Opinión

Vamos a morir todos

Sam Altman durante una conferencia en Tokio en febrero de 2025.
Sam Altman, CEO de ChatGPT durante una conferencia en Tokio en febrero de 2025. | Rodrigo Reyes Marín / Zuma / Europa Press

Vamos a morir todos. Será la IA, o el cambio climático, o un bicho nuevo, o el bombazo atómico, aunque eso ya nos parece un apocalipsis medieval, como de fuego de catapulta. Los ingenieros frikis de la IA, con descorazonadores ojos de niño, nos advierten de los peligros de una superinteligencia artificial fuera de control, aunque los filósofos llevan mucho tiempo advirtiéndonos sobre nuestra estupidez natural, que es peor. Según el biólogo Edward O. Wilson, el problema del ser humano es que tenemos emociones del Paleolítico, instituciones del Medievo y la tecnología de los dioses. Como para no morir todos. En realidad llevamos toda la historia preparándonos para morir exactamente como nuestros ancestros, defendiendo la pequeña cueva, rodeados de oscuridad, ira y miedo. Parece un largo viaje para casi nada, millones de años desperdiciados, pero no sé si sirve ponerse cósmicamente cursi (sólo Carl Sagan podía ponerse poético, científico, humanista, pesimista y optimista a la vez con nuestro futuro cósmico, los demás sólo parecemos Zapatero mirando al infinito desde el columpio o la joyería). Es más sencillo el simple pesimismo: Claro que vamos a morir todos, ¿es que no se han visto ustedes?

PUBLICIDAD

Vamos a morir todos, y lo haremos con la vanidad última de proclamarnos los destructores del mundo. El pesimismo es elegante, clásico y también un poco cínico y perezoso: nos libra de buscar soluciones y nos aporta una inútil superioridad, que en este caso sería la superioridad de ser los últimos seres humanos, de haber culminado la historia como el que culmina uno de esos graneros del Oeste, que parecían siempre el mayor esfuerzo civilizatorio que hubiera conocido esa gente. Pero no sé si nos merecemos siquiera esta última arrogancia. Decimos que vamos a morir todos porque viene la IA, y el cambio climático, y el informe PISA, y el CIS de Tezanos, justo cuando ya están Trump, Putin, Jinping y Sánchez justificándose unos a otros, cuando el personal ya no sabe leer, ni quiere, y cree que hay una gran conspiración mundial e histórica para ocultarles que la Tierra es en realidad una chapa de botella o que Begoña Gómez es una gran profesional. Eso de merecernos el fin del mundo también es una vanidad, aunque siempre hemos sido vanidosos, hasta creer que el vasto universo está ahí sólo para sostener nuestra poesía. Yo negaría esa vanidad de ser precisamente nosotros, nuestra orgullosa generación, los destructores del mundo. Quizá hace mucho que estamos condenados. 

PUBLICIDAD

Diría que creemos que podemos poner a otro en vez de Trump bajo las águilas calvas, y a otro friki que no sea Musk bajo el dólar irisado, y a otro ministro de educación aquí, quizá con tiza en la oreja, que tampoco hizo falta mucho más para llegar desde Anaximandro a la bomba atómica, y así a lo mejor todo cambiaba. Pero el mono sigue ahí, o mejor dicho, el reptil del complejo R de nuestro cerebro. Somos monos o reptiles con la capacidad de destruir el planeta, seguramente por unas ramas, unas bayas o un apareamiento, y tener un líder ligeramente más o menos engorilado o una cueva más o menos cómoda no cambia nada. No hemos dejado de ser depredadores y competidores por el territorio y los recursos limitados, aunque hayamos construido, alrededor de ese núcleo reptiliano, ciudades, arte, religiones, ciencia y mucho orgullo (somos capaces de matarnos por pura simbología, por una bandera, un trazo o un ídolo). Nuestra apabullante tecnología sólo es comparable a nuestra apabullante estupidez, aunque quizá esto es una constante universal, tampoco lo hemos inventado nosotros.

Cuenta el anecdotario que Fermi y dos colegas físicos de Los Álamos habían estado hablando durante el almuerzo sobre viajes espaciales, a raíz de una viñeta sobre ovnis que habían visto en The New Yorker. La conversación pasó a otros asuntos hasta que Fermi soltó, de repente: “¿Dónde está todo el mundo?”. Fermi había hecho mentalmente una de sus famosas estimaciones, teniendo en cuenta el tamaño de nuestra galaxia, la cantidad de estrellas y planetas, la probabilidad de vida tecnológica y el tiempo que tardaría una sola civilización tecnológica en colonizarla. Según Fermi, deberían estar aquí, pero no estaban. Y seguimos sin haber detectado a nadie más. ¿Dónde está todo el mundo? A la llamada paradoja de Fermi se le han propuesto muchas soluciones, desde el poco interés de los alienígenas o el miedo a ser detectados a que la vida sea más milagrosa de lo que creemos, y eso que sólo en la Vía Láctea hay entre 100.000 y 400.000 millones de estrellas. Mi solución, viendo al personal por aquí, es la más pesimista, la del Gran Filtro autodestructivo: la inmensa mayoría de las civilizaciones tecnológicas, o quizá todas, se autodestruyen rápidamente, mucho antes de poder contactar con otras. No somos un milagro, somos otra pequeña y breve burbuja de vanidad.

Sí, vamos a morir todos, vamos a extinguirnos, y yo no me preocuparía mucho porque seguramente eso es inevitable desde el Neolítico.

Sí, vamos a morir todos, vamos a extinguirnos, y yo no me preocuparía mucho porque seguramente eso es inevitable desde el Neolítico. Cambiar a un friki de la IA por otro friki de la IA, cambiar a un presidente en caballito por otro presidente en caballito, incluso cambiar a nuestros políticos por eruditos y a nuestros infames pedagogos por maestros con compás de cuerda y borrador justiciero podría darnos un respiro, pero no mucho. Se podría pensar, eso sí, que el ser humano se define precisamente por haber superado su biología. Sí, hacemos cosas evolutivamente inútiles como el arte, somos capaces de la solidaridad y la compasión, de conmovernos y ayudarnos, y hay un progreso ético que niega constantemente al reptil sangriento o al mono tamborilero de nuestra cabeza o de nuestras sociedades. Hay, al menos en muchos humanos, una anómala voluntad de bien. Y quizá haya una voluntad global, como especie, de sobrevivir a nuestra “adolescencia tecnológica” (Sagan). Será la IA, será el cambio climático, será la bomba biológica o nuclear, pero se diría que nos queda poco para que nuestra estupidez ahogue definitivamente nuestra esperanza. No quiere parecer uno un cursi cosmológico, como Zapatero con sus infinitos engarzados (aunque lo de Zapatero no es cursilería sino estafa). Pero hasta el pesimismo deja de tener gracia cuando cae en la resignación.

1 Comentarios

Normas ›

Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.

Regístrate para comentar
  1. No vamos a morir todos con bombas dirigidas por orden de IA .Pero recuerdo las suprimes ,los paquetes de hipotecas fraudulentas que se vendía con otras de calidad por JP Morgan nada menos y nada mas ,el mayor banco financiero del mundo y con IA y una buena aplicación ¿Qué no nos podría hacer una banco financiero?

Te puede interesar

Lo más visto