España

Clausura de la Global Progressive Mobilisation

Sánchez proclama el fin de la ola ultra: "Las derechas no gritan porque estén ganando: saben que su tiempo se acaba"

El presidente, coronado como el líder mundial de la izquierda, apela a la paz, al "orgullo" y la "unidad" de los progresistas para recuperar el terreno perdido

BARCELONA, 18/04/2026.- El presidente de Brasil, Lula da Silva (d) saluda al presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, durante la sesión plenaria que cierra la Global Progressive Mobilisation, este sábado en Barcelona. EFE/ Quique García
El presidente de Brasil, Lula da Silva (d) da el relevo al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), en la clausura de la Global Progressive Mobilisation, este 18 de abril de 2026 en Barcelona. | EFE / QUIQUE GARCÍA

No se trataba de salir de aquí, de la Global Progressive Mobilisation de Barcelona, la mayor cumbre de fuerzas progresistas llegadas de todas las partes del mundo en lo que va de siglo XXI, con un programa largo con medidas y medidas. No iba de eso. La izquierda, decían en la Moncloa, necesita "una narrativa" lo suficientemente poderosa y sencilla como para ir ganando espacios a una derecha y una ultraderecha mejor pertrechadas hasta ahora. Y ese relato es simple, y lo resumió Pedro Sánchez en el acto de clausura de este sábado: esto va de "unidad" de todos —partidos progresistas, generaciones, países—, va de "orgullo", va de sacar pecho, de dejar que la "vergüenza cambie de bando", va de "fe en el progreso", va de defender la paz hasta sus últimas consecuencias. Va de pensar que sí, que la ola reaccionaria no es imparable y se puede frenar. Que, de hecho, ya lo está haciendo. "Que no os engañen, que no nos engañen: los ultras y las derechas no gritan porque estén ganando, sino porque saben que su tiempo se acaba".

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Aplausos, aplausos, aplausos, un auditorio —6.500 personas, según la organización— puesto en pie en varias ocasiones, entregado. Era la coronación del presidente del Gobierno como líder indiscutible de la izquierda global, como el diáfano referente antitrumpista. El reconocimiento de partidos y dirigentes hermanos al primer ministro de una de las naciones todavía con un Gobierno progresista al frente en un tiempo de auge conservador. Sánchez era ovacionado en el plenario que ponía fin a este enorme foro, pero antes había sido parado por los pasillos de la Fira de Barcelona, fotografiado, la estrella de selfis y más selfis, citado por los oradores anteriores, retribuido por ellos. "Gracias por haber abarrotado este espacio con vuestra presencia, ilusión, ideas y energía. El futuro nos ha reclamado y vosotros habéis sabido acudir", cumplimentó de vuelta el líder socialista.

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Sánchez, en su ceremonia de entronización, al final de la GPM, hiló un discurso sobre todo motivacional. Como había hecho minutos antes el presidente brasileño, Luis Inácio Lula da Silva —el otro gran protagonista de estas 48 horas de concentración de la izquierda mundial—, o el gobernador de Minnesota y excandidato a la vicepresidencia de EEUU, el demócrata Tim Walz; o, por vídeo, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, o la primera ministra de Barbados, Mia Mottley. La idea que conectaba todos los discursos era simple: la capacidad de creer que juntos sí es posible vencer a las derechas, por mucho que ahora sean hegemónicas. Insistir en que no hay que rendirse, ni acobardarse. En la tribuna ya se habían recordado los destellos de las últimas semanas: la derrota del ultranacionalista Víktor Orbán el domingo pasado en Hungría, el varapalo de Giorgia Meloni en su referéndum constitucional en Italia, el aguante de los socialistas en las municipales francesas, el cierto declive de los republicanos que señalan los sondeos para las midterm de noviembre, el triunfo de Mamdani en la capital del mundo.

El presidente evocó a otro gran referente de la izquierda, el fallecido expresidente uruguayo Pepe Mujica, que en 2013, en plena crisis económica mundial, dijo sentirse "angustiado por el porvenir de la humanidad" pero lo importante es que "se comprometió a luchar por él, aun a sabiendas de que no lo llegaría ver". "A ese compromiso quiero apelar hoy", aseguró Sánchez, "el horizonte está cargado de incertidumbres", y es verdad que "la internacional ultraderechista y las derechas lacayas de esa falta de ideas hacen mucho ruido".

