España

Si todo hubiera salido según lo previsto

Noelia Castillo tenía derecho a morir. Pero su derecho es compatible con la conmoción de la sociedad ante su caso y su decisión

Un grupo de personas reza este jueves a la puerta del hospital Sant Camil en Sant Pere de Ribes.
Un grupo de personas reza este jueves a la puerta del hospital de Sant Pere de Ribes, donde se practicó la eutanasia a Noelia Castillo. | Lorena Sopêna / Europa Press

"Si todo hubiera salido según lo previsto, Noelia Castillo Ramos tendría que haber muerto el 2 de agosto de 2024", escribía este jueves Jesús García Bueno pocas horas antes de que tuviera lugar, finalmente, el suicidio asistido de Castillo "tras 601 días de espera". La fórmula con la que el periodista de El País iniciaba uno de los artículos que ha dedicado en los últimos días al caso de la joven parapléjica catalana no es un desliz: es, de hecho, un recurso literario que marca el ritmo del texto, repitiéndose hasta en tres ocasiones al comienzo de párrafos sucesivos. "Si todo hubiera salido según lo previsto, es muy probable que nunca se hubiera escuchado la voz de Noelia"; "Si todo hubiera salido según lo previsto, Noelia no habría tenido que mantener un pulso tan prolongado con su familia"; "Si todo hubiera salido según lo previsto, Noelia se habría ahorrado un año y ocho meses en la residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes" hasta poder acceder al suicidio asistido solicitado y concedido en 2024, obstaculizado reiteradamente por el padre y finalmente llevado a cabo ayer por la tarde.

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Tiene razón García Bueno: Noelia Castillo tuvo que afrontar un "pulso" con su familia, tuvo que esperar 600 días para morir, y todo ello ha convertido su caso en un espectáculo público, entrevista terminal en televisión incluida, tan voluntaria como su muerte, por otro lado –aunque el periodista, que subraya que la joven "nunca" dudó de su decisión de morir, atribuye sin embargo esta otra decisión, la de hablar para Antena 3, al "periplo que ha hecho mella" en ella–. Pero lo que llama la atención del artículo de García Bueno, más allá de su informada defensa de una eutanasia sin dilaciones y por tramitación abreviada, es la fría prosa procedimental: "según lo previsto", Noelía "tendría que haber muerto" el 2 de agosto de 2024, y "se habría ahorrado" un año y medio de vida. Puestos a prever, podría decirse que Noelia Castillo tendría que haber muerto en octubre de 2022, cuando se arrojó de un quinto piso y quedó parapléjica después de sufrir una agresión sexual múltiple, el terrible episodio que selló una vida de calamidades. En cuanto a lo de ahorrar, convendremos que sólo ahorra el que cree tener un porvenir.

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La protección de la vida humana es el primero de nuestros valores y exige todas las precauciones. De ahí las graves consecuencias de acabar con una, y las rigurosas aduanas que se deben atravesar para hacerlo legalmente. El artículo de Jesús García Bueno ilustra una manera muy extendida de aproximarse a la eutanasia como un derecho más y que parece ignorar dos evidencias: que casos como el de Noelia Castillo son cualquier cosa menos simples, y que siguen sacudiendo el ánimo y la conciencia de la sociedad al margen de las ideologías. Y no porque una asociación de abogados cristianos los instrumentalice, facilitando a su vez que cierta izquierda haga lo propio, sino porque una cultura construida en torno a la protección de la vida humana, galvanizada en torno a los cuidados y aterrada por la muerte, en la que hasta hace poco hablar del suicidio era tabú, no puede pretender que casos extremos y dolorosos como el de Noelia Castillo sean meros expedientes que se agotan en la voluntad del que quiere morir. 

(El suicidio sigue siendo tabú hasta el punto de que la palabra ha brillado estos días por su ausencia en los medios. Desde su misma etimología, eutanasia tiene cualidad de eufemismo; suicidio, aunque asistido, subraya la voluntad del que decide morir, y no la intervención auxiliar de quien lo facilita. Y en el caso de Noelia Castillo la voluntad es la clave: expresada reiteradamente, hasta el último día. No un testamento vital firmado años atrás por una persona sana en previsión de encarnizamientos terapéuticos, sino una proclamación pública, en tiempo real y hasta el final de una persona joven y desesperada.)

La de Noelia Castillo es una historia de desgracia continuada en un entorno de miseria moral y material que pone en evidencia los mecanismos públicos de protección de menores y vulnerables. Noelia Castillo ha sido víctima de una intersección fatal de elementos ambientales y hereditarios que han colocado a una mujer de 25 años donde la vimos el miércoles en un programa de televisión que nunca debió emitirse: atrapada por el dolor, la invalidez y la desdicha, en un planeta distinto al de los discursos paralímpicos de superación.

Que alguien no tenga motivo para vivir es una desgracia. Que no pueda hacer valer su deseo de morir, también. Noelia Castillo tenía derecho a morir. Pero su derecho es compatible con la conmoción de la sociedad ante su caso y su decisión. Y con el dolor de su familia, cuyos hechos y circunstancias, conocidos o presumidos, se han juzgado estos días duramente a partir de información parcial. Demasiados se han permitido cuestionar la decisión de ella o la disconformidad de la familia, cuando había muy poco que decir. No sabemos si todo esto estaba previsto, pero ojalá no hubiera sucedido.

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