Profesor titular de la Universidad Complutense, Juan Andrade Blanco (1980) es historiador, investigador y profesor universitario, ampliamente reconocido por sus minuciosos análisis sobre el tardofranquismo, la Transición española y la evolución política de la década de los 80 en nuestro país. En 2012 publicó El PCE y el PSOE en (la) transi­ción, y en 2015 firmó con Julio Anguita el libro Atraco a la memoria. Tras varios años enfocado en el estudio de la historia europea de la primera mitad del siglo XX, publica El cielo en ruinas (Akal), una ambiciosa obra fruto de ocho años de exhaustiva investigación.

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Pregunta.– ¿Por qué el cielo y las ruinas?

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Respuesta.– El cielo y las ruinas son dos metáforas ambivalentes para aproximarse a la tríada formada por la guerra, el fascismo y la revolución. El cielo es la metáfora que sirve a la proyección utópica, a la ambición revolucionaria, pero es también una imagen que refleja el supremacismo fascista, el lugar desde el que ven el mundo. El cielo también es una imagen de la gloria que prometen los Estados a los soldados cuando van a la guerra; sin embargo, en la guerra moderna, el cielo es el lugar del que caen las bombas, de donde llega la muerte. Y, a la vez, el cielo, y esto lo cuentan algunos personajes del libro, es también el lugar al que miran los revolucionarios, las revolucionarias y los soldados que están en el fango de las trincheras en un momento de calma. Es una imagen de la tranquilidad y el sosiego de la naturaleza frente a la voracidad de la historia; un punto de fuga de las barricadas y de las trincheras que expresa un deseo de normalidad. Las ruinas son el legado macabro por excelencia de las guerras; ruinas luego sepultadas muchas veces por el relato lineal de los vencedores, como decía Walter Benjamin. 

P.– ¿Acaso el fascismo no rindió también un culto neorromántico a las ruinas como una especie de altar a la gloria?

R.– Exacto, era la imagen de un pasado idealizado en contraste con las revoluciones que pretendían, como dice La Internacional, "hacer del pasado añicos"; se propusieron hacer del pasado ruinas y utilizar también esas ruinas como atalaya para otear el horizonte. Muchas revoluciones acabaron también arruinadas, porque fueron destruidas por sus enemigos o porque se degradaron por sí mismas.

P.– Gavrilo Princip tiene 19 años cuando asesina al archiduque de Austria el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. El hombre que asesinó al líder socialista francés Jean Jaurès pocos días después, el 31 de julio de 1914, era también joven, tenía 29 años. En su libro escribe que la juventud europea ansiaba la guerra que terminó por estallar pocas semanas después. ¿Diría que la juventud de hoy tiene un pensamiento equivalente?

R.– Quiero pensar que afortunadamente no. Las nuevas generaciones no son generaciones deseosas de guerra, sino todo lo contrario. La Primera Guerra Mundial la promovieron mandatarios con ínfulas de grandeza, reyes prepotentes o empresarios calculadores. Y es verdad también que una parte de la sociedad y de las clases populares la recibieron con alborozo. Pero las tendencias historiográficas más recientes ponen de manifiesto que la inmensa mayoría de la gente, de las clases populares y de la juventud, no quería la guerra. Para ir a la guerra fue necesario no solo seducir, sino también acallar o marginar a quienes se oponían a ella. Ese fue, por ejemplo, el caso de Jean Jaurès, que es donde yo pongo la vista en lugar de centrarme en el caso ya muy manido del asesinato del archiduque. El asesinato de la gente que estaba haciendo lo posible por no ir a la guerra contribuyó al inicio de la guerra. Es el caso de Raoul Villain, aquel joven ultranacionalista francés que tenía tantas ganas de ir a la guerra que la anticipó en su propio país asesinando a Jaurès.

"Para ir a la guerra fue necesario no solo seducir, sino también acallar o marginar a quienes se oponían a ella"

P.– ¿Cómo pudo degenerar la memoria de las trincheras y el horror de la Gran Guerra hasta germinar en el auge del fascismo y demás totalitarismos?

R.– En el caso del fascismo, la guerra es una matriz fundamental del movimiento. El fascismo surge como un anhelo, una nostalgia de esa experiencia idealizada a la postre (en sus memorias, Mussolini hace un elogio de la vida en las trincheras). El fascismo surge también como un deseo de revertir los resultados de esa guerra, fuera la derrota en el caso de Alemania o la llamada "victoria mutilada" en el caso de Italia. Y el fascismo surge también como una sublimación de la guerra en la política, como un deseo de recrear sus hábitos y procedimientos, y también su estética. Para el fascismo, el estado latente de guerra es un mecanismo para que las sociedades no se atrofien. En perspectiva, Marinetti decía que era "la higiene del mundo". 

P.– Podríamos decir que la guerra fue para el fascismo una herramienta para la seducción de las masas.

