La ola de cambio es absolutamente imparable". Carlos Martínez, candidato socialista a la Junta de Castilla y León, alcalde de Soria, introducía en su discurso una sentencia de esas que proliferan en las campañas —da igual el color que sea—, un wishful thinking casi obligado cuando las urnas ya están muy cerca. Pero aunque edulcoraba (mucho) las cuentas que se hacen puertas adentro en el partido, también era cierto que reflejaba un estado de ánimo muy patente entre cuadros y simpatizantes este 13 de marzo, cuando se echaba el cierre al viaje de las autonómicas de este domingo. En el PSOE sí ha prendido la sensación de que han fluido "de menos a más" en esta campaña, de que no se derrumbarán, como ocurrió en Extremadura el 21 de diciembre y en Aragón el 8 de febrero, de que podrán aguantar. La impresión generalizada es que esta vez las elecciones, muy colonizadas por el potente No a la guerra que Pedro Sánchez recuperó tras el comienzo de los bombardeos sobre Irán, no serán tan adversas. Que cabe, hipotéticamente, hasta recuperar la condición de primera fuerza en la comunidad, la que conquistaron solo en dos ocasiones, en 1983 y en 2019, aunque sea imposible gobernar. El partido cruza los dedos: espera en Castilla y León romper la racha negativa, mantener sus resultados de hace cuatro años —28 procuradores, 30,02% de los sufragios o bajar ligeramente. Confía en eso, en resistir. Y solo ese tanto, más psicológico que cuantitativo, podría hinchar los ánimos de una formación muy deprimida hasta ahora y que tiene por delante, por lo menos, otras urnas. Las más importantes de este extenuante ciclo: las de Andalucía, en las que comienza la carrera desde los infiernos.

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Siempre se repite, pero no deja de ser menos cierto: en unas elecciones, la gestión de expectativas es clave. Y para estos comicios en Castilla y León del 15 de marzo, el PSOE ha cultivado un moderado optimismo, alimentado por multitud de encuestas que sí pintaban un partido con un suelo muy sólido y con una horquilla de escaños bastante asentada, entre 26 y 28, entre 26 y 29, aunque con el peligro en algún caso (40dB para El País y la SER) de descolgarse hasta los 24-26 asientos, frisando por tanto el peor resultado histórico en unas autonómicas castellanoleoneas: los 25 representantes (y 25,94% de los votos) de 2015, cuando un debutante Podemos sentó a 10 diputados.

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El clima positivo se transparentaba este viernes en el mitin de cierre de campaña en la Cúpula del Milenio de Valladolid. 2.000 personas dentro, otras 2.000 fuera, según la organización. Unas cifras absolutamente inusuales, un "ambientazo bestial, probablemente el mejor en años", en palabras de un mando de primera fila del Ejecutivo, y que ponían rostro a las altas expectativas puestas en este 15-M. La dirección jugó a elevarlas más aún con un cartel muy fuerte: al candidato, Carlos Martínez, no solo le arropó Pedro Sánchez. Allí estaban con él el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero —repuesto en Castilla y León como estrella de las campañas socialistas—; el ministro de Transportes, Óscar Puente, exalcalde de la capital autonómica, y la cabeza de cartel por Valladolid, Patricia Gómez. En la fila cero, miembros de la cúpula federal, encabezados por su secretaria de Organización, Rebeca Torró, los números uno por cada provincia y los ex secretarios regionales Demetrio Madrid —el único presidente socialista de la Junta, que llegó al poder en 1983 y dimitió tres años más tarde por un caso por el que quedó luego absuelto—, Julio Villarrubia (2012-2014) y el inmediato predecesor de Carlos Martínez, Luis Tudanca (2014-2025).

