Qué, o quién, es más peligroso: un fan de Michael Jackson, cuya hagiografía hecha película se estrenó hace una semana, o un fan de El diablo viste de Prada, clásico donde los haya con Meryl Streep como Miranda Priestly, trasunto de Anna Wintour, y Anne Hathaway como Andy Sachs, cuya personalidad se limita a ser Periodista. La mayúscula no es una errata. Chascarrillos aparte, Hollywood se ha puesto las pilas este 2026. En apenas treinta días, las salas de cine han recibido con los brazos abiertos taquillazos como Proyecto Salvación, Super Mario Galaxi: la película, Michael y –redoble de tambores– El diablo viste de Prada 2, a partir de este jueves 30 de abril. El personal sí está dispuesto a salir de su casa, de la interfaz de Netflix, y a pagar una entrada para ver alguno de estos títulos. El Cine ha vuelto.
Aunque no lo parezca, han pasado veinte años desde el estreno de una primera entrega, adaptación de la novela homónima, que se produjo en tiempos revueltos. He ahí la sombra del 11-S. El diablo viste de Prada, la mejor película de Sexo en Nueva York sin ser ella nada de eso, era –es– puro escapismo. El ascensor social no era –es– una ilusión; el sueño americano, tampoco.
Meryl Streep y Anne Hathaway protagonizan El diablo viste de Prada 2, en cines a partir de este jueves 30 de abril
Una fantasía cuyo único atractivo –la premisa se agota en el tercer acto, en París– es su cuarteto protagonista: Meryl Streep (una actriz que sabe que una buena carrera está llena de malas películas), Anne Hathaway (una actriz que hizo Brokeback Mountain entre Princesa por sorpresa y El diablo viste de Prada; ¡icono!), Stanley Tucci y Emily Blunt. Estos dos últimos, por cierto, son cuñados. Él está casado con la hermana de ella.
Ellos cuatro, a diferencia de otras secuelas que sirven como reinicios o adaptaciones, son los titulares de El diablo viste de Prada 2, una buena película y una mejor secuela. A Meryl –Streep– podrían nominarla al Oscar como mejor actriz protagonista.
Afortunadamente, la guionista Aline Brosh McKenna, que firma tanto la primera como la segunda parte, reduce al mínimo el romance (los fans de la ficción australiana reconocerán al nuevo interés amoroso de Andy) y se entrega a la relación de amor-odio, casi maternofilial, entre los personajes de Meryl Streep y Anne Hathaway, por los que también han pasado veinte años.
He ahí uno de los muchos aciertos de esta secuela dirigida por David Frankel: sus personajes no han estado en coma, y, al despertar, se encuentran con un mundo nuevo. O sea, un mundo tecnológico en que las revistas de moda son una reliquia, un fósil. Y un mundo en que Recursos Humanos pondría el grito en el cielo por tirar abrigos –literalmente– a tus secretarias.
Una secuela a la altura de las circunstancias
Digamos que la manera en que el personaje de Anne Hathaway vuelve a Runaway, trasunto de Vogue, se despliega lo más orgánicamente posible. No resulta forzoso, como tampoco lo son las identidades de quienes ahora ocupan la doble 'secretaría' (no hay condescendencia hacia las nuevas generaciones). Ni Miranda ni Andy son las mismas de hace veinte años. Aún así, la vida, a veces, te devuelve a la casilla de salida. Y entonces emerge aquel yo del pasado.
Quizás, la evolución de Andy como personaje sea más fructífero, en términos narrativos, que el de Miranda, la –otra– dama de hierro. Así y todo, lo más interesante de esta almibarada historia ambientada en el despiadado mundo de la moda (¿Es Andy la digna sucesora de Miranda?), es una nota al pie de página. Así que la resucitada tensión sobre si nuestra protagonista se pasará definitivamente al lado oscuro no es tal. Hay otro giro de los acontecimientos que sí se presta a una escala de grises, aunque otro giro posterior deshaga el nudo argumental. No pidamos peras al olmo.
¿Esto quiere decir que era necesaria El diablo viste de Prada 2? Ninguna secuela lo es. Al fin y al cabo, la continuidad de una ficción –película, serie, libro– se debe principalmente a su probado y probable beneficio económico. Las películas se hacen para ganar dinero y para que el mayor número de personas las vea. Tampoco esperen ahora una obra maestra. El diablo viste de Prada 2 da al público lo que quiere, y eso sí que es un arte.
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