Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Cardiff y uno de los mayores divulgadores y especialistas contemporáneos en el mundo antiguo, Lloyd Llewellyn-Jones ha elegido la ciudad de Babilonia como protagonista de su último trabajo. Nacido en Gales y formado en las universidades de Hull y Cardiff, su trayectoria como investigador se centra en la Persia aqueménida, la historia sociocultural griega y la recepción de la Antigüedad en la cultura popular. Además, ha ejercido de asesor histórico en importantes producciones cinematográficas de Hollywood y documentales televisivos. Tras el éxito de obras como Los persas (2024) y Las Cleopatras (2025), Llewellyn-Jones reconstruye en Babilonia (Ático de los Libros) más de dos mil años de historia para rescatar la vibrante realidad humana de la metrópolis frente al mito bíblico y legendario.
Pregunta.- En la cultura popular, Babilonia suele verse de forma muy negativa, como sinónimo de decadencia o pecado. ¿A qué responde esta visión?
Respuesta.- Responde fundamentalmente a un prisma teológico. La interpretación judeocristiana de Babilonia como la ciudad arquetípica que Dios va a castigar y destruir cumplía una función muy concreta. Tiene además un recorrido histórico amplio: los judíos vivieron en carne propia el trauma del exilio en Babilonia. Siglos después, San Juan redactó el libro del Apocalipsis donde reelaboró la imagen de Babilonia para que fuera el espejo decadente de Roma. Posteriormente, Martín Lutero recurrió a esa misma figura para atacar a la Iglesia católica.

Esa caracterización de la Babilonia impía y condenada a la ruina ha perdurado hasta el siglo XX. Se convirtió en un tópico literario de gran peso que no podía omitir en mi libro, pues forma parte de su legado; sin embargo, reducir la metrópolis al cliché del vicio comete una injusticia contra su extraordinaria historia y cultura. Mi objetivo ha sido reequilibrar la balanza.
P.- Entre esos mitos destaca la Torre de Babel relatada en la Biblia. ¿Cuánto hay de realidad detrás de esta narración?
R.- Muchísima. La Torre de Babel está inspirada inequívocamente en el gran zigurat del dios Marduk, el Etemenanki. Pero la relación entre la Biblia y Babilonia no se limita a eso. Si analizamos el Antiguo Testamento, encontramos multitud de motivos babilónicos. El inicio mismo del Génesis ("al principio, Dios dijo: hágase la luz..." Génesis, 1) bebe directamente del mito de la creación babilónico, el Enuma Elish.

La comunidad judía estuvo tan inmersa en la cultura de la ciudad que absorbió estos elementos y los reformuló. En sus orígenes, la concepción del Dios hebreo y cristiano actúa como una derivación del dios creador babilónico. Por ello, leer la Biblia bajo esta perspectiva comparativa resulta fascinante.
P.- Describe la sociedad babilónica como muy abierta en el terreno sexual.
R.- Lo era de forma sumamente explícita. En Babilonia no existía un tabú en torno al sexo. De hecho, carecían de palabras para delimitar conceptos como la "homosexualidad". Los tabúes estaban fijados sobre ciertas conductas sociales: una mujer casada no podía mantener relaciones extramatrimoniales y se valoraba enormemente la virginidad nupcial, mientras que los hombres casados sí disponían de libertad para relacionarse fuera del matrimonio. Era, indiscutiblemente, un sistema patriarcal desigual. No obstante, rendían culto a una deidad primordial como Ishtar, una diosa netamente sexual, lo que convertía la sexualidad en una dimensión divina ineludible de su cosmos. Su poesía y sus canciones nupciales están cargadas de imágenes carnales directas. Era un pueblo con una vivencia sexual muy activa y desinhibida.
P.- En el ámbito legal, el Código de Hammurabi se estudia tradicionalmente como un pilar en la historia del derecho. ¿Hasta qué punto se aplicaba realmente?
