Historia

Hace cien años la Sociedad de Naciones intentó contener el nacionalismo alemán. Siete años después Hitler llegó al poder

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El primer ministro francés Aristide Briand y el ministro alemán de Exteriores Gustav Stresemann (en primer plano, a la derecha de la imagen) en Ginebra en 1926, tras el ingreso de Alemania en la Sociedad de Naciones.

El 8 de septiembre de 1926, las cancillerías europeas celebraron lo que creían una victoria definitiva de la diplomacia posterior a la Primera Guerra Mundial: la integración oficial de la República de Weimar en la Sociedad de Naciones, el foro multilateral con sede en Ginebra precedente de las Naciones Unidas. Un año antes, los tratados de Locarno en 1925 trataron de reintegrar a Alemania en la diplomacia internacional. Los objetivos de las potencias vencedoras eran encauzar el revanchismo del país germano, frenar sus corrientes políticas radicales (tanto izquierdistas como derechistas) y estabilizar el continente. Sin embargo, el esfuerzo por neutralizar el nacionalismo alemán mediante su entrada la Sociedad de Naciones resultó ser una falsa ilusión.

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El caldo de cultivo en una alemania empobrecida

Tras la firma del tratado en Ginebra, Gustav Stresemann, ministro de Exteriores de Alemania, y el primer ministro francés Aristide Briand recibieron el Premio Nobel de la Paz de aquel año. Los intelectuales contemporáneos creyeron que se había evitado un nuevo conflicto europeo a apenas 10 años del final del último. Sin embargo, el apretón de manos entre los ministros alemán y francés no pudo tapar la profunda fractura social que asolaba un país devastado. Alemania entró en las instituciones internacionales todavía inmersa en el trauma y el colapso socioeconómico derivados de la derrota en la Gran Guerra.

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Mesa de negociación de los tratados de Locarno entre Francia, Alemania, Bélgica, Gran Bretaña e Italia en octubre de 1925.
Mesa de negociación de los tratados de Locarno entre Francia, Alemania, Bélgica, Gran Bretaña e Italia en octubre de 1925. | Archivos de la Sociedad de Naciones / Library of Congress

Aunque la estabilización del Rentenmark en 1923 frenó temporalmente la ruina total del país, el recuerdo de la pérdida repentina de los ahorros de toda la clase media dejó una cicatriz psicológica imborrable y un miedo permanente a la inestabilidad de la moneda. Además, el aparato industrial germano, ahogado por la falta de crédito exterior y la reestructuración de posguerra, fue incapaz de absorber la mano de obra. A finales de los años veinte, la falta de empleo y la miseria extrema en las grandes ciudades convirtieron los suburbios industriales en viveros de radicalización política.

Una hipoteca que casi duró un siglo

El descontento popular no solo se alimentaba del desempleo, la aplastante carga de las reparaciones financieras impuestas por el Tratado de Versalles y la pérdida de territorio nacional creó un fuerte sentimiento de irredentismo. Por ello, para la derecha reaccionaria y el ultranacionalismo emergente, acudir a Ginebra significaba ratificar la condición de Alemania como un Estado tributario de las potencias vencedoras. 

La magnitud de aquellas sanciones económicas era de tal calibre que puso contra las cuerdas la propia existencia de la propia República de Weimar. La gravedad de aquella penalización fue tan extrema que las reparaciones de la Primera Guerra Mundial se terminaron de pagar formalmente el 3 de octubre de 2010. El castigo económico de 1919 marcó el destino del país durante casi un siglo.

De las ruinas de Weimar al ascenso de AfD

El colapso de los esfuerzos de contención entre 1926 y 1933 ofrece una imagen fidedigna sobre los límites de la diplomacia cuando las estructuras democráticas internas se quiebran bajo el peso de la polarización. Así, cuando el centro político de Weimar asumió parte de la retórica nacionalista para frenar la sangría de votos, solo logró legitimar el discurso extremistas.

Cien años más tarde, la lección de aquel fracaso recuerda que no se puede contener la deriva radical en las instituciones internacionales si se ignoran las brechas sociales, la incertidumbre económica y el malestar profundo de la ciudadanía nacional.

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