El No a la guerra estaba presente desde el principio del acto. Como ha ocurrido desde que Sánchez recuperó la consigna de 2003 para manifestar su rechazo a la agresión concertada de EEUU e Israel sobre Irán y para tratar de reflotar, de paso, el impulso movilizador de aquellas concentraciones que recorrieron España y el mundo y que ayudaron a Zapatero a llegar a la Moncloa un año más tarde, en 2004, con un país noqueado por los atentados yihadistas del 11-M. En Valladolid este viernes se coreó el "¡No a la guerra!", una y otra vez, se proyectó en las pantallas, se lucía en las solapas. Se reivindicó en los discursos. Empezando por Sánchez: "Zapatero nos enseñó cómo ganar a la mentira hace 23 años. Hoy, como hace 23 años, España reivindica la paz mientras que la derecha reivindica a [José María] Aznar. Nuestro No a la guerra, nuestro sí a la paz, es la posición de una amplísima mayoría de españoles, voten lo que voten. Es el proyecto que enarbola Carlos Martínez y el que hacemos posible desde el Gobierno de España". Zapatero, que sacó las tropas de Irak en 2004, en cuanto llegó a la Moncloa, permite "mirar al pasado con orgullo". "Gracias por tu valentía y tu ejemplo", le cumplimentó.

Sánchez, por tanto, hilvanaba pasado y presente para convencer al electorado de que esa posición mayoritaria contraria a la intervención militar en Irán, como antes en Irak, puede ser canalizada por el PSOE. El partido, recordó, que se reconoce feminista y que impulsa políticas de igualdad, que combate la violencia de género y no la "niega" como hace la ultraderecha, el que logró detener, recordó, la práctica del latido fetal para disuadir a las mujeres de abortar en Castilla y León. "Por eso es tan importante el Gobierno de coalición y que todos los progresistas voten a Carlos Martínez y al PSOE", dijo, en una clarísima apelación al voto útil. Más aún: llamó a "concentrar" el voto de izquierdas en quien "puede gobernar", para hacer frente al "tedio" y al "odio" que a su juicio representan los candidatos de PP —el presidente de la Junta desde 2019, Alfonso Fernández Mañuezo— y Vox —Carlos Pollán—.

"No más tedio, sino cambio, y cambio es Carlos Martínez", glosó el presidente. Un mensaje capital en una circunscripción, Valladolid, que es la única en la que podrían lograr escaño IU-Sumar o Podemos. Las dos formaciones concurren por separado y aunque las encuestas dan alguna opción más a la primera (y no es raro, IU ha tenido históricamente representación en las Cortes), no es seguro que lo consiga, de ahí que Sánchez se afanara en rebañar papeletas para su cabeza de cartel.

No era casual. Las direcciones federal y regional del PSOE insisten en que la competeción está muy abierta, que todo se jugará este domingo en los restos, en quién se haga con el último diputado en disputa de los 82 a reparto en las nueve circunscripciones. En 2022, con un procurador menos (81) por la menor población, el PP se hizo con seis de los últimos nueve asientos en juego (Ávila, León, Palencia, Salamanca, Segovia y Valladolid), por los dos que pescó el PSOE (en Burgos y Zamora) y uno que obtuvo Soria ¡Ya! (en Soria). "Los últimos trackings nos dan una ventaja muy ligera —apuntan desde el comité electoral de Castilla y León—, pero la cosa es que podemos subir en votos y bajar en diputados o al revés. Todo dependerá de un puñado de votos". "Hay posibilidades incluso de ser primera fuerza. Pero va a estar muy reñido. Los escaños van a moverse por la mínima y no se va a saber hasta el final", cuentan por su parte en Ferraz, donde subrayan que la tendencia de los últimos días es de subida de su candidato y de Vox y de bajada del PP. La horquilla con la que trabaja la cúpula es la de la mayoría de encuestadoras: entre 26 y 29 procuradores.

