía, Gilberto Pichetto Fratin. En ese tablero marcado por la necesidad, Argelia se ha convertido en un pilar estructural. Ya cubre en torno a un tercio del consumo de gas de Italia, una proporción que ha crecido de forma sostenida desde la ruptura con Rusia tras la invasión de Ucrania. El gas procedente de Qatar representaba hasta ahora alrededor del 10 % del consumo de Italia, pero tras los ataques iraníes contra la refinería de Ras Laffan comunicó a su cliente italiano Edison que no podrá cumplir sus obligaciones contractuales en abril.
Pero la relación no es meramente cuantitativa. Responde a una estrategia de fondo en la que la energía es solo una de las palancas de influencia. Ese enfoque se articula en torno al Plan Mattei, la iniciativa con la que Meloni pretende redefinir la presencia italiana en África. El objetivo es doble: garantizar el acceso a recursos estratégicos y, al mismo tiempo, construir una red de cooperación económica y política que permita gestionar los flujos migratorios y reforzar la proyección italiana en el Mediterráneo.
Argelia se deja querer
Argelia ocupa una posición central en esa arquitectura. No solo por su capacidad exportadora de gas, sino por su papel como actor clave en el norte de África y el Sahel. La relación bilateral se apoya, además, en una memoria histórica favorable: la figura de Enrico Mattei, fundador de ENI, sigue siendo evocada en Argel como símbolo de una cooperación menos asimétrica con Europa. Sobre ese legado, Italia ha construido una diplomacia energética que combina contratos, inversiones y presencia política sostenida.
La secuencia que explica el momento actual arranca en 2022. El respaldo del Gobierno de Pedro Sánchez al plan de autonomía marroquí para el Sáhara desencadenó una crisis diplomática sin precedentes con Argelia. La suspensión del tratado de amistad y la congelación de relaciones comerciales supusieron un punto de inflexión. En ese vacío, Italia se movió con rapidez.
Mientras Madrid perdía acceso político y económico, Roma reforzaba sus vínculos con Argel mediante acuerdos energéticos y una interlocución fluida. ENI amplió su cooperación con Sonatrach, se incrementaron los volúmenes de gas y se estableció un diálogo estratégico que consolidó a Italia como socio preferente.
Ese giro se institucionalizó en julio de 2025, cuando Meloni y el presidente Abdelmadjid Tebboune presidieron en Roma una cumbre intergubernamental que selló más de cuarenta acuerdos en sectores que van desde la energía hasta la seguridad y las telecomunicaciones. “Argelia es un socio estratégico y estamos trabajando para hacer esta asociación cada vez más amplia, más fuerte y más diversificada”, afirmó entonces el ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani.
La propia Meloni subrayó el eje energético de esa relación: “Estamos muy satisfechos con la colaboración… que será aún más fuerte”, declaró, en referencia directa a los acuerdos entre ENI y Sonatrach, que incluyen inversiones multimillonarias en exploración y producción.
Puntos en la agenda
La visita de esta semana busca reforzar ese entramado en un contexto mucho más exigente. Medios italianos coinciden en que Meloni viaja a Argel para asegurarse nuevos volúmenes de gas antes que otros socios europeos, en un escenario de creciente competencia. La estrategia es clara: anticiparse para consolidar ventajas.
Pero el margen de maniobra no es ilimitado. Argelia es hoy un proveedor en posición de fuerza. Las negociaciones actuales apuntan a que cualquier incremento del suministro podría realizarse a precios de mercado, más elevados que los contratos tradicionales. Es el precio de la seguridad energética en un contexto de alta volatilidad.
Esa asimetría no impide la consolidación de la alianza, pero la redefine. Argelia ofrece estabilidad relativa, proximidad geográfica y capacidad de respuesta en momentos de crisis. Italia aporta inversiones, tecnología y una relación política sin fricciones.
El trasfondo es también europeo. La relación italo-argelina se ha fortalecido en paralelo al debilitamiento de otros vínculos en la región. El deterioro de la relación entre España y Argelia no solo tuvo consecuencias inmediatas, sino que alteró el mapa de alianzas energéticas en el sur de Europa. Italia ha ocupado ese espacio.
Hoy, con el suministro qaatarí en entredicho y el golfo Pérsico bajo presión, esa posición adquiere un valor estratégico aún mayor. Italia no solo busca garantizar el gas para su economía. Aspira a consolidarse como plataforma energética entre África y Europa, reforzando su peso político en el Mediterráneo.
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