R.- La estela fue erigida en la etapa final del reinado de Hammurabi y en los archivos documentales de Babilonia no encontramos testimonios jurídicos que la citen o apliquen. Lo que nos hace estar en medio de un dilema historiográfico. Los jueces y escribas nunca dictaminaban diciendo, "según ordenó en su momento el rey Hammurabi...". Por ello debemos cuestionar su operatividad. ¿Era un ordenamiento de obligado cumplimiento o más bien un catálogo idealizado de justicia? Hay que interpretarlo con cautela.
P.- Entre sus festividades anuales figuraba el Año Nuevo babilónico, el festival de Akitu. ¿En qué consistía el rito de penitencia al que se sometía el monarca?
R.- A diferencia de los faraones egipcios, el rey babilónico no era un dios sobre la tierra, sino el primer servidor de los dioses. Había sido designado por la divinidad y debía responder con humildad ante ella. El Akitu era la mayor festividad del calendario, se celebraba en marzo, en torno al equinoccio de primavera. Las efigies de los dioses viajaban desde distintas regiones hasta Babilonia durante doce días, llenando la ciudad de procesiones majestuosas. En el santuario, frente al sumo sacerdote, el rey debía despojarse de su corona, su cetro y sus vestiduras reales, y arrodillarse ante la estatua de Marduk. Acto seguido, el sacerdote le propinaba una fuerte bofetada con el propósito deliberado de arrancarle lágrimas. Luego, el monarca juraba no haber sido corrupto, no haber estafado al pueblo ni haber recaudado impuestos abusivos. Solo tras humillarse de esta manera, el dios le renovaba su mandato por un año más.
P.- ¿Qué consecuencias conllevaba saltarse esta ceremonia o fallar en el ritual?
R.- El caso de Nabónido, uno de los últimos monarcas autóctonos, refleja esto a la perfección. Nabónido abandonó Babilonia durante una década para instalarse en el oasis árabe de Tema, desatendiendo por completo el festival de Año Nuevo. El pueblo vivió aquello con enorme pesimismo: creían que Marduk les había retirado su protección. Cuando Ciro el Grande de Persia marchó contra Babilonia y la ciudad capituló, la población interpretó la conquista persa como el castigo divino por la negligencia de su soberano. De hecho, Ciro utilizó esto con gran inteligencia propagandística: acudió al templo de Marduk y cumplió escrupulosamente con el ritual tradicional para presentarse como el legítimo restaurador del orden cósmico y salvador de la metrópoli.
P.- Las inscripciones monumentales ensalzaban a reyes como Nabucodonosor II, pero la arqueología también rescata marcas de gente anónima o incluso de animales. ¿Qué valor tienen estos hallazgos?
R.- Esos detalles fortuitos son extraordinarios. Los ladrillos de adobe se apilaban y se ponían a secar al sol, lo que permitió que quedaran impresas huellas accidentales de perros callejeros o pisadas y dedos de niños. Entre estos testimonios, uno de mis favoritos procede de una pequeña escuela de escribas. Conservamos una tablilla de arcilla donde un alumno novicio practicaba torpemente signos en acadio. El niño estaba visiblemente aburrido y le dio un mordisco al borde de la pieza de arcilla fresca. Un amigo dentista analizó las marcas dentales y calculó que el niño tenía unos ocho años. Ese tipo de detalles nos aproxima a la condición humana, donde vemos que el aburrimiento infantil hace tres mil años era exactamente igual al de hoy.
P.- ¿Cómo era la convivencia de los babilonios con el más allá?
R.- La frontera entre la vida y la muerte era sumamente delgada. El concepto de familia abarcaba a varias generaciones en un sentido extenso. Las excavaciones demuestran que, cuando fallecía un nuevo miembro de la casa, levantaban el suelo de adobe, apartaban los huesos de los antepasados y depositaban el nuevo cuerpo. Cada mes, coincidiendo con la luna nueva, la familia celebraba un banquete ritual, el kispu, en el que se reservaba una porción de alimento y bebida para los ancestros enterrados en el subsuelo. Guarda paralelismos con el culto a los antepasados en Asia o con festividades como el Día de Muertos y la Noche de Todos los Santos en España, momentos donde el mundo visible e invisible se rozan.