"Gritan tanto y tan alto que parece que no existen otras voces", advirtió, en una reflexión que podía también enmarcarse en el terreno doméstico, por la agresividad que endosa a PP y Vox. Pero no hay que llamarse a engaño, dijo: si gritan es "porque saben que su tiempo se acaba", no porque "estén ganando", "saben que su ortodoxia neoliberal, cruel, murió en 2008 y ha sido superada por las políticas progresistas".

Ese era el mensaje principal: hay esperanza, la hay. Y el aviso iba no solo dirigido a esa "internacional ultraderechista" con sede en EEUU y referenciada en un Donald Trump al que en ningún momento mentó. Apelaba también a la derecha tradicional, cuya "rendición" a los ultras es "su mayor error", del que le costará "mucho tiempo salir". "La derecha no lidera, languidece. No importa que griten y cuántos bulos inventen. No tienen proyectos, soluciones, solo odio, eslóganes vacíos y políticas equivocadas" que han traído "guerra, inflación, desigualdad y fractura social". "Estoy convencido de que el tiempo de la internacional ultraderechista y de la derecha rendida a esos postulados reaccionarios ha llegado a su fin, y nosotros vamos a traer al mundo una nueva era de progreso, vamos a reconstruir lo que han tratado de destruir", porque "el futuro puede ser mejor" y aún quedan "nuevas cotas de desarrollo y bienestar por conquistar". El presidente convino que lograrlo "no va a ser fácil", porque "cambiar la historia nunca ha sido fácil".

Pero los progresistas han de cultivar "tres instrumentos", subrayó. El primero es la "unidad". "U-ni-dad, u-ni-dad, u-ni-dad", paladeó. "Estamos para consolidar la unidad en la diversidad, para trabajar juntos y recuperar el horizonte compartido". Unidad de partidos, de países, de generaciones, insistió.

Segundo elemento, también citado por Walz, Mottley o el propio Lula: "Recuperar el orgullo". Sánchez recordó que la derecha suele motejar a los progresistas de distintas formas para humillarlos, para manchar su "identidad" y teñirla de "insultos": "Nos llaman progres, zurdos, rojos, charos... Todo eso nos reprochan, hasta la agenda 2030. Han intentando que nos avergoncemos de nuestra historia y de nuestras ideas. Pero eso termina hoy. Termina hoy. En Barcelona, el 18 de abril de 2026, la vergüenza cambia de bando. Ya acabó y lo va a hacer para siempre. A partir de ahora, la vergüenza, para ellos", clamó, entre los aplausos de los asistentes. La "vergüenza", pues, para los que "callan ante las injusticias", para los que "criminalizan al diferente", los que "apoyan la guerra y la violencia en Gaza, Cisjordania o en Oriente Próximo". "Y para nosotros", contrapuso, "el orgullo, el orgullo de ser pacifistas, sindicalistas, feministas, el orgullo de ser de izquierdas, socialistas, socialdemócratas, progresistas. Porque el progresismo hoy es más necesario que nunca". Y más aplausos. Y el aullido de "¡Pedro, Pedro, Pedroooooo...!" invadiendo el plenario.

El "orgullo" de los progresistas debe recaer en sus políticas, incidió el presidente. En su voluntad de impulsar un modelo económico "más justo", en buscar la prosperidad compartida, en defender también la inmigración. Aquí hizo una acotación, justo en plena ofensiva de PP y Vox contra el decreto de regularización de inmigrantes aprobado esta semana por su Ejecutivo: "Le quiero decir a la derecha y a la ultraderecha que se oponen a ese proceso que España es hija de la inmigración y no va a ser madre de la xenofobia".

Sánchez llamaba a las izquierdas del mundo a sacar la cabeza, a no sentirse intimidadas por la guerra cultural de la derecha. El orgullo, sentenció, está "del lado correcto de la historia" y en él está, claro, la paz. "¡Sí a la paz y no a la guerra! ¡Sí a la paz y no a la guerra!", gritó, mientras el público se animaba y coreaba sus palabras. Un No a la guerra que él desempolvó cuatro días después de los bombardeos de EEUU e Israel sobre Irán y que tiene el respaldo de su familia política.

