Opinión

Javier Cercas: la historia de un periódico con demasiadas omisiones

¿La táctica de criticar el pasado para idealizar el presente?

Javier Cercas.
El escritor Javier Cercas. | Eduardo Parra / Europa Press

En mayo de 1997, el periódico Diario 16 se caía a pedazos y sus gestores, desesperados, publicaron una portada en la que pedían a sus lectores que cada uno prestara 10.000 pesetas. A cambio, recibirían un papelito oficial que les reconocería como ‘amigos de Diario 16’ y, por tanto, de la democracia, dado que el periódico se atribuía ser la publicación garante del sistema democrático español. Se desconoce cuántos lectores respondieron a la petición del que entonces se autoproclamaba periódico de la democracia, aunque, teniendo en cuenta cómo evolucionó la cabecera, se puede suponer.

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Este episodio volvía a la memoria tras leer El periódico de la democracia, el libro del novelista Javier Cercas sobre su visión de la historia de El País y que ha sido presentado con motivo de los 50 años del periódico de PRISA al mismo nivel que el Real Madrid promocionó el libro de su centenario en 2002. El título, apropiado para medios sin abuela, reabre el eterno debate sobre si el papel de los medios de comunicación es narrar hechos o coprotagonizarlos, invitando el autor a esta segunda consideración. En 140 páginas, Cercas reflexiona sobre la historia del periódico, su presencia en la evolución política del país y su papel en el mundo literario. De este segundo aspecto, poco se puede aportar desde aquí, pues hay firmas en distintas cabeceras mucho más adecuadas para tratarlo, pero del tema hemerográfico algunas consideraciones no están de más.

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Cuando ya existen tantas obras publicadas sobre la historia de nuestros periódicos, el principal interés de sus lecturas radica en qué aspectos del relato van siendo omitidos en función de las conveniencias de cada época. En el caso de El Mundo es inevitable apreciar que en el primer libro sobre su historia, publicado en 1991 por Pedro J. Ramírez (El Mundo en sus manos), las referencias a la ayuda de Mario Conde eran notables, pero en los libros posteriores (David contra Goliat, Amarga victoria) van menguando. Conde había caído en diciembre de 1993 y eso invitaba a omitir pasajes inconvenientes a la hora de construir el relato. El librito El periódico de la democracia es la primera obra publicada desde dentro del mundo de PRISA después de que el periódico haya sido despolanquizado y descebrianizado, por lo que el principal punto de interés estaría en este punto de la narración.

Un relato tan resumido obliga a sintetizar hechos, aunque en algunos casos quizá a Cercas se le haya ido la mano:

“Durante los años inmediatamente posteriores a la aparición del periódico se libró una áspera batalla entre propietarios, dirección y redacción que terminó en 1983, cuando todas las partes firmaron un acuerdo de paz que se tradujo en el Estatuto de Redacción” (págs. 18-19).

Se comprende que en 'El País' quiera renegar de las firmas franquistas del periódico, pero su forma de reinterpretar la hemeroteca es discutible

Cercas ha fusionado tres conflictos paralelos en uno: la defensa de la autonomía de una redacción progresista frente al sector de accionistas que no lo era tanto, el debate sobre si debía permitirse un “accionista mayoritario” en El País o mantener el ideal inicial orteguiano del capital fraccionado, y, por último, el debate sobre la existencia de un órgano de supervisión editorial como era la Junta de Fundadores. Queda la duda de por qué lo sitúa en esa fecha, si el Estatuto de la Redacción se aprobó en la Junta de Accionistas de PRISA de 1980, la coronación de Polanco como presidente de PRISA en la de 1984 y la disolución de la Junta de Fundadores en junio de ese mismo año 1984. No queda claro qué paz fue la que dice que se firmó en 1983.

Igualmente siendo lógico que se obvien nombres en un repaso tan fulminante (Darío Valcárcel, Mendo, etc.), sorprende que sí tenga tiempo para referirse de forma tan despectiva a un excolumnista de la casa:

“…Emilio Romero, un periodista de larga trayectoria en el franquismo y de ideas recalcitrantemente conservadoras, que solo muy al principio colaboró alguna vez en El País” (pág. 112).

Se comprende que en El País quiera renegar de las firmas franquistas del periódico, pero su forma de reinterpretar la hemeroteca es discutible. Solo en el archivo público de Internet de El País se pueden encontrar cerca de 37 tribunas de media página o página completa de Emilio Romero publicadas durante, al menos, sus primeros cuatro años de existencia. ¿Eso es haber colaborado “muy al principio” y “solo alguna vez”? Además, obvia que Romero era mentor de buena parte de la plantilla del periódico en su primera etapa, incluidos Cebrián y Jesús de la Serna.

