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¿Puede la biología explicar la violencia?

Gage mantuvo la conciencia, pero se produjeron cambios en su comportamiento después de un accidente que afectó a su lóbulo frontal

Era 1966 cuando Charles Whitman subió a la torre de la Universidad de Texas y asesinó a 14 personas, lo hizo después de acabar con la vida de su madre y de su mujer. Antes de morir, dejó una nota en la que pedía que examinaran su cerebro: la autopsia reveló un tumor situado cerca de áreas relacionadas con el control de las emociones y la agresividad. Whitman parecía buscar una explicación biológica para un comportamiento que él mismo no conseguía entender. La intuición de aquel asesino, consiguió conectar tiempo después con una disciplina que estudiaba la influencia de factores físicos y neurológicos en la conducta delictiva: la llamaron criminología biosocial.

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Esta corriente partía de la idea de que determinados factores biológicos —como la genética, las alteraciones neuroquímicas o las lesiones cerebrales— podían interactuar con el entorno y contribuir a moldear la conducta, incluso aumentando el riesgo de comportamientos delictivos. Hoy, la disciplina se aleja de aquella lectura simplista y se adentra en un terreno mucho más complejo: la biología puede inclinar la balanza, pero no definir el resultado. La conducta humana no nace de una única causa, sino de la interacción entre múltiples factores, muchos de ellos imposibles de predecir de forma aislada.

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Del determinismo a la interacción

El Instituto de Investigación y Políticas de Criminología Biosocial de la Universidad Estatal de Florida fue pionero en el estudio de la interacción entre los genes y el ambiente en relación con las conductas delictivas. Los negacionistas de estas primeras aproximaciones advertían de las consecuencias de llevar demasiado lejos la explicación biológica del crimen; alegaban que si la delincuencia tuviera una causa localizada en el organismo, podrían ser tratadas mediante fármacos o cirugía.

El desarrollo de la ciencia, sin embargo, ha ido alejando el debate de las certezas absolutas propuestas por los escépticos de la corriente biosocial. El filósofo Karl Popper recordó que una teoría científica no puede considerarse definitivamente demostrada. Y el enfoque bayesiano parte, precisamente, de que todo conocimiento incorpora un cierto grado de incertidumbre. Existen incógnitas que todavía no pueden resolverse, pero que han contribuido a impulsar el estudio de esta corriente. La criminología biosocial asume así que hay fenómenos que pueden medirse, mientras que otros todavía escapan a una explicación científica.

Por eso, investigadores como James Q. Wilson, Richard Herrnstein o el criminólogo estadounidense C. Ray Jeffery contribuyeron a desarrollar la perspectiva que buscaba justificar comportamientos a partir de la genética y otros factores orgánicos sin entenderlo como la única causa. Jeffery, incluso, llegó a advertir de que cualquier enfoque criminológico estaría abocado al fracaso si prescindía de una realidad elemental: todo lo que hacemos, decimos, sentimos y pensamos pasa necesariamente por nuestro cerebro.

La cuestión, por tanto, no es si el cerebro determina la conducta criminal, sino hasta qué punto determinadas características biológicas pueden aumentar o reducir la probabilidad de ciertos comportamientos al interactuar con las circunstancias y experiencias de cada individuo. Ese es, precisamente, uno de los interrogantes que aborda la neurocriminología.

La tentación de buscar la raíz biológica a la conducta

La búsqueda de una explicación biológica para comportamientos o capacidades fuera de lo común está lejos de limitarse al ámbito criminal. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Albert Einstein. Tras su muerte, el patólogo Thomas Harvey conservó y estudió su cerebro durante décadas, en un intento de encontrar una explicación anatómica para sus extraordinarias capacidades intelectuales. El cerebro pesaba alrededor de 1.230 gramos, una cifra que no lo situaba fuera de los valores habituales de un adulto. Sin embargo, algunos investigadores sí señalaron particularidades en determinadas regiones, entre ellas una organización poco común del lóbulo parietal, relacionada con funciones como el razonamiento espacial y matemático.

