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Sabino Arana y Miguel de Unamuno, reconciliación en el corazón del PNV

La formación recupera los honores anulados al escritor en 1936. Su figura cuenta en los últimos años con un renacido reconocimiento institucional en Bilbao, pese a las profundas discrepancias que mantuvo con el fundador del PNV.

El tiempo empezó a contar el 29 de septiembre de 1864. En casa de Félix y Salomé celebraban la llegada de Miguel, su tercer hijo. En aquella sencilla vivienda del Casco Viejo de Bilbao la familia y las estrecheces se seguirían agudizando con tres hijos más. Aún faltaban 14 meses para que unas calles más arriba, en el número 16 de Ibáñez de Bilbao, en casa de Santiago y Nicolasa, naciera Sabino. Ocurrió el 26 de enero de 1865. Su hogar se asentaba en una amplia vivienda del barrio de Abando, donde la numerosa familia de ocho hijos crecería sin grandes dificultades económicas. En aquella pequeña ciudad de apenas 80.000 habitantes, Miguel y Sabino estaban condenados a conocerse.

Lo hicieron desde muy jóvenes. Con intensidad dialéctica, contradicciones y virajes políticos. Félix y Salomé y Santiago y Nicolasa jamás pensaron que aquellos dos niños serían recordados y desterrados, honrados y repudiados, aplaudidos y condenados años más tarde. Tampoco que calles y plazas recordarían sus nombres, que sus discursos serían estudiados y que no pocas tesis doctorales intentarían dar explicación a sus azarosas vidas. En la sociedad en la que crecieron, la bilbaína, la vasca y la española, unos los recordarían como personajes envueltos en una maraña de tópicos, mitos y confusión. Otros, en cambio, como intelectuales visionarios de su tiempo.

Miguel de Unamuno y Jugo y Sabino Arana Goiri crecieron y amaron la misma ciudad y abrazaron la misma sociedad. En Euskadi a Arana hace décadas que se le restituyó en la memoria colectiva. De ello se encargó el nacionalismo gobernante y mayoritario. A Unamuno aún se está en camino de lograrlo. El último paso lo dio hace sólo unos días el Ayuntamiento de Bilbao restituyendo los reconocimientos como ‘hijo preclaro’ de la ciudad que le fue arrebatado en 1936 por “haberse hecho indigno” de tal distinción. El escritor había osado adherirse “al movimiento revolucionario militar”, al alzamiento franquista, al creer que duraría apenas unos días.

Por ahora el reconocimiento de quien en vida fue uno de los intelectuales más crítico con Arana y el ideario con el que dio forma al nacionalismo -al menos originariamente- al PNV es más institucional que social. Unamuno da nombre al mayor Instituto de Enseñanza Secundaria de la ciudad, ‘bautiza’ una plaza y una calle y tiene dos bustos en Bilbao. En 1999 quienes aún ven en él una amenaza al nacionalismo vasco robaron el busto de bronce instalado en el Casco Antiguo en 1984. Ocurrió durante un acto de la izquierda abertzale a un preso de ETA. Siete meses más tarde apareció en la Ría, oculto en una maleta que la corriente no pudo arrastrar al quedar atrapada entre dos piedras.

Aspecto de la puerta de la casa en la que nació Unamuno.

Aprecio y discrepancia intelectual

Para entonces el mayor valedor de Unamuno en el PNV moderno, quien fuera su carismático alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, había encargado ya dos replicas con las que restituir la imagen del escritor e intelectual vasco. Ahora, recuperada la original, serían tres los bustos en memoria a Unamuno. El original descansaría en el despacho del alcalde.

No fue el primer desprecio a Unamuno en la ciudad que tanto quiso. A mediados de los 60 su imagen había permanecido cubierta de polvo en los sótanos del Consistorio hasta que dos décadas más tarde se rescató para presidir la plaza que hoy lleva su nombre. A pocos portales de allí, hoy la puerta de acceso a la casa en la que nació está cubierta de grafitis, pintadas y pegatinas. En ella se vislumbra un retrato de Unamuno y sobre la fachada, una placa recuerda quién nació allí el día de San Miguel.

