Sólo en Guatemala, Honduras y El Salvador, 3,5 millones de personas no tienen suficiente comida por culpa de la sequía. Es difícil explotar los campos y familias enteras se ven obligadas a emigrar. El Banco Mundial ha hecho un seguimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 12, 13 y 15 en Centroamérica, enfocados a la adaptación al cambio climático y directamente relacionados con la seguridad alimentaria, y los resultados no son esperanzadores. Lo más preocupante es la pérdida de bosques naturales y el aumento de la deforestación.

El Corredor Seco es uno de los territorios más frágiles de América Central. Una región semiárida de Guatemala que se extiende por los departamentos de Baja Verapaz, Zacapa, El Progreso, Jalapa, Jutiapa, Santa Rosa y Chiquimula. Un bosque tropical seco y con lluvias irregulares, una de las zonas del mundo más susceptibles a la variabilidad y el cambio del clima. Las largas épocas sin precipitaciones complican el cultivo de granos básicos como el maíz, parte de su agricultura de subsistencia. En los años de lluvias más intensas, fortísimas tormentas tropicales devastan el trabajo de los campesinos. Además, la frecuencia y magnitud de las sequías e inundaciones ha crecido en los últimos años, merced al cambio climático y la degradación ambiental.

En un escenario tan extremo, se hace necesario promover tipos de explotaciones agrícolas que a su vez beneficien la protección de los recursos naturales. Desde el año 2011, la ONG española Paz y Bien se ha convertido en un actor de gran potencia dinamizadora en la lucha contra la desnutrición dentro del ámbito geográfico del Corredor Seco, y más en concreto dentro del Departamento de Chiquimula, al este de Guatemala. En esta línea, su primera actuación consistió en un programa de choque en la zona para 14.440 mujeres y niños afectados por la desnutrición.

La vulnerabilidad socio-económica marca la realidad de aquella tierra. Las familias viven en zonas con infraestructura y servicios limitados y apenas cuentan con recursos para hacer frente a los riesgos. Se estima que alrededor del 10% de la población sufre de subalimentación. Según Oxfam, el nivel de desnutrición infantil severa entre niños menores de cinco años en algunas comunidades rurales de Chiquimula es de entre el 4 y el 11% durante la cosecha, unas fechas en las que, a priori, debería haber abundancia de alimentos.

Rafael Pozo, con una de las familias que explotarán un huerto familiar.

Rafael Pozo, con una de las familias que explotarán un huerto familiar. Paz y Bien

El Área Agropecuaria de Paz y Bien, gracias al apoyo de la Universidad San Carlos y de la Asociación de Promotoras Agrícolas Rurales (APAR), mujeres campesinas que son líderes naturales en la comunidad, está intentando crear redes que abarquen algunas de las aldeas más desprotegidas y aisladas de Chiquimula. El primer paso han sido los huertos familiares, pequeñas cosechas, en su mayoría trabajadas por mujeres, que promueven la diversificación del consumo dietético a partir de alimentos como tomate, acelga, remolacha, cebolla, chile pimiento, maíz y frijol. Según Rafael Pozo, fundador de Paz y Bien y uno de los impulsores del proyecto, “estos huertos, basados en una experiencia previa de nuestra entidad en nuestro centro social de Quezaltepeque, son cultivos de autoconsumo para beneficio familiar, que, de producir excedentes, podrían ayudar a la economía doméstica con su venta en los mercados locales”, explica a ‘El Independiente’. La iniciativa ha encontrado ahora el apoyo del Ayuntamiento de Montoro (Córdoba).

“La idea es hacer que el proyecto sea autosostenible y que, además de obtener alimentos, las personas puedan obtener también su propia semilla para continuar cultivando”, ha dicho el agrónomo local Hugo Rodas, especialista que durante varios meses ha brindado acompañamiento en cultivos a personas de distintas áreas de Chiquimula. “La tierra es de origen volcánico y tiene muy mala calidad. Los trabajadores tienen que estar asesorados para el rendimiento máximo de los cultivos. La mujer, que es la dinamizadora de las labores agrícolas y protagonista de nuestro proyecto, está escasamente formada en el uso adecuado de semillas, riegos y abonos”, concluye.

Formación en varios niveles

Más de mil metros cuadrados de huerto serían destinados a este proyecto, que también incluye una formación sobre hábitos alimenticios saludables, para un correcto uso del producto extraído de la tierra. Muchas de las familias chiquimultecas hacen un mal aprovechamiento de sus escasos recursos. Se promueve, además de la siembra de alimentos con alto valor nutritivo, la elaboración de abonos orgánicos, preparación de recetas nutritivas y el fortalecimiento comunitario. Se mejoran así sus hábitos alimenticios y, al mismo tiempo, generan un mayor respeto por la tierra. Un aspecto fundamental del proyecto es reinsertar los conocimientos ancestrales, las soluciones que sus antepasados tomaron para combatir las duras condiciones climáticas. Seleccionar los plantones adecuados o elegir la simiente precisa, según la climatología esperada, son pequeñas decisiones que pueden salvar vidas. Saber local, cooperación y sostenibilidad.

“Esta primera fase de la acción alcanza a setenta y cinco familias de Quezaltepeque, Olopa y San Jacinto, tres de los municipios más vulnerables del Departamento de Chiquimula. Medio millar de personas que ven paliada la desnutrición en sus hogares. Además, el impacto es mayor: dos mil atenciones menos en pediatría y ginecología. Consecuencias de la mejora nutricional. Por otro lado, hablamos de una producción de frutal y cultivo bajo abrigo que ha supuesto, sólo en el primer año, cinco toneladas de fruta, verduras y hortaliza. Doblando esos números en su segundo año”, dice Rafael Pozo.

La agricultura familiar es clave en el desarrollo familiar. Seguridad alimentaria, conservación de la agrobiodiversidad e innovación en la lucha contra el cambio climático. El huerto es instrumento de aprendizaje, un espacio inclusivo para la mujer y respetuoso con la cultura y las tradiciones. Combatir la desnutrición desde lo local, escuchando a la tierra, extrayendo de ella nuestra esperanza y nuestro futuro.