Opinión

Más ciclismo y menos influencers

Más ciclismo y menos influencers
Erola Jons en 'Una Vuelta por la Vuelta'

Una influencer o streamer o chorrader se ha colado en la Vuelta, que siempre ha sido una cosa alta y sagrada como nuestro gótico (hasta la siesta con la Vuelta es santa y venerable, y en esos días de etapa llana, locutor con salmodia y aleteo de helicóptero como de ángel monaguillo, uno entraba en el sueño igual que en un monasterio). Erola Jons es de aquí pero tiene algo de guiri pelirroja inconsciente y blasfema, blasfemando inevitablemente desde la inconsciencia y la pelirrojez, tan pecaminosa. En realidad ella no tiene la culpa de que la Vuelta la haya puesto ahí, como si hubieran llevado de tablaos y de corrida del Corpus a una pelirroja de Wisconsin, que va a confundir toreros, guardias civiles, bailarines, bandoleros y mariachis, a todos ellos con Antonio Banderas y todo en general con el calentón romántico que no hay en los pajares de Wisconsin. Elora Jons, con nombre de exploradora pelirroja o bombardero americano, tiene millones de seguidores gracias a unos vídeos humorísticos o hirientes de cámara oculta en los que mayormente se acerca a chicos para marearlos entre la seducción y la burla. En la Vuelta, le ha preguntado a Pogačar por qué “hiperventila” con ella y lo ha llamado “Pogachitar”, que tampoco es para tanto pensando que lo podía haber llamado “Pollaza”. Quizá existe un calentón de maillot como existe un calentón de taleguilla, pero no debería ser ése el enfoque oficial de la Vuelta. 

PUBLICIDAD

El ciclismo no sólo es uno de los deportes más puros (o eso debería ser). Aquí, además, el ciclismo siempre fue más que un deporte, sobre todo cuando no ganábamos nada desde Bahamontes o desde Ocaña: era el más pobre de nuestros deportes de pobre, con la bicicleta de fontanería antigua y el ciclista como un ladrón de melones que escapa por el campo. Nuestros héroes del ciclismo se parecían a nuestros santos o a nuestros mendigos, o sea pequeños, renegridos y flacos, con serón en la bicicleta como en el borriquillo. El propio deporte se adaptaba a nuestra idiosincrasia, y teníamos la montaña de los sufridos y los pacientes frente al llano y el esprint del extranjero bien comido, musculoso, explosivo. Hasta cuando volvimos a ganar (Perico) y tuvimos al primer español robótico (Indurain) frente a todos los anteriores españoles artesanales, precarios y caóticos, seguíamos teniendo de enemigos o rivales, igual que en la historia, a franceses con gafita y suficiencia (Fignon), a italianos impredecibles y diabólicos (Chiapucci), o a la fría y distante Europa (Romminger). Nos mantenían ante la tele, entre la siesta sagrada y el batacazo igual de sagrado, no más que el propio ciclismo, atávico o ya astronáutico, ganador o decepcionante, porque el esfuerzo seguía siendo bellamente humano o sobrehumano. 

PUBLICIDAD

Al deporte lo ayuda el buen deporte, no animadoras de Wisconsin ni calentones granjeros

A la Vuelta le cambiaron la fecha y el color del maillot de líder, por atraer a las figuras nos quedamos sin tradición y casi sin montaña, y luego volvieron a poner más montaña pero las figuras tampoco venían. Ahora que no sé si llegamos al equilibrio pero al menos está Pogačar, quizá el mejor ciclista de la historia, lo que le pone la organización, para que no vuelva, es a una pelirroja pizpireta (sólo las pelirrojas pueden ser realmente pizpiretas) que lo acosa, nos habla de mallas apretadas y fantasea con colarse en los vestuarios cuando Pogačar, o el que sea, parezca una lagartija mudando la piel, que tampoco es que los ciclistas sean mucho más. Yo no creo que esto sea cosa de los tiempos, ni de la tecnología, ni del streamer que se busca la vida con magdalenas de colores, con comentarios de pop coreano, prendiéndose los bigotes o incluso hablando verdaderamente de deporte, que también los hay, y sin perseguir con los ojos o las insinuaciones las hueveras acorchadas de los pobres ciclistas (uno no termina de creérselos como toy boys patizambos). No, esto es cosa de la Vuelta, que no sé en qué quiere convertir nuestra histórica carrera o nuestra histórica religión de la tarde. Puestos a meter extravagancias, podrían soltar una vaquilla entre el pelotón, que seguro que la cosa se haría viral enseguida. 

El ciclismo nunca lo vio uno como un deporte especialmente sexy. Nadie se fijaba demasiado en esos gregarios reventados, esos españoles carboneros, esos ciclistas caprinos, llenos de barro, con el pecho abierto y plano y con un periódico metido. Ni siquiera se fijaba nadie en esas azafatas con beso plantado al final entre las flores sin ganas, como damas de honor (aun así las fueron quitando). Ahora, la propia Vuelta pone a esta chica a perseguir a los ciclistas como a mamachichos inversos, que algo así le debe de parecer a Erola Jons un equipo de ciclismo entero, en su fila de conga por el pelotón o por la salida. Nadie intenta volver a vender el fútbol con mamachichos, menos si las mamachichos son los propios jugadores. Pero, por alguna extraña razón, la Vuelta sí quiere volver a las mamachichos. Y eso que se ve ridículo y forzado, que es como si a esta Erola Jons la hubieran contratado para llenar de morbo y sexo friki con ataques de pánico un campeonato de ajedrez. O sea que nadie se la cree en su papel de pelirroja ardiente y campestre por las metas volantes, en plan Como agua para chocolate, loca de pasión por estos ciclistas que son tirillas por arriba y jamones de fauno por abajo.

Erola Jons no creo que se cargue el ciclismo más que la propia organización de la Vuelta, ni el periodismo serio más que el propio periodismo serio (tampoco creo yo que los deportistas y los equipos terminen pensando que cualquier mujer con micrófono les vaya a preguntar inevitablemente por el paquetón). Pero no es culpa suya, como no es culpa suya ser pelirroja. Es sólo culpa de la Vuelta, por pensar esta tontería o por hacerle caso a la agencia de publicidad, sin duda de absurdo nombre biomecánico o piezoeléctrico y personal adolescente, que habrá contratado. Da igual, porque se diría que es la propia Vuelta la que piensa que el ciclismo es un deporte de boina, de barbería, de taller mecánico y de sudor como panadero, que ya no se lleva y que hay que buscarle público nuevo entre los tiktokers de mojiganga, los monicacos de “farmear aura” y los youtubers o jackassers de pedo flamígero. Al deporte lo ayuda el buen deporte, no animadoras de Wisconsin ni calentones granjeros. Más ciclismo y menos influencers. Más lagos de Covadonga (ese como cielo vikingo que uno descubrió de niño entre el sueño o el rezo, como cuando descubrió Despeñaperros) y menos pelirrojas tocapelotas.

Comentarios

Normas ›

Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.

Regístrate para comentar

Te puede interesar

Lo más visto