Las relaciones de amor, indiferencia y odio resume la intensa vida de Unamuno. También la de Arana. Incluso la que ellos compartieron en un rosario de cruces y enfrentamientos con la identidad vasca, el euskera o la tradición vasca como campo de disputa intelectual.

Ambos sufrieron el exilio en Francia, el impacto de la guerra, uno como hijo de una familia carlista y otro como familia liberal –el padre de Unamuno llegó a ser concejal-. La suya fue una relación de idas y venidas, de afirmaciones y rectificaciones, contradicciones de uno y otro que comenzaron cuando apenas eran unos adolescentes.

La catedrática en Historia y profesora emérita de la Universidad de Deusto, María Jesús Cava, asegura que pese a las profundas discrepancias que ambos mantuvieron y los encontronazos públicos, “Unamuno llegó a apreciar intelectualmente a Arana, pese a no compartir y cuestionar sus ideas”. Recuerda cómo años después de la prematura muerte del fundador del PNV -con apenas 38 años-, Unamuno escribió que a “aquel hombre singular, todo un poeta, que se llamó Sabino Arana” no le había llegado aún “la hora del completo reconocimiento”. Cava recuerda cómo muchos de los suyos terminaron llamando “filibustero” a Arana.

Liberalismo, un ‘camino pecaminoso’

Unamuno vio finalmente cierta lógica en el pensamiento de Arana, más allá de sus discrepancias intelectuales, sus discursos en lo relacionado con la raza o la religión: “Había una realidad innegable detrás de todo aquello, un sentimiento de colectividad empeñada en defender una identidad que veía amenazada. Unamuno veía una lógica en esa defensa”.

Busto de Miguel de Unamuno en la plaza de Bilbao que lleva su nombre.

Cava asegura que ambos eran “unos inconformistas” que a lo largo de su vida cayeron en contradicciones e incoherencias, “diría que son personajes ‘fuera de catálogo’, se salen de lo habitual” a los que los tocó compartir una sociedad y un tiempo histórico singular como el suyo: “Hoy día creo que Unamuno se sorprendería de lo conseguido por el nacionalismo. Como hombre contradictorio y resbaladizo que fue también encontraría razones para hacer críticas a unos y otros”.

Esta catedrática en Historia considera que el paso del tiempo no ha borrado la polarización que ambas figuras aún suscitan, incluso entre sus seguidores. “Por lo general, el nacionalismo más institucional mantiene cierta complacencia para equilibrar la balanza en torno a Unamuno, pero el nacionalismo más duro sigue sin entender el proyecto que representaba Unamuno”. De igual modo, concluye que la figura de Sabino Arana sufre del mismo mal: “Si le preguntas a un ultracoservador en lugar de analizar lo que sí supo ver Unamuno de Arana se quedará con los aspectos más polémicos. Los extremos se tocan”.

La abolición de los fueros decretada por Cánovas del Castillo en 1876, cuando ambos tenían 12 y 13 años, fue probablemente el despertar intelectual en torno a la identidad. Tres años después un Unamuno aún adolescente escribe ‘La unión constituye la fuerza’, un llamamiento a los vascos y navarros para “defender los privilegios e intereses arrebatados” por la suspensión de los Fueros.

Para entonces, Arana comenzaba a esbozar a su pensamiento en favor de la defensa de la tradición y las costumbres y particularidades de la sociedad vasca, la vizcaína en particular. La industrialización con la llegada de inmigrantes venidos de toda España fue para Arana la mayor amenaza para la pervivencia de la tradición vasca. Quien años más tarde fundara el PNV, -y en cuya casa familiar hoy se encuentra la sede del partido, ‘Sabin Etxea’-, comenzaba a ver en el liberalismo español que Unamuno y su familia defendían “un camino pecaminoso”. Un temor que obligaba a “recuperar la tradición y religiosidad perdida de los vascos”, recuerda la profesora de la Universidad de Sevilla, Luisa Montaño, autora de una tesis que analiza la dimensión nacionalista del pensamiento de Miguel de Unamuno.