R.– El fascismo resulta atractivo por multitud de razones que no podríamos sintetizar ahora, pero quiero sacar a colación una de ellas. Una figura importante del libro, Walter Benjamin, explicó muy bien un concepto que se sigue empleando, a veces en términos un poco superficiales: el de la estetización de la política. A través de sus liturgias, de sus rituales, de sus manifestaciones y de sus actos de masas –porque el fascismo es un movimiento de masas que concibe la movilización de forma encuadrada y jerárquica–, el fascismo brindaba en tiempo real, a través de esa estética, una experiencia de comunión y de vida sublime en un tiempo de crisis. En ese sentido, la recreación y la liturgia paramilitar resultó muy atractiva y, al final, catastrófica.

El historiador Juan Andrade.

P.– ¿De qué manera transformó la Primera Guerra Mundial la mentalidad de las izquierdas en Europa?

R.– En el libro, más que de las izquierdas, habló de la revolución y del proceso que atravesaron las organizaciones a la izquierda del espectro político. La activación social que provoca la guerra, y las prácticas políticas que se desarrollan en el marco de la guerra y sobre todo de la posguerra, generan las condiciones de posibilidad para la revolución. ¿Por qué? Porque la guerra y la posguerra provocaron una indignación tremenda, debilitaron a los Estados y armaron al pueblo. El libro lo que trata es de hacer un seguimiento en tiempo real de ese momento excepcional en la historia.

P.– Lo que deja claro el libro es que el periodo de entreguerras fue cualquier cosa menos pacífica.

R.– Exacto. Es una idea también trabajada por muchos historiadores que han hablado de este siglo como el siglo de las catástrofes, o que han definido este periodo como el de la Guerra Civil Europea, planteando que, efectivamente, la guerra no acaba en 1918. Hay toda una secuencia de sublevaciones, levantamientos y guerras civiles que obligan a matizar, si no a apartar un poco, el mito de los felices años 20. El mundo que salió de la Primera Guerra Mundial fue un mundo muy tensionado por la redefinición del mapa de Europa, la descomposición de los viejos imperios y el surgimiento de nuevos Estados-nación.

P.– El libro sitúa la Guerra Civil Española como antesala o prólogo de lo que sería la Segunda Guerra Mundial. ¿Fue España el "patio trasero" de Europa y de todas las tensiones que se vivían en ese momento?

R.– Yo lo que planteo es que, más que el patio trasero, España es el lugar en el que el mundo se concentra entre el 36 y el 39. La idea central del libro es contar una historia de Europa que acaba en España a través de multitud de figuras que están en la Primera Guerra Mundial, que participan en las oleadas revolucionarias, que viven el ascenso del fascismo y que transfieren toda esa experiencia a la Península. España es una encrucijada de lo que estaba por venir. No es que España ofrezca un punto de vista preferente ni mucho menos el óptimo desde el que ver la crisis europea; es mi propuesta, mi punto de vista, porque creo que desde aquí se ven las cosas de otra manera. Y se ven cosas nuevas, que es a lo que aspira uno cuando escribe un libro. Y creo que es un punto de vista dotado de sentido histórico. 

P.– ¿Se están repitiendo algunos errores o algunos mantras de la época de entreguerras?

R.– Las comparaciones en historia son muy arriesgadas, pero se me ocurre una cuestión: los dirigentes de la Primera Guerra Mundial tenían herramientas suficientes para intuir la catástrofe que se avecinaba en el caso de ir a una confrontación de esa magnitud, pero no la evitaron. Pensaron que podían conjurarla, o que de alguna forma podían anticiparse a la situación para evitarla, creyendo que el resultado no sería tan catastrófico. Pero ellos mismos fueron los que quebraron una cosa que es muy peligrosa: el equilibrio del terror. La apuesta por el equilibrio del terror basado en el principio disuasorio de la destrucción mutua asegurada se acabó rompiendo y condujo a la catástrofe. Creo que hoy en día hay quien todavía sigue pensando que puede ser razonable apostar por equilibrios de terror basados en la destrucción mutua. Esos equilibrios se rompen. Y si se rompen con armas nucleares…

"Hay quien todavía sigue pensando que es razonable apostar por equilibrios de terror basados en la destrucción mutua. Pero esos equilibrios se rompen"

P: La historiografía suele achacar gran parte de la culpa del inicio de la Primera Guerra Mundial al imperio ruso y a la temprana movilización de su ejército. ¿Compartes este punto de vista?

R: En el libro no hago mención a este pensamiento de manera intencional. Primero porque hay visiones muy distintas acerca de quién tuvo la responsabilidad última, o de qué Estado tuvo la responsabilidad principal. Yo no me he hecho una idea fija al respecto y he querido huir de ese debate –que no me parece tan atractivo– para poner el foco en una multicausalidad. De modo que hablo de causas de fondo, muy de fondo, como fue la ruptura de los equilibrios geopolíticos entre Francia y Gran Bretaña como resultado del despunte extraordinario de Alemania en términos industriales. Hay factores de los que hemos hablado de carácter ideológico: el ultranacionalismo que naturaliza la guerra como un mecanismo razonable para que los Estados hagan valer sus intereses, por ejemplo. Pero yo también he querido poner el foco en otra circunstancia que, sin desresponsabilizar a los Estados, tiene que ver con una cadena de decisiones que los mandatarios fueron trenzando con sus cálculos, con su ideología, con los automatismos de los protocolos de asistencia mutua o con reacciones improvisadas ante las decisiones de sus adversarios.