Sin embargo, en Babilonia no existía la noción de un paraíso o cielo moral. Su inframundo, Arallu, era un espacio perpetuo de sombras. No había juicio del alma, todas las almas quedaban confinadas en ese limbo subterráneo. Por ello temían tanto a los aparecidos. Si alguien sufría una muerte violenta o no recibía sepultura adecuada, su espíritu regresaba como un fantasma vengativo (etemmu). En esos casos era imperativo recurrir a sacerdotes exorcistas y magos (ashipu) para apaciguar al espectro mediante conjuros. Vivían rodeados por la presencia de demonios; incluso creían en la existencia de un demonio de las letrinas, por lo que muchos ciudadanos preferían orinar o defecar al aire libre en rincones antes que encerrarse en un cubículo oscuro.
P.- Las cartas diplomáticas halladas en Tell el-Amarna desvelan una intensa relación epistolar entre Babilonia, Egipto y otras potencias. ¿Qué retrato surge de aquellos reyes?
R.- Durante el periodo casita, Babilonia consolidó su posición como una gran potencia internacional. Los soberanos de Egipto, Hatti, Mitanni y Asiria conformaban una suerte de "club de hermanos". Se trataban de iguales y competían constantemente en prestigio: quién enviaba más oro, quién entregaba a más hijas en alianzas matrimoniales o quién hacía los mejores regalos diplomáticos. Los monarcas babilónicos muestran una personalidad muy marcada en sus cartas. El rey Burnaburiash II, por ejemplo, era notablemente susceptible, se quejaba con insistencia de cualquier desatención protocolaria o de que el faraón no le enviara suficiente oro. La correspondencia diplomática revela tensiones políticas de primer orden plasmadas con un nivel de intimidad y psicología personal fascinante.
P.- La figura de Alejandro Magno está muy vinculada al desenlace de Babilonia. ¿Supuso su entrada en el 331 a. C. una catástrofe para la metrópolis?
R.- Al contrario, no hubo saqueo ni destrucción. Los registros bancarios, mercantiles y administrativos demuestran que las estructuras de la ciudad operaron con absoluta continuidad. Los jueces y escribas que ejercían sus funciones antes de su llegada continuaron en sus puestos tras la conquista. Alejandro no alteró el funcionamiento cívico. De hecho, su plan consistía en transformar a Babilonia en la gran capital de su imperio universal. Tenía en mente avanzar hacia el Mediterráneo occidental tras su regreso de la India. Sin embargo, Alejandro murió allí en el año 323 a. C., probablemente de fiebre tifoidea contraída en las zonas pantanosas circundantes, o quizá envenenado, no se sabe. Quiso consagrar a Babilonia como centro del orbe y terminó encontrando allí su sepultura.
P.- El Poema de Etana contiene un pasaje asombroso donde un monarca se eleva a lomos de un águila y describe la Tierra desde el cielo. ¿Cómo pudo gestarse esa mirada aérea milenios antes de la aviación?
R.- Es una de las visualizaciones geográficas más lúcidas de toda la Antigüedad. Etana asciende sobre las alas del águila y va describiendo la llanura mesopotámica a diferentes alturas. Señala primero que la tierra semeja un pequeño huerto y, al subir a gran altitud, observa que el inmenso mar parece una simple zanja o un abrevadero para el ganado. Imaginar semejante perspectiva en un territorio completamente plano, carente de montañas elevadas desde las que otear el horizonte, exige un ejercicio de abstracción formidable. Su gran legado intelectual estuvo ligado al desarrollo de la astronomía y la observación sistemática del firmamento. Vivían divididos entre el plano subterráneo del inframundo y la contemplación de las estrellas donde residían sus dioses. Ellos eran conscientes de habitar una tierra intermedia situada entre dos abismos cósmicos.
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