El clamor de la calle se reunió en el Instituto Cervantes y eran los cuatro de siempre. Los de la bufanda de escayola, los del calorcillo obrero que da la moqueta mucho más que la fundición, los de los mitones metidos en la olla pública, los sindicatos no de clase sino de partido, sucursales de la política en el tajo, no para el bien de los obreros sino para la gloria de sus siglas, que son como de oro entre tizne, igual que un trofeo de chimenea. Ellos, más un par de ministras que parecían desertoras del Gobierno o quizá infiltradas en el Gobierno desde la acampada de chubasqueros ideológicos, chubasqueros de mierda y chubasqueros de picha de Sol. Pepe Álvarez, de UGT, con la moquita congelada, que se resfría sólo de salir a la calle y eso le da como una baja eterna que, consecuentemente, lo hace muy comprometido con el trabajo; Unai Sordo, de CC.OO, lo que quedó del comunismo de librito rojo en el curro, de huelga de tipógrafos, de la silicosis convertida en negro suvenir, como una reliquia de monje sarnoso que se vende en su cripta; Yolanda Díaz, la alegoría vestida de satén de los trabajadores, con farol de obra y tirabuzón de roleo, el fracaso de la izquierda en cama de Cleopatra con patas de león y suspiro contra la mosquitera; Elma Saiz, sanchista intercambiable, olvidable, fungible, inverosímil. Todos allí, preguntándose todavía contra quién se convocaba la huelga que les había convocado Sánchez, patrón de las huelgas como un patrón de barco pesquero.
Allí, en el Instituto Cervantes, bajo la inspiración y la invocación de las musas del artificio, de las invenciones, de las artes, de la ruina española, de la picaresca española, de la locura del amor con moza de la fuente, moza española de esas fuentes españolas de tanto ir el cántaro a la fuente; musas del quijotismo hasta los huesos, del sanchopancismo y el sangoneretismo de porrón y alforza, de los frailes de gruesa cerviz y de los caballeros de la Blanca Luna, falsos como cabezudos de aldea; allí, bajo el escrutinio obispal y la bendición de mano blanda y mojada, mano de cucharada sopera de agua bendita, mano limpia de ángel labrante y lento con bueyes santos y lentos, mano en el abrigo como en el cajón, mano manca de escritor con poca mano, mano hueca de Luis García Montero; allí, en el Instituto Cervantes, el clamor de la calle, cuatro sonando a cuarteto de capilla, a música sacra de las tripas, al ayuno de no trabajar, a beatería miserable e hipócrita; cuatro viejas sonando a palangana de amortajar, eran incapaces de explicar una huelga general que no necesita explicación, que ya tiene explicación, como la tienen todos ellos y todo en ellos, desde la pancarta fundente a la papada perenne, desde el enfado cíclico al resfriado eterno, ese resfriado como de fantasma que se murió de resfriado; desde el discurso intercambiable de esos martes como domingos, esos domingos como martes, a la revolución de las altas naricillas y los altos meñiques de esas ministras revolucionarias sólo en desplantes, brincos y revoleras, revolucionarias de tutú o bata de cola.
El clamor de la calle son cuatro en un velador, como poetastros, como majos con naipes, como butroneros. Las revoluciones ya se hacen de arriba abajo porque son un instrumento del poder y los revolucionarios sólo parecen alguacilillos, pregoneros, perdiceros políticos, amorcillos trompeteros con el eslogan desenrollándose desde la trompeta como el texto de una galletita de la suerte. “¿Contra quién es [la huelga general]? Pues allá cada uno que se tome la parte que le toca. Hay muchas responsabilidades compartidas”, decía Pepe Álvarez con moquita de cemento. Los responsables del desastre nacional tendrán que ir dándose por aludidos ellos solos porque los convocantes de la huelga no son capaces de señalarlos, ni bajo la inspiración de Cervantes, que no les terminaba de prestar la gola de cebolla del pueblo llano, elocuente y sabio, ni con el ejemplo de las obviedades literarias de García Montero, que hace poesía de cajoncito de la nevera, también con cebolla, cebolla de Miguel Hernández robada y seca, mojón de sus días y de sus noches. No, ellos sólo han sentido, en mitad de la madre de todas las campañas, cuando la izquierda es una desbandada por tormenta en un entierro y Sánchez es el muerto volcado en la calle como una hormigonera, con rastro de su cemento facial como un charco de sombra; ellos sólo han sentido, decía, que volvían a sentir la injusticia y la justicia, que volvían, con gran sentimiento y sentido, a sentir la juventud y la política, después de ocho años sin sentir nada salvo fresco en la nariz y en la pancarta, que la pancarta también se resfría apenas sale a la calle, como Álvarez sin bufanda o como una dama sin sombrilla.
Todos allí, preguntándose todavía contra quién se convocaba la huelga que les había convocado Sánchez, patrón de las huelgas
El clamor de la calle son cuatro en una barquita, la huelga general es la huelga de cuatro que están de merienda impresionista más que de barricada novecentista, o las dos cosas, que se puede mezclar la tranquilidad personal y pastoral con la guerra total en las calles, como ya se empieza a ver. El caso es que la revolución se hace de arriba abajo, ya digo, patrocinada por ministras de polisón igual que la tómbola de la parroquia. Dos sindicalistas, dos ministras, un poeta de los zurcidos ideológicos más que de los zurcidos líricos, y dos más que aún faltaban. Dos más representando, como maceros, a todos los que se encargan de que esos cuatro o cinco tomando el chocolate del cura se conviertan en el clamor de la calle, sin que haga falta para nada la calle, que nunca hace falta. Sí, porque allí estaba, a la luz de arpa del polvo de la mañana y de la nada, el ahora presidente de la Agencia EFE y antes apóstol propagandista de la Moncloa, Miguel Ángel Oliver, siempre cantor de glorias y censor de miserias, cazador de periodistas verdaderos como un infame cazador de cisnes. Y también el director de informativos de RTVE, Jon Ariztimuño, ministro como del Nodo, de pantanos inventados como viviendas construidas, de venados abatidos como fachas pescados, de conspiraciones vislumbradas como remontadas posibles.
Eran siete en el corro de pueblo o en la schubertiada aristocrática, eran cuatro para la huelga y tres más para el servicio; eran los de siempre infartados de inminencia, perezosos de piernas, olvidados de todo, a la orden de los señoritos más que de las musas y los trabajadores, recibiendo dormidos, como el bedel, el telefonazo de la revolución, que suena como la campanilla de las cocinas. Siete que se hacían la foto porque todo el pueblo con su clamor o con sus pegas no cabían bajo las musas escotadas y los poemas con luz de frigorífico como de candil. Además, a quién le importa ese pueblo que no te vota. Eran los de siempre, cuatro con los aperos mohosos, la mano suave como la garganta y la guerra perdida, al menos la guerra democrática. Para la otra guerra, como para esta huelga, se bastan ellos cuatro, o pocos más.
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