Valencia, lleno en la plaza de toros, moral de remontada. El PP volvió a recuperar el domingo ese aroma a victoria que anteriormente Aznar y Rajoy transmitieron a sus bases en la capital de la comunidad valenciana, antes feudo pepero, ahora en manos de la izquierda. Hay una sensación de dejà vu. A la portavoz en las cortes valencianas y candidata a la alcaldía, María José Catalá, no le dolieron prendas al reivindicar a Rita Barberá por convertir a Valencia «en la mejor ciudad del mundo». Hasta Francisco Camps se dejó ver entre el público, sintiéndose ya definitivamente rehabilitado.

La convención del PP, que concluyó ayer, se había montado para encumbrar a Pablo Casado como líder incuestionable del partido, como el candidato indiscutible para derrotar a la izquierda en las próximas elecciones generales. Aparentemente, se logró el objetivo. El asunto más peliagudo, la pugna entre Génova y la presidenta de la Comunidad de Madrid, se saldó elegantemente: Díaz Ayuso le ofreció su apoyo y circunscribió sus aspiraciones a lo que ya tiene, la presidencia de Madrid, tras ganar las elecciones del pasado 4 de mayo.

El resto de los barones se mantuvo en si línea disciplinada. Ahora toca unidad. Nadie va cuestionar, al menos públicamente, el papel de Casado. Todos (Juanma Moreno, Núñez-Feijóo, etc.) se han puesto a sus órdenes con el fin de derrotar a Pedro Sánchez, al que, por cierto, el líder popular ni siquiera mencionó en su discurso, un ninguneo tal vez demasiado prematuro.

La pacificación interna era la primera tarea, pero no la única. Puestos a coser internamente, Casado tenía que recuperar, sin vergüenza, la historia del partido, y sus tendencias, representadas por José María Aznar (más política) y por Mariano Rajoy (más tecnocrática). Aunque de una forma un tanto deslavazada, cada uno por su lado, ambos ex presidentes le han prestado públicamente su apoyo, cerrando una herida que se visualizó en las primarias que le encumbraron a la presidencia del partido hace poco más de tres años.

El líder del PP hace un discurso con postulados muy parecidos a los de Vox. Un movimiento táctico arriesgado: puede ganar votos por la derecha, pero le deja el centro al PSOE

El PP se ha reencontrado consigo mismo de la mano de Casado. Y eso significa que el partido quiere volver a sus esencias, mirar a las entrañas del votante conservador, de derechas, que, en una parte importante, ahora le ha dado su voto a Vox.

El discurso duro de Casado, contundente, sin concesiones a la moderación, tiene como objetivo recuperar una parte de ese voto perdido. La táctica es dejar al partido de Abascal sin espacio ideológico, pero, a la vez, sin mencionarle, sin herirle, huyendo de ataques como el que él mismo le lanzó en la sesión parlamentaria de la moción de censura que perdió Vox.

Los mensajes contra la memoria histórica, contra las leyes de igualdad de género, contra el independentismo, hecho carne en Puigdemont, resonaron atronadoramente en el coso valenciano. Un votante de Vox se hubiera sentido muy a gusto al escucharlos. Porque lo que dijo Casado le sonaría muy parecido, con ligeros matices, a lo que proclama Abascal en sus apariciones públicas. El líder del PP, que ha dejado en el aire el espinoso asunto del liderazgo madrileño, ha asumido prácticamente en su totalidad el discurso de Díaz Ayuso, incluido su reproche al Papa Francisco por haber asumido que en la conquista de América se cometieron abusos y era necesario pedir perdón por ello.

Ayuso demostró que con esa artillería, al menos en Madrid, se puede derrotar a la izquierda y, al mismo tiempo, frenar el crecimiento de Vox. La cuestión es si con ese perfil, con esas ideas, Casado puede ganar en toda España. Si ese giro, más aparente que real, a la derecha le puede dar al PP los triunfos que, en su día, lograron Aznar o Rajoy.

En realidad, lo que se evidenció ayer en Valencia es que Casado ha asimilado ya que tendrá que gobernar con Vox, si es que suma. El PP vuelve a ser la derecha sin complejos. Es un movimiento táctico arriesgado, porque le deja al PSOE expedito el enorme terreno del centro, que es donde se ganan las elecciones en España.