Cuando en 2014 concedieron el Nobel de la Paz a la joven paquistaní Malala Yousafzai todo fueron parabienes. Malala había sufrido un atentado talibán cuando regresaba al colegio. Su lucha por la educación de las niñas y mujeres merecía el galardón. Combatía contra los talibán y todos aquellos que impiden a las mujeres luchar por un futuro mejor. 

En 2019 la activista medioambiental sueca Greta Thunberg era una de las candidatas a lograrlo. Su nombre se habría unido al de otras 17 mujeres como la yazidí Nadia Murad (2018), víctima de violación de los terroristas del autodenominado Estado Islámico, la abogada iraní Shirin Ebadi (2003), luchadora por los derechos en el régimen de los ayatolas, o la madre Teresa de Calcuta (1979) por su labor en favor de los pobres en la India. 

Finalmente, el Comité Nobel ha optado por premiar la labor pacificadora del primer ministro etíope, Abiy Ahmed Ali, quien ha logrado la ansiada paz con la vecina Eritrea. Ya son 89 hombres. Deben de ser más pacificadores o pacíficos.

Greta Thunberg merecía el Nobel de la Paz. Pero Greta nos duele. Nos chirría. Nos irrita. Cuando Greta Thunberg alza su voz ante la ONU, nos sentimos incómodos. Ante la ONU, dijo en septiembre: “Me habéis robado mis sueños. Me habéis robado mi infancia con vuestras palabras vacías… Estamos a las puertas de una extinción masiva y solo pensáis en el dinero…”. 

Los enemigos de Malala Yousafzai, de Nadia Murad y de Shirin Ebadi son los nuestros. Los talibán, los terroristas del IS, los ayatolás recalcitrantes… Pero Greta Thunberg nos señala con el dedo a todos nosotros. Y eso duele. 

Lo fácil es decir que es una pobre niña rica, una adolescente obsesionada con el cambio climático a quien sus padres han malcriado. Nos ponemos al nivel de Donald Trump, quien en su red social favorita, Twitter, se burló de ella. “No parece una niña muy feliz esperando un futuro brillante y maravilloso…»

Si Donald Trump se ríe de Greta, deberíamos tomárnosla en serio. Greta, por cierto, contestó con elegancia. Cambió su imagen de perfil para exponer un nuevo mensaje: «Una muy feliz joven buscando un futuro brillante y maravilloso». Con una foto de un frondoso bosque de fondo.

Greta Thunberg ha sufrido en su lucha contra el cambio climático. Padece Asperger, lo que en parte explica su conducta obsesiva. Ha estudiado a fondo cuáles son los efectos de la acción humana sobre el medio ambiente, y padece porque ha logrado tomar conciencia. Razones tiene para estar preocupada. 

No es una iluminada. Según el informe especial del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), el aumento del nivel del mar para el año 2100 podría ser de casi un metro si el calentamiento global supera los 3 grados C. Esto podría provocar el desplazamiento de millones de personas de las zonas costeras. La vida marina y los ecosistemas oceánicos se enfrentarán a mayores amenazas a media que la temperatura de la superficie del mar aumente y los océanos se vuelvan más ácidos.

Incluso si el calentamiento global se limita al objetivo acordado de 1,5 grados C, se prevé que se perderá hasta el 90% de los arrecifes de coral de aguas cálidas.

Asimismo se prevé un deshielo generalizado del permafrost para este siglo y más allá, que libere entre 1.460 y 1.600 toneladas de efecto invernadero, equivalentes a casi el doble del carbono que se registra actualmente en la atmósfera. A finales de este siglo, la frecuencia de las olas de calor marinas podría multiplicarse por 50 (con aumentos de temperatura de 3-4 grados C) en comparación con finales del siglo XIX. 

¿Les falta el aire? A Greta también. 

Cuando comenzó con los viernes por el clima, su huelga escolar de los viernes, llamó la atención porque en Suecia se celebraban elecciones y ella se plantó ante el Parlamento. En aquellas elecciones de septiembre de 2018 logró poner en la agenda, pese a que la preocupación principal era el ascenso de la ultraderecha, el cambio climático. 

Decía entonces que Suecia distaba mucho de ser un país ejemplar, a pesar de cumplir con los compromisos del Acuerdo de París, porque allí cada ciudadano emite 11 toneladas de CO2 al año. Un año después, cientos de miles de jóvenes en todo el mundo se han unido a sus Fridays for Future. Muchos partidos políticos han incorporado en su agenda la agenda climática. La Comisión Europea entrante, encabezada por Ursula von der Leyen, promete una agenda verde más comprometida que nunca antes. 

La paquistaní Hadiqa Bashir, activista en defensa de los derechos de las niñas, nos decía en Madrid cómo hay que alzar la voz cuando vemos que algo no funciona, que algo es injusto, que algo causa sufrimiento. No podemos quedarnos quietos solo porque la lucha nos parezca titánica ni porque haya intereses creados descomunales.  

Cuando su lucha empezó a conocerse, hace un año, Greta Thunberg explicaba en su manifiesto: «Lo que hagamos o no ahora afectará a toda mi vida, y a las vidas de mis niños y de mis nietos. Quizá me preguntarán por qué no hicimos nada, y por qué aquellos que sabían y podían denunciarlo, no lo hicieron». 

Greta grita. Grita porque nosotros estamos sordos y nos hemos cruzado de brazos demasiado tiempo. Gracias, Greta, por agitar nuestras conciencias.