El 12 de octubre de 1616, una flota española de nueve galeras comandada por el avezado capitán palermitano Octavio de Aragón irrumpió por sorpresa en la capital del Imperio Otomano, Constantinopla (llamada oficialmente Estambul desde 1930), ante la mirada atónita de los turcos. Sin perder un segundo cañoneó los puertos militares, paseó el pabellón de la monarquía española por los fondeaderos del Gran Turco y burló la furia del sultán escapando con las mismas nueve embarcaciones con las que llegó. Un episodio de película rescatado de los archivos en el siglo XIX poryla historiografía naval.
Un mar de piratas
A principios del siglo XVII, la hegemonía del Imperio Español en el Mediterráneo era inapelable. Los barcos hispanos protegían los intereses de la corona con una eficacia sin igual, principalmente siguiendo una estrategia defensiva, sí, pero también de ataque. Tal y como documenta el historiador británico R. C. Anderson en su estudio académico Naval Wars in the Levant 1559–1853 (1952), la posición de superioridad hispana requería demostraciones de fuerza para frenar el poder de la Sublime Puerta (el gobierno otomano). Una exhibición de músculo llevada a cabo principalmente por las escuadras navales virreinales de Italia, leales al monarca español.

Y es que la guerra de corso en el Mediterráneo se había intensificado tras la derrota turca en Lepanto. Aunque los otomanos reconstruyeron su flota rápidamente, las pérdidas humanas de la batalla fueron insustituibles. Miles de marineros al servicio del sultán, que conocían las corrientes y costas del Mediterráneo al dedillo, perdieron la vida ese día. Fue entonces cuando se abandonó por ambas partes la creación y mantenimiento de grandes flotas estatales y se abogó por la iniciativa privada y de los poderes locales. Esto se tradujo en que el Mediterráneo se fragmentó en un conflicto asimétrico y descentralizado conducido por corsarios dotados de patentes de corso (licencias para practicar la piratería estatal).
La preparación del golpe
En este contexto, Don Pedro Téllez-Girón y Velasco, tercer Duque de Osuna y por entonces virrey de Nápoles, abogó por una reestructuración naval impulsada tras asumir el cargo en junio de 1616. Según analiza David García Hernán en su monografía La aristocracia en la encrucijada: La alta nobleza y la Monarquía Hispánica en el siglo XVII (2007), Osuna gozaba de un rol político y estratégico casi autónomo en Italia, lo que le permitía ejecutar una temeraria "guerra ofensiva en la casa del enemigo".

Al mes siguiente de que Osuna asumiera su cargo, en julio de 1616, la flota española consiguió una aplastante victoria en el cabo Celidonia, cuando una pequeña flota de galeones hispanos destrozaron a una escuadra otomana de 55 galeras frente a las costas de Chipre. Este triunfo infligió un severo varapalo a la marina del sultán turco Ahmed I, dejando la cuenca oriental del Mediterráneo virtualmente indefensa ante los ataques cristianos. Esta situación convenció a Osuna de que el Imperio Otomano atravesaba un momento de vulnerabilidad que debía ser explotado de inmediato mediante un golpe directo y disuasorio; los ojos del duque se fijaron en la propia capital imperial.
Una victoria incontestable
Pero esta ventaja no iba a durar eternamente. Consciente de que la escuadra turca se estaba reorganizando, Osuna confió la misión a su marino de mayor confianza: el italoespañol don Octavio de Aragón y Tagliavia. ¿Cómo logró penetrar con sus naves en la ciudad más importante del Imperio Otomano y en el cénit de su fuerza? La respuesta la ofreció a finales del siglo XIX el marino e historiador Cesáreo Fernández Duro en su obra El Gran Duque de Osuna y su marina: Jornadas contra turcos y venecianos (1885). En ella relata que Aragón recurrió a una maniobra de camuflaje que calificó como “navegar a la turquesa". Es decir, disfrazó la apariencia de sus galeras y deplegó enseñas enemigas para no levantar sospechas mientras atravesaba el Egeo y el mar de Mármara.
Gracias a esta estratagema, el 12 de octubre de aquel año, nueve galeras españolas sortearon las defensas del Estrecho de los Dardanelos y se plantaron ante Constantinopla. Una vez ahí, el disfraz cayó. Los barcos de la flota enarbolaron los pabellones de la Monarquía Hispánica y abrieron fuego de artillería contra las instalaciones y embarcaciones fondeadas cerca del Cuerno de Oro. El caos que desataron fue terrible, la sorpresa de los turcos fue total. Esto concedió a los ibéricos el tiempo suficiente para descargar varias andanadas de plomo sobre las instalaciones marítimas y abordar a las naves enemigas amarradas en la bahía mientras cundía el desorden en el lado otomano.

La humillación fue tal que hizo temblar el diván otomano. El sultán Ahmed I, colérico por la inaudita vulnerabilidad de su capital, tras el ataque ordenó encarcelar a decenas de cristianos y diplomáticos bajo sospecha de espionaje. Mientras tanto, la triunfante flota de Octavio de Aragón emprendía el regreso sin perder un solo barco, arribando a Nápoles a principios de noviembre, donde el Duque de Osuna los recibió como héroes, consolidando, según las crónicas e historiadores citados, una de las mayores hazañas psicológicas y navales de la historia del Mediterráneo.
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