La ‘K’ y la ortografía del euskera

En su obra “Unamuno y Arana: la cara y cruz del nacionalismo vasco” Montaño recuerda cómo el “vasquismo infantil” de Unamuno en defensa de los Fueros como seña de identidad propia se fue diluyendo, en especial a partir de su marcha a Madrid para estudiar Filosofía y Letras. Años después afirmaba que los Fueros vascos se habían quedado “anticuados” y debían ser superados. Arana, en cambio, veía en ellos la razón para fundamentar su pensamiento en favor de la defensa de la identidad propia frente a la amenaza exterior. Los Fueros entendidos como “el código político, civil y económico tradicional de la vida del pueblo vasco”, señala Montaño.

Las diferencias entre ambos manifestadas fundamentalmente a través de artículos de acababan de empezar. A los 22 años Unamuno publicó “De ortografía”, un artículo en el que exponía “las carencias del euskera”. La profesora Montaño recuerda que criticaba la ortografía vasca por “anárquica” e incluso por el empleo de la ‘K’ en lugar de la ‘C’ sin razones que lo justificaran.

Las vidas de ambos volvieron a cruzarse con el euskera como argumento. Esta vez a Miguel de Unamuno y Sabino Arana se sumó Resurrección María de Azkue, un sacerdote y escritor de Lekeitio (Vizcaya). Los tres optaron a la cátedra de euskera convocada por la Diputación de Bizkaia en 1887. Unamuno obtuvo 3 votos, Arana 0 y Azkue fue el elegido al lograr 11 votos.

Siendo ya rector de la Universidad de Salamanca, -desde 1900-, llegó el mayor encontronazo entre los hijos de Félix y Salomé y Santiago y Nicolasa. En 1901 un discurso de Unamuno en los ‘Juegos Florales de Bilbao’, en el que aseguraba que el euskera era una lengua en la que “no cabe el pensamiento moderno”, irritó a Arana y los suyos. La profesora Montano recuerda que Arana acusó a Unamuno de “desear la ruina de sus compatriotas, de renegar de su patria y de injuriarla” al atacar una de sus señas de identidad, la lengua.

Una doctrina «tosca y obtusa»

A partir de ahí, el cruce de reproches entre ambos no cesó. Unamuno acusó a Arana de estar construyendo un ideario basado en “fantasías y fábulas” y Arana le replicaba que no cabía dudar del origen “misterioso y desconocido de su lengua, su país y de su ley propia”.

La religión y la utilización de la raza como argumento también los enfrentó. Era una batalla entre el liberalismo y el proteccionismo nacionalista. Para Arana el inmigrante y el liberalismo “pecaminoso” era una amenaza y la razón de la progresiva pérdida de las “castas costumbres del vasco”. Arana estudió en los Jesuitas, en los que se apoyó. Unamuno en cambio arremetió contra la congregación de San Ignacio de Loyola calificándola de “pagana y una degradación del verdadero catolicismo”.

El pulso entre ambos llegó incluso a cuestionar el uso de la filología en la que Arana se basó para crear términos como ‘Euzkadi’, “un despropósito lingüístico”, aseguró el escritor de ‘Paz en la guerra’. En definitiva, Unamuno, recuerda Montaño, cuestionó la “doctrina tosca y obtusa que sólo podía ser tomada en serio por mentes simples” al estar fundamentada en “leyendas, pseudoestudios científicos y con multitud de errores históricos, filológicos y culturales”.

Arana no pudo ver la evolución de su pensamiento político que hoy controla el entramado institucional vasco. Tampoco conoció el resto de la vida azarosa que le esperaba aún vivir a Unamuno. El fundador del nacionalismo vasco moderno murió con 38 años, el escritor Salmantino de adopción con 72, el 31 de diciembre de 1936. Los restos de ambos reposan como símbolo de lo que representaron. Arana lo hace en Sukarrieta, la localidad a la que el PNV trasladó los restos que durante 51 años ocultó en un lugar secreto tras exhumarlos en la Guerra Civil. No faltaron las críticas de una parte del ‘gigante’ nacionalista que creó acusando a la otra de apropiarse de su figura. Ante su tumba acude cada año el PNV a honrar su legado. Los restos de Unamuno, en cambio, jamás regresaron a su ciudad natal, al Bilbao que ahora quiere cerrar la herida rehabilitando sus honores. El ‘hijo preclaro’ de la ciudad descansa en el cementerio de Salamanca de una vida intensa y agitada. Su epitafio lo constata: «Méteme padre eterno en tu pecho, misteriosos hogar, dormiré allí, pues vengo del duro bregar».

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