Pero aún habría un tercer instrumento, algo que las derechas "robaron" a los progresistas sin que se dieran "cuenta", y es, señaló, la "fe en el progreso". O sea, "la confianza en que el mañana puede ser mejor". El presidente se retrotrajo al discurso anterior de Lula, a lo que él mismo refrescó de su trayectoria vital, de cómo pese a proceder de una región pobre de Brasil, Pernambuco, y de una familia muy pobre, pese a educarse tarde políticamente, llegó a ser el máximo reprersentante de su país. Las derechas, avisó Sánchez, quieren ver a sus rivales "abatidos", conformados y resignados con el statu quo. "Estoy convencido de que no vamos a comprar su pesimismo ni su desesperanza", arengó, porque "un mundo mejor es posible". El líder español se autorreferenció en sus políticas: se puede "subir salarios y crear empleos", "frenar la emergencia climática y ganar competitividad", defender que la igualdad de hombres y mujeres es una de las "palancas de progreso", se puede "proteger a los más vulnerables", hasta recuperar el tiempo libre para vivir y disfrutar. Se conseguirá "doblando el brazo a quienes se creen intocables, a los multimillonarios que explotan a la gente y cuya codicia no tiene límite, a los especuladores que juegan con los ahorros y las casas de la gente, a los tecnoligarcas que quieren llenarse el bolsillo a costa de la salud de nuestras democracias y la salud mental de los jóvenes".

Sánchez estaba llamando a los suyos a luchar porque es también la responsabilidad de las izquierdas combatir la injusticia, enfrentarse a los poderosos: "Cuando gobernamos los progresistas, los Estados no se arrodillan ante las élites, las ponemos en su sitio. Es nuestro deber. Si no, ¿por qué estamos en política? Si no somos nosotros, ¿quién lo va a hacer? Eso es lo que nos enseñó Pepe Mujica. El progreso no es una quimera. Es una promesa. Es la promesa que todo padre le debe a su hijo, la promesa que toda persona de izquierdas le debe a la sociedad".

Se trata, sintetizó, "no de resistir, sino de avanzar, de trabajar sin descanso para hacer nuestro sueño realidad". Y ese trabajo, siguió, debe hacerse "en cada calle, en cada ciudad, en cada país, en el conjunto del planeta". Es tarea, por tanto, de todos los progresistas, desde los alcaldes y los que están a pie de calle, en la política local, hasta los mandatarios.

A fin de cuentas, de lo que iba esta GPM, pero también la IV Reunión en Defensa de la Democracia de la mañana, y también la cumbre bilateral con Brasil, los tres eventos que jalonaron estas dos jornadas, era de insuflar energía. Ánimo a todos los progresistas. Lo dijo el propio Sánchez: "Trabajemos juntos y hagámoslo con moral de victoria. Que la gente diga que en Barcelona empezó todo. Aquí somos 5.000 personas soñando un mundo mejor, fuera hay millones de personas dispuestas a unirse a nosotros. Es nuestra responsabilidad y nuestro compromiso".

Sánchez tejió un discurso de apenas 20 minutos, sin divagaciones —más habituales en mítines de partido— con el foco puesto en el corazón de esta GPM. La unidad, el orgullo de sentirse progresistas, las políticas, la esperanza. No puso nombres. No combatió directamente a Trump, pese a que este sábado lo situó en su diana en sus redes sociales. Otros antes que él citaron al presidente norteamericano. Sin medias tintas.

Fue el caso de Tim Walz: "No estoy para dar una lección de arrogancia, ni para pelearme con el Papa, ni para tener un mitin a favor de un dictador local, sino para ser parte de un movimiento progresista que avanza en todos nuestros países. Tenemos un presidente [Trump] dispuesto a pegarle un tiro a cualquiera y meterse en una guerra cuando no hay ni siquiera amenazas, cuando no hay ni un plan previsto y no hay objetivos nucleares... Eso es fascismo, hay que llamarlo por su nombre".

