Opinión

EL GOLPE

El terremoto es Lorca, o es Uclés

A Granada le ha temblado Federico García Lorca y a Uclés le ha temblado la boina, como si su cabeza fuera una teta. “En Granada la tierra no tiembla un 18 de agosto sin más, lo hace porque Lorca yace todavía dentro y no se le encuentra”, ha dejado Uclés en sus redes, escrito como con caligrama, que es como el gotelé de la literatura buena y todavía más de la mala. A Lorca, que se nos muere cada verano igual que Chanquete, hay que hacerle el artículo o comentario cementerial y arcilloso, siempre con cunetas y zanjas muy ahormigadas de luto y botijería literarios y políticos. Hay que hacerlo o uno no es poeta, ni es humano, ni es de izquierdas, y debería tirar a la zanja la boina de confitura, la bufanda de hormigón, la pluma mojada en lágrima de orzuelo, el hocino ya más sanchista que comunista, las propias vértebras de su humanidad como si fueran vértebras de una vaca, para unirlo todo a los huesos sin encontrar y al bronce por fundir de la muerte poética, mitológica, política y ya folclórica de Lorca. El terremoto, claro, te regala ese cementerio emergido de raíces y cal, y te deja el comentario lorquiano listo, que casi no hay ni que poner a los banderilleros ni al maestro (Lorca tiene su propio Gólgota), que hay que ponerlos o uno no es poeta, ni humano, ni izquierdista de trenca, ni viuda de boina, ni lorquiano de almanaque, ni columnista de agosto.

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El terremoto es Lorca, o es Uclés queriendo hacer la metáfora más perezosa posible con Lorca, la de la tierra con la tierra, la del temblor con el temblor, la del muerto con el muerto, y la del 18 de agosto con el 18 de agosto. Es un poco literatura de refranero, o de estampita, o de calendario de caja de ahorros, que no es literatura sino mantecado. Parece que la idea la ha desarrollado Uclés en diferentes posts o declaraciones: “El terremoto de hoy en Graná no fue casualidad. La tierra tiene memoria y sin entierro se siente escarbá”, me he encontrado por ahí. Suena a pregonero sevillano, cuando ya le han crecido candelabros en las manos y en los ojos, de la cera acumulada por el cuerpo y por las palabras. O, más piadosamente, podría ser una seguiriya para guiris de un tenue Lorca para guiris. Venía a decir Umbral que hay que purificar a Lorca de sus gitanismos, y tenía razón, porque el mejor Lorca es el que no parece ni minero ni herrero ni lunero ni cuchillero ni andaluz, sino aquel Lorca neoyorquino, descubriendo o intuyendo el surrealismo en Manhattan, allí, “asesinado por el cielo”, como atrapado en un cepo de rascacielos. Pero a lo mejor Uclés no ha leído a Umbral, o sólo ha leído a Lorca en anillos de tocón, en nidos de escarabajos o en sus propias novelas apaisadas de política y vulgaridad.

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La frase de Uclés es como un azulejo andaluz con frase, justo con la profundidad de un azulejo. En realidad, Uclés no sale del mismo agujero, toda su concatenación es transparente, todo su desarrollo es repetición. Además, como andaluz anticastizo, yo estoy especialmente prevenido contra ese vicio de la sobrecarga sacralizante, esa manía tan kitsch de convertir personajes, hechos o lugares en algo cósmico, religioso, absoluto, intocable. Es como cuando Manu Sánchez se pone lírico / tópico, lo mismo con la Selección que con Cádiz (en Cádiz hay tantos dioses como poetas y tantos poetas como mojarritas, y la Caleta le gana al Nirvana y hasta al Venusberg). Los barrios con cuestas, los toreros con braguero, los cristos con madre gitana, los atardeceres caldereros y hasta los poetas de verdad o del mercado de abastos pueden ser lo más grande del mundo o incluso todo el mundo (decía Fernando Villalón que “el mundo se divide en dos grandes partes: Sevilla y Cádiz”). Es más que catetismo, es la orgullosa sacralización del catetismo. Uclés ha empequeñecido a Lorca hasta hacerlo tan cateto como él. Convertir un terremoto en calita, en paisaje sentimental, es, además, algo especialmente ridículo.

El terremoto es Lorca, o sólo Uclés, que es capaz de destrozar ciudades, paisajes, historias e idiomas

El terremoto quizá era tan bueno como cualquier otra percha para el homenaje o el postureo, ahora que todos son viudas de Lorca como cuando toca ser viudas de Machado, otro que tiene el entierro como si fuera un Viernes Santo. En realidad no pasa nada por ser viuda de Lorca, sobre todo si te ha dejado alguna herencia, no sólo un resfriado de nuez o de coronilla, o un bastón de Antonio Gala, que decía yo ayer, o un clarín para anunciar su propia muerte lorquiana, autorreferencial, o un batiburrillo lírico y político que, como le pasa a Machado, suele inventar o malinterpretar o magnificar lo lírico o lo político. Lorca es uno de los más grandes, incluso quitando nanas, martinetes y candelería. Además, lo asesinaron como en un Evangelio, con profecía, romanos y Gólgota, ya digo. Lo que pasa es que por los mesías, incluso por los verdaderos, si acaso los ha habido, suelen hablar tantos mercaderes, pedigüeños, oportunistas, oficiantes, bardos, estafadores, becarios o colilleros que uno duda de su milagrería y hasta de su existencia. Es cuando uno prefiere volver a leer a Lorca, más que leer las columnas y los azulejos sobre él, con su reverberación de elegía a un torero escrita por un hijo suyo inclusero, advenedizo o impostor.

Granada, al parecer, ha sufrido su primer terremoto puramente lírico, con temblor o derretimiento de esqueletos y de ripios como la licuefacción del suelo (la licuefacción de suelos es un curioso fenómeno que se da en algunos seísmos y que convierte la tierra en algo así como la boina o la sesera de Uclés). El terremoto es Lorca, o sólo Uclés, que es capaz de destrozar ciudades, paisajes, historias e idiomas. Me sopla Borja Martínez que, en su promoción de La península de las casas vacías, Uclés definió a Lorca con “pies telúricos y arraigados”, que suena a diosa primigenia bailarina y como hindú, o a magufería de zahorí con yerbajo en la boca. A los granadinos seguro que no les parece que el terremoto haya sido por Lorca como si hubiera sido por Poseidón. Eso sí, desde el punto de vista literario, menos mal lo del terremoto, que si no Uclés hubiera tenido que hablar del poeta universal y de que lo mataron al amanecer, que es por donde empiezan todos al ponerse la bufanda, la pajarita o el crespón. Con el suelo y las casas granadinas con tajo de alfanje y campanario de lámparas y grifería, la tierra remite a la tierra, los muertos remiten a los muertos y Uclés sólo remite, otra vez, a su boina. 

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