País Vasco

Ángeles en 'estado de alarma'

La demanda de apoyo a enfermos ante la ausencia de visitas o la imposibilidad de despedir a los familiares fallecidos y de consuelo por parte del personal sanitario incrementa la demanda de servicios del equipo de voluntarios de la diócesis vizcaína en los hospitales.

Son los intermediarios del consuelo familiar arrebatado por decreto gubernamental. Entregan los abrazos de hijos y nietos prohibidos por seguridad epidémica. Procuran las despedidas de los seres queridos no pronunciadas por un confinamiento prorrogado una y otra vez. Se han convertido en una suerte de ‘ángeles del alma’ para quienes tienen fe, para quienes la perdieron hace tiempo y para quienes sienten que les asoma en estos tiempos oscuros y angustiosos. Deambulan de habitación en habitación, de UCI en UCI, por los pasillos de los hospitales, lugares que hace semanas que rebosan angustia, carencias y cansancio.

No es sencillo asimilar la combinación del drama, la tristeza y la soledad. Los voluntarios de la diócesis de Vizcaya lo han tenido que hacer desde el otro lado de la trinchera pero ocupando un lugar discreto en la primera línea del frente de batalla. La treintena de personas que junto a algunos sacerdotes integran la ‘pastoral de la Salud’ han visto aumentada su demanda. Se creían acostumbrados a convivir con el dolor, la muerte y la enfermedad. Lo hacían desde hace tiempo prestando servicios en las capillas de los centros médicos, asistiendo a enfermos que pedían sus servicios u apoyando a las familias que sentían perder a un ser querido.

Pero lo que estos días viven junto al personal sanitario jamás lo habían visto. Ahora quienes buscan sus palabras de consuelo, su apoyo o aliento para seguir adelante no son sólo los enfermos. A ellos acuden también enfermeras, doctoras y otros profesionales de los hospitales en busca de algo de esperanza entre tanta curva en busca de pico. Muchos ni siquiera tienen fe, pero necesitan que alguien les escuche, que alguien rece por ellos para que esto pare de una vez. Los hay que recurren a ellos sólo en busca de orientación para saber trasladar ánimo y confianza a un enfermo o a un anciano que ve la muerte acercarse de la mano del maldito virus.  

El obispo de Bilbao, Mario Iceta, médico de formación, afirma que muchos profesionales sanitarios “están agotados y sólo piden unas palabras de esperanza”. Apunta que incluso en muchos casos familias de pacientes muy graves les piden que se les suministre la unción de enfermos a su ser querido pero que no siempre es posible, “las limitaciones son estrictas” por razones de seguridad sanitaria.

En busca de consuelo

En los hospitales estos días no hay familias. Tampoco amigos con los que evadirse. Ni flores ni bombones recién traídos. Sólo soledad, cansancio y miedos. El personal sanitario hace muchos días que lo da todo, hasta el último aliento, para curar el cuerpo y, a su manera, sanar el alma. La tecnología está siendo la aliada para conectar a los pacientes con los suyos, para hacerles sentir que no están solos. Pero las máquinas no lo pueden toso. Los voluntarios de la diócesis vizcaína reconocen que también se les solicita para recibir palabras de consuelo, para desahogarse o simplemente para llorar antes de seguir adelante en la lucha contra el Covid-19.

En los hospitales la carga de trabajo parece remitir pero los enfermos continúan llegando a cientos. Camas que van y vienen en un baile terrible entre recuperados y fallecidos. La mayoría son personas de edad avanzada, muchas de ellas creyentes, otras no tanto, pero todas unidas por la soledad a la que fuerza el confinamiento. “En las capillas estamos encontrando mucho dolor y sufrimiento. Personas que se refugian en la capilla mientras su familiar está muriéndose”, aseguran desde la diócesis vasca.

Subrayan que desde que la epidemia invadió la sociedad y los centros médicos, la vida en los hospitales ha cambiado por completo. “Cuando entras en el Hospital de Basurto la sensación es de tristeza. No ves enfermos paseando, familiares visitándoles, sólo pasillos vacíos. Son enfermos sin visitas. Se percibe soledad, mucha soledad”, aseguran. Y no sólo entre los infectados por el coronavirus en todos los enfermos, afectados de igual modo por las limitaciones de movilidad.

En las capillas estamos encontrando mucho dolor y sufrimiento. Personas que se refugian en ellas mientras su familiar está muriéndose»

Mientras los facultativos y la enfermería libran su batalla médica, los voluntarios se confunden, protegidos con mascarillas y equipación de seguridad, entre ellos realizando otra labor esencial: la mediación. Cientos de familias depositan en ellos mensajes, peticiones que trasladar, llamadas a sus móviles para ver a su padre, a su abuelo, “o simples peticiones para orar junto a ellos”.  En los casos más dramáticos, las peticiones que les llegan están dirigidas al tanatorio para que proceda a trasladar en su nombre un mensaje, una despedida o un responso por su alma.

Inés Becerra es la responsable de la pastoral de Salud en el Hospital San Juan de Dios de Santurtzi. Asegura que en esta situación su labor está yendo mucho más allá de lo espiritual. “En estos momentos todos somos compañeros. En el hospital ayudamos en lo que podemos, acompañar a los enfermos, contactar con familiares, hacer recados que nos piden o incluso echar una mano en la lavandería”. Su última aportación ha sido organizar un grupo para fabricar mascarillas.

Despedidas virtuales

El miedo y la angustia campa estos días con más intensidad en los hospitales. Enfermos y sanitarios lo viven de distinto modo pero lo sufren al mismo tiempo. “A muchas personas hablar del dolor les retrae”, señala Inés. También a ellos, los voluntarios, la crisis está pasándoles factura y ni la fe ni la oración logran blindarles. La diócesis les ha facilitado servicios psicológicos para quienes los requieran para sobrellevar su labor.

El obispado de Bilbao crea una plataforma ‘on line’ para despedir con mensajes a enfermos fallecidos por Covid-19. Acumula ya 31 casos»

Las capillas de los hospitales son en ocasiones pequeñas. Apenas una docena de bancos, imágenes religiosas y un sencillo altar. Ahora están más silenciosas que nunca. No hay celebraciones religiosas, tan sólo trabajadores en busca de consuelo. “Algunos no creen pero nos piden que recemos”. Eloisa Braceras colabora en el Hospital de Cruces. Afirma que a la capilla acuden ahora “profesionales en busca de esperanza, ánimo y un respiro. Este es un espacio donde soltar sus preocupaciones, angustias”.  

Los decretos gubernamentales han prohibido los velatorios y los funerales. Desde el 30 de marzo pasado sólo en el mejor de los casos se permite la presencia de tres familiares para un rápido acto de despedida. En el obispado vizcaíno optaron por compensar de algún modo el dolor que esta situación estaba generando entre las familias que veían impotentes como no podrían despedir a su padre, a su hermano, a su hijo. En su página web habilitaron el espacio ‘Descansa en Paz- Agur, egun handira arte’ (Adiós, hasta el gran día).  Allí, quien lo desee, puede subir una imagen de su familiar, una oración y dejar mensajes de recuerdo a su ser querido. Desde el pasado 22 de marzo son ya 31 las personas fallecidas por coronavirus que han recibido mensajes de sus allegados. “No te merecías estos”, “Gracias por la iniciativa, reconforta un poco ante la imposibilidad de despedirte como mereces” o “te has marchado en la sombra de la sombra del virus” son algunos de los mensajes.

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