Como Sánchez hizo después, como hicieron otros dirigentes, el gobernador de Minnesota hizo hincapié en que no basta con "resistir a todas estas cosas terribles que hacen Trump y dictadores similares". Hay que oponerse con políticas, añadió: "Nosotros, los progresistas, tenemos la responsabilidad frente a nuestros ciudadanos de presentar una idea muy clara de lo que haríamos cuando estemos en el poder, darles una alternativa creíble a lo que estamos viendo en todo el mundo". Walz cumplimentó a Sánchez por su valentía y le apremió a seguir plantándose ante el presidente norteamericano, y si en la Guerra Civil española EEUU apoyó a los republicanos con la Brigada Lincoln, ahora sucede lo contario: "Ahora os necesitamos a vosotros. No abandonéis al pueblo de EEUU, por favor. Criticad y condenad esas monstruosidades que se hacen desde la Casa Blanca, seguid haciendo presión, seguid denunciando y seguid llamando las cosas por su nombre. No nos deis por perdidos, hay mucha gente buena que se preocupa por la igualdad". Y frente al America, first de Trump, Walz blandió otro lema: "La humanidad, primero".

Todos los discuros estaban envueltos por esa apelación a la esperanza. A creer que sí es posible. Lo dijo también, en un vídeo enviado a la GPM, Hillary Clinton, exsecretaria de Estado y ex primera dama de EEUU: "Vuestro compromiso y vuestra entrega importan más que nunca. Sigamos defendiendo la libertad, la justicia, la igualdad y una idea muy sencilla, pero muy poderosa: entre todos podemos construir un futuro mejor". El foro de los progresistas en Barcelona, sostuvo, es "parte de ese movimiento mundial" en defensa de "la verdad por encima de la desinformación y los bulos", de los "derechos por encima de la opresión" y de la "esperanza por encima del miedo".

"Tenemos una necesidad de cooperación a nivel mundial", señaló también por vídeo el senador demócrata Bernie Sanders, "podemos ganar". El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, también enfatizó la importancia de la unidad, el tener consciencia de que la pobreza y la falta de oportunidades están por todos sitios en el globo. "El camino para combatir desigualdades tendremos que hacerlo de la mano", remarcó, tras definir la GPM como un "movimiento emergente maravilloso".

Para Mia Mottley, "la democracia funciona si cambia la vida de la gente", y es que otro de los mensajes muy presentes en esta cumbre era el peligro de que los sistemas democráticos salgan muy debilitados de este momentum de la derecha. "Les podemos vencer pero no les venceremos nunca usando su lenguaje. Lo haremos solo si jugamos en el terreno que no les gusta: la justicia social y la paz. Con unidad para conseguir un futuro mejor, porque ha llegado nuestro momento", subrayó ante el plenario una enérgica Elly Schlein, líder del Partido Democrático italiano.

Los llamamientos a la paz fueron una constante en estos dos días de trabajo, en un evidente signo de apoyo a Sánchez. Lula lo reiteró una y otra vez, porque a sus 80 años se dice "muy preocupado" por el futuro sombrío del mundo. "De este encuentro quiero decir al presidente Trump, al presidente [de China] Xi Jinping y al presidente [ruso, Vladímir] Putin, a [Emmanuel] Macron y al primer ministro británico [Keir Starmer], que son los cinco miembros del Consejo de Seguridad, que cumplan sus obligaciones de garantizar la paz en el mundo: convoquen una reunión y paren esa locura de guerra porque el mundo no soporta más", imploró.

Lo que envejece es "perder la motivación". Y él, Lula, no la ha perdido. Se siente "igual" que cuando tenía 50 años, porque tiene "una causa" por la que luchar: "La democracia, la igualdad, garantizar que todas las personas se respeten", que todos los países también se respeten. Para el presidente brasileño, la talla de una nación no se mide por los "buques de guerra o la potencia económica". No. "Yo no quiero guerra —le lanzó a Trump—. Quiero paz, amor, fraternidad, y que el pueblo viva de manera digna. Mi arma es el argumento, es la razón. Lo único que quiero decirle es que aunque yo sea pobre, tenemos carácter, honestidad y decencia para respetar los derechos de todos".

La Global Progressive Mobilisation se cerraba a las siete de la tarde con la mítica Power to the people de John Lennon. Un himno motivacional, de ánimo arriba, de lucha, de empoderamiento. Lo que pretendían los organizadores. Que cuando los dirigentes volvieran a sus ciudades, a sus países, pensaran que, por primera vez, forman una tupida red con un mismo objetivo: derrotar a la derecha que domine el mundo. Llevarlo a la práctica, descender los discursos y traducirlo en victorias en las urnas, es harina de otro costal. Incluida España, en la que las encuestas, al menos por ahora, apuntan a una supermayoría conservadora.

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