Severidad con el pasado, indulgencia con el presente

Javier Cercas se presenta como un soldado de El País con la misión de convencer a los lectores de que El País no ha perdido su esencia ni ha dejado de ser lo que era. Para ello se esmera en loar la pluralidad de los últimos directores (algo muy legítimo, aunque parezca condicionado por el hecho de ser la cabecera de la que cobra), mientras que, por el contrario, busca desidealizar la etapa de Juan Luis Cebrián, aplicando una severidad contra la etapa inicial que, en cambio, no parece utilizar hacia las etapas de Pepa Bueno o Martínez Ahrens.

De Cebrián dice que “El País dirigido por Juan Luis Cebrián acogió en 1982 con entusiasmo apenas reprimido a Felipe González, y en los años subsiguientes avaló muchas de sus políticas” (pág. 114). El País apoyaría editorialmente aquel “cambio”, pero no fue precisamente el periódico más entusiasta y su actitud con la llegada de los chicos de Felipe fue bastante crítica. Basta comparar portada y editorial de El País y Diario 16 aquellos días, o las entrevistas emitidas en diciembre de 1982 por TVE a ambos directores y su actitud ante el Gobierno, para dejar claro quién estaba entusiasmado y quién se mostraba más crítico. Baste decir que el de Diario 16 recibió una llamada de gratitud del presidente del Gobierno por su entusiasmo, mientras que el de El País recibió un reproche en directo televisado de un dirigente socialista que le afeaba que El País criticara obsesivamente al nuevo Gobierno por vender más periódicos. Maragall no veía entonces tan claro el entusiasmo que sí ve Cercas.

Otro reproche a El País polanquista-cebrianista: “Es justo reprocharle a El País, en los años finales de Felipe González, que no estuviera en la vanguardia de las investigaciones sobre el terrorismo de Estado o la corrupción” (pág. 114).

Aquí Juan Luis Cebrián podría presumir –como tantas veces ha hecho ya– que el primer director de periódico demandado por un ministro socialista por vincularle a los GAL fue él por Barrionuevo en 1985. Si Cercas quiere hablar de vanguardias, sería tan simple como comparar el trato editorial que daban a ese mismo ministro Barrionuevo en ABC o Diario 16, pero, a lo mejor, si lo hace, verá que la hemeroteca igual no concuerda con su relato.

Pero compremos el argumento. Ciertamente El País no participó en la campaña anti-Gobierno felipista que encabezó políticamente el PP y mediáticamente ABC, El Mundo y COPE por grandes investigaciones realizadas y aireadas por estos, como los casos Ibercorp, Filesa o Roldán. PRISA estuvo, más bien, enfrente de aquellos medios en esos momentos, como por otra parte esperaban parte importante de sus lectores. Pero ¿no es, acaso, la misma actitud de El País de Pepa Bueno y Martínez Ahrens? ¿Acaso ha sido El País vanguardia del caso Koldo o las tramas de Ábalos y Santos Cerdán? ¿Por qué no aplica el autor el mismo criterio a la hora de evaluar al periódico actual que el de su pasado? Quizá, como dice Cercas, los lectores tiendan a idealizar el pasado, pero debería considerar si él idealiza el presente por un motivo que podría ser más material que la simple nostalgia.

Quizá, como dice Cercas, los lectores tiendan a idealizar el pasado, pero debería considerar si él idealiza el presente por un motivo que podría ser más material que la simple nostalgia

Cercas también afea a Cebrián y a Polanco que usaran El País para defenderse cuando, durante el Gobierno Aznar, les quisieron meter en la cárcel por el caso Sogecable: “El periódico defendió a sus directivos, pero tal vez sobreactuó, dejando algunos pelos de su prestigio en la gatera del contencioso (…) convirtió sus páginas en instrumentos descarnados de la defensa de los intereses empresariales de PRISA” (pág. 47).

A lo largo de 50 años de El País, hay suficientes episodios desafortunados como para no tener que escoger para el reproche algo tan lógico como que PRISA usara sus medios para denunciar que un juez instructor (que había sido vocal del PP en el CGPJ) puso bajo fianza a todo el equipo directivo en lo que podía ser el paso previo a enchironarles, jaleado por buena parte de los competidores. Pocos momentos hay donde pueda estar más justificado que un editor se defienda utilizando sus propios medios.