Se da por hecha la pérdida del quinto escaño por Burgos —en 2022, el PSOE lo amarró por los pelos— y la recuperación de uno por Soria, la tierra del candidato, que dirige la capital desde 2007 y en la que ha encadenado cuatro mayorías absolutas. En Valladolid, el PSOE aspira a conseguir un sexto diputado aprovechando que puede haber dos escaños huérfanos —el que ocupaba el ex de Ciudadanos, Paco Igea, que ahora ha pedido el voto para IU-Sumar, y el que dejará seguramente Podemos, aunque ahora podría recaer justo en IU—, y en Segovia sueña con atar un tercer procurador, aprovechando que la provincia gana un representante (de seis a siete actas). En León, confía en aguantar sus cuatro procuradores, empatando tal vez con los regionalistas de Unión del Pueblo Leonés (UPL), mientras que en Palencia y Zamora peligra su tercer diputado. En Salamanca no espera bajar su representación (3), y tampoco en Ávila (2).

"Nuestra gente se ha ido metiendo poco a poco en campaña. No ha habido errores, Carlos ha hecho bien los debates [en RTVE y en la televisión autonómica privada], no ha habido nada que nos haya podido restar, y la contienda se ha disputado en clave más autonómica que nacional, al contrario de lo que ocurrió en Extremadura y Aragón, y eso nos favorece", indica un responsable de la cúpula regional. Un mando, como la mayoría, que se declara "moderadamente optimista", porque ve opciones serias de aguantar el resultado de 2022, o si acaso de bajar discretamente, pero también "realista", porque sabe de la fortaleza estructural del PP y del empuje de un Vox que ya partía alto (17,64% y 13 actas en los comicios de hace cuatro años) y que ahora puede estirarse más. Este 15-M, no solo habrá que contar diputados —28 tuvo Tudanca en 2022, 31 Mañueco, 13 la ultraderecha, tres Soria ¡Ya!, tres UPL, y uno Podemos, Ciudadanos y Por Ávila (XAV)—, sino también la distancia con el PP: solo fue de 1,38 puntos en las últimas autonómicas. 31,40% de los populares frente al 30,02% de los socialistas.

Los críticos con Martínez alertan del peligro de unas expectativas altas y creen que el partido puede precipitarse a su suelo de 2015, 25 escaños. Un dato pésimo, de reproducirse, que podría abrir dudas sobre el futuro del liderazgo del todavía alcalde de Soria, "sobre todo porque Ferraz lo apartó alegando que él era un revulsivo frente a Tudanca". En la dirección regional, sin embargo, se manifiestan tranquilos porque no creen que se le pueda pedir la cabeza a Martínez después de un año de mandato ni aun con un mal número de escaños, porque "el proyecto necesita asentarse" y a día de hoy "no tiene alternativa".

El aparato de Sánchez, sin embargo, no tiene dudas respecto a Martínez. Es consciente de que es un aspirante con sello propio, diferente —"tiene cierto estilo beatle que me gusta, es original y distinto", le describió con humor este viernes Zapatero—, y que puede funcionar. Él no es sanchista de primera hora, aunque acabara siendo elegido por Ferraz —y aupado en concreto por el anterior secretario de Organización, Santos Cerdán—, porque de hecho no apoyó al hoy presidente en ninguno de los procesos orgánicos en los que compitió: ni en 2014 (él apoyó a Edu Madina), ni en 2017 (respaldó a Susana Díaz). "Yo me veo más como el Boss [Bruce Springsteen] que como beatle", bromeó él mismo durante el mitin, respondiendo al expresidente.

Martínez se reivindicó este viernes en Valladolid. Su estilo y también su campaña de pisar mucho terreno, mucho "rastrojo" y tierra quemada por los incendios del pasado verano, también su trayectoria de candidato ganador en su ciudad —"no me gusta perder ni al futbolín"— y llamó a hacer posible esa "ola de cambio imparable" en número de votos, que sean capaces de salir de las casi cuatro décadas que acumula el PP al frente de la Junta. 39 años de "marginación e invisibilidad". Escapar, dijo, de la "desidia" y la "holgazanería", ya "insoportable en los últimos siete años", con Mañueco al frente del Gobierno autonómico.