Feijóo ha hecho balance del curso ante unos azules como de mar fresquíbiris de cuplé, que yo diría que el españolito está pidiendo ya eso, un poco el veraneo desenfadado o licencioso del cuplé para escapar del curro, de la política y sobre todo de Sánchez. Incluso viendo a Feijóo con una seriedad como de guardia de playa, de árbitro de playa (con cronómetro para esa cuenta atrás del sanchismo que él ha iniciado o reiniciado), casi se lo imaginaba uno con bañador a rayas de cine mudo y remo de atrezo. Quizá Feijóo es sólo un tipo serio ante el cuplé que es el sanchismo, ante ese tiempo del cuplé que es el sanchismo, con sus peces gordos de estraperlo, corista y comisario comprado. O es al contrario, Feijóo es demasiado playero para la seriedad del sanchismo. O sea que mientras Feijóo se monta otro verano azul (me acuerdo de aquella playa de Borja Sémper, playa falsa como de río, de esquina de restaurante marinero o de disco de Pancho y Javi); mientras Feijóo, en fin, pinta azules de acuarela de Toquinho e instala esa cuenta atrás como para el alumbrado de la patrona, Sánchez ya tendrá planeado cómo resistir a la Justicia, a la historia y hasta a los maremotos.
Yo diría que Feijóo también necesita unas vacaciones de sí mismo, que últimamente andaba metiendo mucho la pata o el remo. Ahora, su balance, con fondo de heladería, con banderines de playa, con esa cuenta atrás como para la digestión, diría que sólo vende el mismo bombón helado de siempre, que es ese Sánchez medio derretido o medio podrido, con esa cara de ensaladilla de chiringuito que se le está quedando. Ya conocemos muy bien qué es el sanchismo y qué hace el sanchismo, que lleva muriéndose larga y pesadamente, como una ballena en la costa, toda la legislatura o toda la vida, tan agonizante que ya ha renunciado incluso a defenderse. Sí, ya sólo le queda el lawfare, que ahora nos suena a resoplido de argentino con lagrimón, moco y soberbia. El sanchismo se descompone, y se descompone a la vez que España, pero eso es una obviedad. Feijóo en realidad sólo nos ha dicho obviedades, que se pueden resumir en dos: que Sánchez es Sánchez y que él no es Sánchez. Y esto último aún nos lo ha tenido que aclarar épicamente.
Arreglar todo un país de escombros, ahora, cuando la mar está fresquíbiris y Feijóo a lo mejor también, es muy cansado, y quizá inútil y hasta contraproducente
Yo todavía me pregunto qué pretendía significar o encender Feijóo, ahí entre colores pastel o sabores de sorbete, entre su público de playa, cinquillo y sandía, con una frase como “me presentaré a las elecciones para reconstruir la nación, no para administrar sus escombros”. O sea que parece que cuando gobierne va, efectivamente, a gobernar, y eso, por lo visto, es digno de destacarse y elogiarse. Quiero decir que no se puede adoptar ese tono sentencioso y heroico, como si en vez de azules y turquesas tremolando tuviera detrás velas negras, para decir que no va ser Sánchez ni tampoco va a ser un mirón. No, porque lo que pasa es que uno enseguida piensa que hasta ahora sí ha sido un mirón, el mirón de Génova o el farero de España; que acaba, efectivamente, de decidirse por fin a hacer cosas en vez de apuntar las mareas, y que eso se merece aclaración, énfasis y también reconocimiento. Lo peor es que estoy seguro de que no quería decir eso, sólo quería contraponerse a Sánchez, que en realidad tampoco hace falta. Lo que le hacen falta son vacaciones.
Feijóo ha dicho obviedades que, en una lista o en un cartelón, como ese cartelón con los helados del verano que nos terminábamos aprendiendo, quizá pretendía que impresionaran más. Es lo que ha llamado “los principales objetivos del cambio”: “la decencia”, “que el país funcione” y “que trabajar valga la pena”. De nuevo es una contraposición retórica al sanchismo, y por tanto, como ya hemos dicho, algo innecesario. Cuando uno está entre escombros (esos escombros de los que Feijóo ha querido renegar por si cabían dudas o recelos), los objetivos suelen ser evidentes, lo importante es cómo conseguirlos. Eso hubiera sido lo interesante y lo sorprendente. O sea, que Feijóo nos dijera, entre sus nubes de pegatina o sus oleajes de corcho, qué tiene pensado hacer y legislar contra la corrupción, y para salvaguardar la independencia de los poderes e instituciones del Estado, y para asegurar que los responsables públicos sean realmente responsables, y para que los servicios públicos devuelvan a este siglo y a esta Europa nuestros trenes de la selva y nuestros hospitales de campaña, y para aumentar la competitividad sin volver a la servidumbre... Y más cosas, claro, aunque seguramente esto no hubiera sido nada veraniego. Tres objetivos como tres sabores, como esos polos de tres sabores que eran como cohetes hacia la nariz, sí lo son.
Feijóo ha hecho balance del curso, mirando quizá de reojo el verano de espetos y gondoleros, y un balance de curso tampoco es sacar el programa electoral entero, sino sacar cuatro tapitas de chiringuito, entre el desavío y la estafa. Con eso, la palabra “cambio”, bastante tombolera, y la cuenta atrás ya parece que Feijóo no sólo va a la conquista de la Moncloa sino de la luna. Lo malo es que, mirando las metidas de pata o de remo o de pértiga gondolera de Feijóo, aún no estamos seguros de que tenga programa, proyecto, ideas o siquiera bombón helado que vender. Quizá, simplemente, todavía sigue buscando decisiones que hagan parecer que lo obvio es heroico mientras lo necesario se vuelve aplazable. Arreglar todo un país de escombros, ahora, cuando la mar está fresquíbiris y Feijóo a lo mejor también, es muy cansado, y quizá inútil y hasta contraproducente. Ya lo pensará Feijóo luego, en septiembre, o más tarde si eso, cuando se convoquen elecciones. Sí, seguro que Sánchez ya lo tiene todo pensado, pero Feijóo no es Sánchez. Nos lo ha querido recalcar mucho el líder del PP, así como con traje y canotier en la playa y chorreones sobre los sueños, igual que el protagonista de Muerte en Venecia.
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