Pedro Sánchez se había vestido como de luto siciliano por la visita a León XIV o por la visita de la Guardia Civil a Ferraz y al propio cuartel general de la Benemérita. Parecía un padrino que pedía la extremaunción y el perdón al papa, llevándole tomates de su huerto en las manos temblorosas de anillos y crimen. Era como si Sánchez se hubiera tenido que ir al Vaticano, hasta los palacios y jardines de Dios, hasta la alcoba o la estufita de Dios, para que la magnitud del perdón igualara la magnitud de sus pecados. El incendio del sanchismo llegaba hasta el cielo más alto del mundo, a la barandilla del Cielo que cae sobre Roma, y parecía quemarlo todo, mármoles, carnes, alas, teologías, ideologías, como si fuera pergamino. Todo está podrido, todo está acabado. Del PSOE, del Gobierno y de las instituciones tomadas por el sanchismo sólo salen cadáveres, bolsas de cadáveres cargadas con cadáveres o papeles o cieno, maquilladores de cadáveres contagiados y manchados de muerte, como los pintores religiosos contagiados y manchados de gloria celestial. Pero en el Vaticano, con el luto adelantado y el Juicio Final también, acechándolo desde las cúpulas con sus ángeles rapaces, Sánchez no veía ningún problema. “Las investigaciones no impugnan los logros del Gobierno”, decía. Ni al revés, que es lo grave y lo imperdonable.
Sánchez, ceniciento, conventual, quería mantener una dignidad como de muerto ante el papa, que parece siempre una abuela sea quien sea, y ante el mundo entero, al que aún pretende maravillar o engañar. Pero ya no queda nada en pie, apenas él, como un ángel de cementerio. El juez Pedraz no es ya que acabe de sumar entre los muchos imputados a la gerente del PSOE, ni al ínclito Gaspar Zarrías, sino que ha colocado a todo el partido dentro o al menos a la orden de una trama criminal dedicada a dinamitar las investigaciones que afectaban al partido y al propio Sánchez. Escribe el juez que Santos Cerdán “habría puesto a disposición de la trama criminal la propia estructura del partido”, lo que nos deja pensando si hay varias tramas criminales o sólo una, con la misma estructura, los mismos empleados, el mismo dinero, los mismos intereses y la misma jerarquía que el PSOE. Hay una convergencia casi matemática o casi teológica en esta unidad o unicidad, en la simplicidad y la belleza de que al final las tramas y los casos no se distingan del propio PSOE. Teológicamente es tan simple como una sola iglesia, un solo papa o un solo dios. Matemáticamente, es tan simple como que si la trama está incluida en el PSOE y el PSOE está incluido en la trama, la trama y el PSOE son idénticos.
En el Vaticano, Sánchez parecía traficar con cenizas y sombras ante el papa impoluto, que nuestro presidente, a su lado, más que un Mefistófeles de gala era como un deshollinador. A Sánchez ya apenas le quedaba salir por ahí al mundo, marinera o misioneramente, a hablar chino o balleno, a cantar las guerras o a luchar la paz con coro de Betty Missiego o así. Pero ahora ya no le sirve ni escaparse al cielo, como si se escapara en el velerito de Dios, ni esconderse en la cocina del papa, como si se escondiera en la cocina del abuela. Nadie lo veía allí salvando el mundo, mirando de tú a tú a los dioses y a sus gobernantas, ni tasando almas, ni siquiera candelabros. Sólo lo veían quemarse con el mismo humo de Ferraz y ahogarse en las mismas pozas que la fontanera, chapoteando con sus guantes de mierda. En el Vaticano, Sánchez parecía un santo descolgado de su martirio para repintarlo, mientras en España la Guardia Civil volvía a entrar en Ferraz y un juez volvía a unir los puntos, que tampoco hace falta ninguna conspiración para entender lo que ha estado haciendo el sanchismo.
Sánchez, pequeño y enhebrado de negro, escondido en el Vaticano como en el costurerito de Dios, no se libraba (ya no se va a poder librar) de lo que pasaba y sigue pasando aquí. Esta vez, la trama no iba a por chistorras, ni siquiera a por oro precolombino o petróleo como agua de coco. Sí, Ábalos y Cerdán fueron sus secretarios de Organización, y Zapatero era su mentor con pupila de alfiler y sabiduría de pequeño saltamontes de élitros mojados. Ábalos estaba en su Consejo de ministros y también terminó allí, aterrizando sobre la gran mesa como aquella que limpiaba con Pronto, lo de Plus Ultra. Sí, todo eso es cierto, pero esta vez la trama criminal se dedicaba a una sola cosa: cumplir los deseos de Sánchez, por lo civil o por lo criminal. Explica el juez que todo se pone en marcha después del desmayito de enamorado o de encabronado de Sánchez por la imputación de Begoña Gómez. Y se pone en marcha para hacer realidad lo que quiere Sánchez, o al menos lo que le hemos oído a Pérez Dolset en los audios ferruginosos de la fontanera: “limpiar sin límites” y revertir la situación “caiga quien caiga”. Sánchez ya no está en la trama de panoli, pichón o mirón, sino como principal beneficiario, o incluso como capo que golpea la mesa con tinterito, pisapapeles y gato.
Con el luto adelantado y el Juicio Final también, acechándolo desde las cúpulas con sus ángeles rapaces, Sánchez no veía ningún problema
En el Vaticano, Sánchez, hecho una piltrafa, negro y gris como si todo le hubiera estallado en la cara, la máquina de fango, la fachosfera aceitosa, los demonios negros y hasta los angelitos negros de Machín; en el Vaticano, como bajo las faldas de Dios, Sánchez, simplemente, decidió escapar otra vez de la realidad, a un sitio que está aún más lejos que los cielos con sabanones y santos de Roma. Justificó su continuidad no por su debilidad sino por nuestra necesidad, y no por su interés sino por nuestro bien. Con el rostro negro y transfigurado, como una máscara de vudú, hasta se dio por ganador en las próximas elecciones. Era como un ángel hundido en petróleo igual que un cormorán, era como una vieja loca y arrebujada en luto atendida por piedad por el párroco. Pero no se va ir, salvo que se lo lleven en la lechera de la policía, y aun así nunca admitirá el fracaso ni el crimen.
Sánchez resistirá hasta el final, no puede hacer otra cosa, lo que no sabemos es hasta dónde llegará para ello. Resistirá y se irá al infierno orgulloso y maldiciendo, como el don Juan de Tirso de Molina o de Mozart (Zorrilla, un meapilas, salvó al guapo disoluto). Todo lo ha podrido Sánchez, el PSOE, el Gobierno, las instituciones... Hasta la Guardia Civil se mira por dentro y se palpa, como buscándose el mechero de yesca. Pero las conspiraciones no son capaces de igualar la simple verdad: siempre fue él, sólo él. Acertó desde luego Sánchez en el luto, que es el único que ha estado, desde el principio, en todos los entierros del país.
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