Algo parecido ocurrió con Vladímir Lenin: su cerebro fue objeto de investigaciones destinadas a encontrar posibles características anatómicas que ayudaran a comprender sus comportamiento. Aunque se identificaron algunas particularidades, los estudios no permitieron establecer diferencias concluyentes que explicaran por sí solas su personalidad o sus actuaciones.

Ni destino biológico ni azar absoluto

Algunos estudios han determinado que la combinación de determinados factores biológicos con un entorno familiar adverso puede incrementar el riesgo de comportamientos violentos: algunas investigaciones apuntan a que la combinación de varios factores de riesgo ha llegado a asociarse con una predisposición de violencia hasta tres veces superior.

Pero también existen elementos que pueden actuar en sentido contrario. Una mayor capacidad cognitiva o crecer en un entorno familiar estable pueden funcionar como factores protectores y reducir la influencia de determinados riesgos. Es decir, la predisposición no tiene por qué convertirse en conducta.

Y ahí se encuentra probablemente una de las claves de la criminología biosocial: no busca un gen del crimen —aunque el MAOA se acerca a este idea—, una lesión que convierta a alguien en delincuente ni una estructura cerebral capaz de anticipar quién será violento. Busca algo más incómodo y, al mismo tiempo, más complejo: comprender cómo interactúan nuestro cerebro, nuestros genes y el entorno en el que crecemos para influir en aquello que hacemos.

El hombre que cambio su comportamiento tras un golpe en la cabeza

El caso de Phineas Gage, es, sin embargo, uno de los más utilizados para entender la conducta criminal a través de la biología: una barra de hierro utilizada para compactar pólvora en la construcción para la que trabajaba le atravesó su lóbulo frontal, no le mato y pasó a ser una de las figuras más estudiadas por la neurociencia. A pesar de que la lesión resultaba incompatible con la vida, Gage mantuvo la conciencia y la consciencia, pero los cambios en su comportamiento no tardaron en llegar. Fuentes históricas hablan de que se convirtió en una persona "desinhibida, impulsiva e irreverente". Su cerebro perforado permanece en la Harvard Medical School, donde continúa estudiándose.

Sin embargo, aparecieron otras figuras relevantes que ponían en valor la existencia del margen de error: Ted Bundy o Richard Kuklinski fueron objeto de análisis y concluyeron de ellos que no existía ningún factor biológico que permitiese explicar aquellos comportamientos más allá de factores sociales o familiares que influyeron en su desarrollo.

Gen MAOA, el gen asesino

En medio del estudio de la criminología biosocial, aparece un gen relacionado con el metabolismo de sustancias como la serotonina y la dopamina. Algunas investigaciones lo han vinculado con una mayor predisposición a comportamientos agresivos cuando determinadas variantes coinciden con experiencias adversas durante la infancia.

A pesar de todo, la evidencia apunta hacia una realidad mucho más compleja que la existencia de un supuesto "cerebro criminal". La conducta delictiva, según las versiones oficiales aceptadas por la comunidad científica, parece surgir de la interacción entre factores biológicos y ambientales. Entre los primeros se encuentran determinadas dificultades en la toma de decisiones, alteraciones neuroquímicas o la propia maduración cerebral.

Por ejemplo, en los jóvenes se detecta un córtex prefrontal en periodo de maduración, una zona implicada directamente en funciones como el control de lo impulsos y la toma de decisiones. Una falta de madurez que puede dificultar determinadas formas de autocontrol y que puede variar con el desarrollo madurativo del cerebro, lo que ayuda a explicar por qué muchas conductas impulsivas propias de determinadas etapas no se mantienen durante la edad adulta.

En cuanto a los factores ambientales, el entorno familiar, la educación, las relaciones sociales y las experiencias durante la infancia pueden modificar profundamente la expresión de esos riesgos.

A pesar de todo, el caso de Charles Whitman sigue siendo uno de los ejemplos más inquietantes de la búsqueda de un cerebro criminal. Aquel tumor cerebral podía ofrecer una pieza del rompecabezas, pero no necesariamente el rompecabezas completo. La biología puede ayudar a explicar una conducta; difícilmente puede, por sí sola, explicarla toda.

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