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Génova teme que el rechazo a pactar con Vox suponga un coste electoral

El presidente de VOX, Santiago Abascal (izq) y el presidente del PP, Pablo Casado (dech), hablan durante la sesión de constitución de las Cortes para la XIV Legislatura

El presidente de VOX, Santiago Abascal (izq) y el presidente del PP, Pablo Casado (dech), hablan durante la sesión de constitución de las Cortes para la XIV Legislatura EP

La dirección del PP ha marcado el camino a seguir para las negociaciones de investidura en Castilla y León y, previsiblemente, para Andalucía: en solitario y, si es necesario, con apoyos exclusivamente externos. Con Cs fuera de juego, y apropiados los populares del arco de centroderecha casi por completo, Vox queda establecido como la única variable factible para prosperar electoralmente. Y, a Génova, eso les sitúa en una encrucijada. Por un lado, pactar con Santiago Abascal les permitiría mantener y hacerse durante el ciclo electoral de feudos territoriales de amplia relevancia; pero, por otro lado, desacomplejarse y dar ese paso tendría difícil retorno y marcaría un antes y un después. Es en definitiva, una senda que muy pocos homólogos europeos se han atrevido a dar: por ejemplo, el ÖVP en Austria con el excanciller Sebastian Kurz al frente.

Fuentes del PP dejan claro que el sentir mayoritario en el partido es gobernar en solitario y no adentrarse en esa senda pactista, porque contradeciría el llamamiento a la «moderación» que predomina en el discurso actual de sus dirigentes. No obstante, este rechazo a una alianza, no cierra puertas a acuerdos en en cuestiones menos ideológicas como los asuntos económicos; en temas puramente de gestión que no trasgreden el respeto de «los principios» de los que Pablo Casado hizo gala tras la última reunión del Comité Ejecutivo Nacional y que «no son negociables».

«Nuestros principios son nuestras condiciones», advirtió el presidente popular este martes; «quien quiera pactar con el PP tendrá que aceptarlos y respetarlos». Y esos principios, destacó, son «la igualdad, la cohesión territorial, la integración en Europa», y el respeto a las personas más allá de su género, su color de piel o su acento.

Un dique ideológico establecido por Casado que contrasta completamente con el ideario de Vox: entre otros, ponen en cuestión la violencia de género, plantean una UE alternativa y de unión de naciones que rompa con la integración y cuestionan la diversidad sexual y de género. También la inmigración: esta misma semana, el grupo parlamentario verde llevó a las Cortes una proposición de ley para modificar y endurecer la concesión de la nacionalidad española a aquellos que no «abracen la historia, la cultura, la economía y los valores de los españoles».

Esta incongruencia entre postulados podría llegar a superarse para no dar oxígeno, en el último momento, a una izquierda hasta ahora desmovilizada. Y en el PP confían en ello. Pero, a priori, Abascal se mantiene en un rotundo ‘no’. El objetivo, dicen desde Vox, es entrar en el Ejecutivo autonómico y consideran que, cuanto más tiempo tarde Génova en dar luz verde a una asociación entre ambos, más desgaste les conllevará. Está por ver lo que sucede, a falta de un mes para que se estructure la mesa del parlamento castellanoleonés.

«Europa no lo entiende»

La relación que debería adoptar el PP respecto a Vox, para llegar a La Moncloa, se ha convertido en primer gran dilema de la cúpula nacional. Los populares se encuentran en medio de dos factores completamente opuestos que tiran de ellos. El primero, es que una parte mayoritaria del electorado -y referentes del partido como Isabel Díaz Ayuso o Esperanza Aguirre- pide mirar a la derecha y asociarse con los de Santiago Abascal. El segundo, comprende a la familia conservadora y democristiana europea, que mira con temor y atención cada movimiento de Casado y sus subalternos. Porque pactar con la ultraderecha podría dar lugar a una progresiva mimetización de la formación que, a la larga, derive en la salida del seno Partido Popular Europeo -debilitándolo- como ha ocurrido en Hungría con la Fidesz de primer ministro Viktor Orbán; un partido que partió en sus inicios desde un enfoque liberal y que, por mera supervivencia, acabó adoptando el nacionalpopulismo y compartiendo tablero con Le Pen.

Fuentes consultadas por El Independiente en el Congreso de los Diputados, y que son próximas a las instituciones europeas, hacen hincapié en que existe una preocupación en Bruselas por que el PP inicie una política de pactos con la extrema derecha. Profundizan en la necesidad de tener una derecha que respete la tradición europea y que sea seria. Esa preocupación, según las mismas fuentes, radica en que Génova esté meditando un cambio sustancial, que sería pasar del apoyo externo al interno. «Eso en Europa no se entiende», dicen.

La puesta en valor por el centrismo que impera desde Génova demuestra que, de momento, el presidente del PP ha elegido optar por la segunda opción; por la vía europeísta. Pero, eso, podría llevar a un sangrado in crescendo de afiliados y simpatizantes que provocara el declive electoral del partido. Paradójicamente, por mantenerse fiel a la doctrina de centroderecha europea.

El coste de la ambigüedad

Independientemente, Casado y la cúpula nacional popular tendrá que tomar una decisión a la larga. Y, sea cual sea, supondrá un coste; pero también una oportunidad. Plantear un cordón sanitario puede provocar una fuga de los núcleos más derechistas, pero abrir las puestas a votantes más moderados. Al mismo tiempo, optar por acuerdos de gobierno puede generar el efecto contrario, la huida de sectores centristas y la incorporación de radicales. Lo que está claro es que la ambigüedad sí genera un coste, algo que ya se está apreciando en las encuestas.

A comienzos de año, el grueso de los sondeos publicados indican una caída por debajo de los cien escaños, algo que no ocurría desde abril de 2021. El último, de Electomanía, le otorga un empate técnico a 21,4% con Vox, y sólo a un escaño de diferencia: 84 los populares frente a 84 Vox.

Frente al dilema de Casado, está la independencia de Ayuso. Ella no responde directamente ante el PPE y es consciente de que, en el momento político del PP con Vox como competidor, es crucial diferenciarse. De ahí su actitud y su particularidad, ‘comprando’ una parte mínima del argumentario de Vox, sin exceder líneas, pero que resulta exitoso: 65 escaños contra 13 verdes.

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