Haber publicado en portada que el 11-M fue una “matanza de ETA”, haber llamado “pacto secreto” a un pacto público entre CCOO y el PP por Caja Madrid, haber dado a Neil Kinnock como ganador en las elecciones británicas de 1992 o a Kerry ganador en las norteamericanas de 2004, haber zurrado a los jueces que investigaban casos molestos como Barbero, Varela o, ahora, Peinado, mientras que en el caso de Garzón pasaban de vapulearle como juez resentido a enjabonarle como “juez de la democracia” justo después de testificar a favor de sus directivos, publicar un editorial contra Pedro J. Ramírez cuando era víctima de un ataque a su intimidad o difundir en portada una foto falsa de la agonía de Hugo Chávez, esos sí son episodios en los que el periódico se dejó algo más que un pelo de su prestigio. Curioso que Cercas obvie todos ellos y haga una crítica tan selectiva usando el caso Sogecable.

A propósito de la amnistía

Javier Cercas interpreta la política de publicar contra-artículos a los de Fernando Savater el mismo día en que este publicaba los suyos de una manera bastante diferente a como lo valora el filósofo (donde una ve 'pluralidad' otro ve una 'neutralización' de sus postulados en un 'modus operandi' que sólo se le aplicaba a él). Pero a la hora de hablar de la posición del periódico con respecto a la amnistía, el autor prescinde de valorar el que, quizá, es el punto más reseñable de aquel episodio. Pedro Sánchez había ganado las elecciones del 23 de julio de 2023 con él y toda su guardia pretoriana prometiendo que no iba a haber amnistía.

Y antes de que el Gobierno haya dicho nada ni insinuado un cambio de opinión, antes de anuncio alguno de nadie (Pedro Sánchez no hará público su 'cambio de opinión' hasta el 28 de octubre), es el diario El País el que en pleno mes de agosto empieza a publicar tribunas, antes que nadie haya puesto ese tema encima de la mesa, valorando la necesidad de una amnistía (“Amnistía para recomenzar”, decía una de ellas). Pareciera que en PRISA ya supieran que la decisión estaba tomada y quisiera echar un capote al presidente preparando el terreno fomentando el debate, aunque el autor no contemple esta hipótesis en su relato.

Las omisiones más sorprendentes

Lo más sorprendente del relato de Cercas no es tanto lo que incluye, como lo que no incluye. Porque tiene mérito hacer un libro de la historia de un periódico y dejar fuera los dos elementos más vertebrales de cualquier publicación: sus propietarios y sus lectores.

Tiene su mérito hacer una reflexión sobre por qué los lectores pueden pensar que El País “ya no es lo que era”, sin mencionar ni como hipótesis la posibilidad de que haya podido influir en ello que el periódico haya pasado de ser propiedad de un editor español como era Polanco a ser propiedad, muerto este, de una amplia colección de entidades del sector económico, que ha ido cambiando según la etapa, y entre las que han figurado Liberty, Banco Santander, HSBC, La Caixa, Telefónica, jeques árabes y los fondos de inversión que ahora tienen la mayoría. El mero hecho de que Cercas no lo mencione ya puede considerarse revelador. Por no hablar de que cualquier análisis de El País que no incluya el objetivo de sus propietarios de que fuera la matriz de un gigante multimedia con prensa, radio y televisión carecerá de la mínima contextualización seria para entender las tres últimas décadas de historia del periódico. El autor habla de lo sucedido en Miguel Yuste como si se pudiera aislar de lo acontecido en Gran Vía.

La última omisión, ya habitual en los libros sobre periodismo, es negar la obviedad de la existencia de lectores hooligans. Cercas presenta una relación un tanto épica entre El País y el PSOE, sin querer reconocer la existencia de un número de lectores de El País que están suscritos al periódico, lo compran y lo leen porque asumen que será el periódico que defienda al PSOE y que solo aceptarán críticas al PSOE si dejan claro que los del otro bando son peores (los competidores tienen lectores equivalentes, pero en sentido contrario). Ya se vio el tipo de mensajes que le llegaban a El País cuando se especuló con que se planteaban retirar la demanda a Miguel Ángel Rodríguez.

Son el mismo tipo de lectores que dejaron de leer el ABC de José Antonio Zarzalejos, precipitando su final, por considerarle un “traidor” porque había asumido la misma versión del 11-M que los portavoces del PSOE, en lugar de asumir el relato conspiranoico de los portavoces parlamentarios del PP. Los que dejaron de escuchar a Jiménez Losantos por declarar la guerra al PP en COPE, que algo influyó en su caída ahí, o los lectores de El Mundo que dejaron de leer a Pedro J. por considerar que con sus portadas contra Rajoy estaba favoreciendo al PSOE y facilitando su defenestración.

Queda bien hacer narraciones épicas sobre la relación de confianza o desconfianza entre El País y el PSOE, y sobre lo mucho que valoran los lectores la independencia. Pero como sabe el equipo que rigió El País hasta 2018, y que ni Oughourlian negará, la independencia es, precisamente, algo que una parte sustancial de los lectores de periódicos no quieren, aunque nadie lo reconozca. Y eso incluye al "periódico de la democracia".

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