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Siete lecciones de la victoria de Trump en 2016

La escasa movilización demócrata y el éxito de Trump con los olvidados del 'rush belt' dieron el triunfo al magnate inmobiliario

CV

«Stunning Trump win (asombrosa victoria de Trump)». «Believe it. Trump becomes 45th president of the United States (Créanlo. Trump será el 45º presidente de EEUU). «He’s hired (contratado)» con una imagen del magnate, en alusión a su reality, The Apprentice. Así titulaban el 9 de noviembre de 2016 sus portadas Los Angeles Times, el Montgomery Advertiser y The Des Moines Register. El mundo entero contenía la respiración.

Contra todo pronóstico, Trump había ganado las elecciones del 8 de noviembre. Los medios de comunicación le habían dado por perdedor, los sondeos, salvo un par de excepciones también, y su rival, la ex secretaria de Estado y ex primera dama Hillary Clinton jamás había concebido la posibilidad de perder frente al magnate inmobiliario.

Incluso Donald Trump, según el relato de Michael Wolff en Fire and Fury (Fuego y Furia), no se lo podía creer. «Cuando se confirmó la tendencia hacia la victoria, el hijo de Trump, Don Jr, que suele llamar al presidente DJT, dijo a un amigo que su padre parecía que había visto un fantasma. Melania arrancó a llorar desconsoladamente».

(Trump) se convenció de que había ganado porque lo merecía y porque estaba totalmente capacitado para ser presidente de EEUU»

mICHAEL WOLFF

Bannon contó cómo Trump pasó de la confusión al descrédito y al horror. Finalmente, se convenció de que había ganado «porque lo merecía, y porque estaba totalmente capacitado para ser presidente de Estados Unidos».

En 2020 el presidente Donald Trump está convencido de que el 3 de noviembre solo hay un vencedor posible: él. Los sondeos, sin embargo, vuelven a situarle a la zaga. En la media nacional de RealClearPolitics, Biden aventaja a Trump por 9,8 puntos y en la media de los estados decisivos por 4,5.

De 12 estados clave (battleground) el presidente solo ganaría en Georgia, Texas y Maine, mientras que Biden se impondría en Florida, Carolina del Norte, Pensilvania, Arizona, Ohio, Michigan, Nevada, Wisconsin y en Iowa.

Pero hace cuatro años recordemos que Clinton ganó en votos populares (casi tres millones más) pero perdió en votos electorales, 232 frente a 306, porque Trump logró imponerse en todos los estados que tenía que ganar. Una jugada magistral.

En el libro Seis historias que explican la victoria de Donald Trump (Beers & Politics) Xavier Peytibi detalla por qué ganó hace cuatro años ese magnate excéntrico contra quien podría haber sido la primera mujer presidenta de Estados Unidos. De la mano de este ensayo de Peytibi y sus comentarios a lo que sucede en la actualidad extraemos varias lecciones que podemos aplicar en 2020.

Primera lección: el voto oculto

Hace cuatro años las encuestas fallaron y lo hicieron porque muchos de los que dijeron estar indecisos o no contestaron en realidad eran votantes de Trump. No lo reconocieron para que no les tildaran de racistas o ignorantes. Peytibi recuerda cómo en 2012 los indecisos eran un 3% de la población y en 2016 un 17%. Ahora ronda el 10%.

«A menudo se infravalora a Trump teniendo en cuenta el voto nacional… Lo que importa son los estados clave que le permitan obtener mayoría de votos electorales. Y esos estados volverán a ser el rust belt (cinturón del óxido) y Florida. En estos momentos va por debajo en las encuestas, pero nunca se sabe. De hecho, en 2016 iba un poco mejor que ahora (sólo un poco) y venció. Lo importante es que pasó lo impensable», señala Peytibi, consultor político en Ideograma.

«Trump ganó en Michigan, Florida, Iowa, Ohio, Wisconsin y Pensilvania por menos del 2%. A destacar Michigan por solo 11.800 votos, Wisconsin por 27.300 o Pensilvania por 68.000», añade. Pero en el sistema electoral de EEUU the winner takes it all. Da igual que gane por 1.000 votos, se lleva todos los votos electorales del estado.  

Segunda lección: puede suceder

Los demócratas ya saben que Trump puede volver a ganar. Es una ventaja con respecto a 2016. Necesitan movilizar a sus votantes, ya que los seguidores de Trump son muy fieles y acuden a las urnas. Trump logró hace cuatro años casi 63 millones de votos.

Hace cuatro años el equipo de Hillary Clinton creyó que bastaba con criticar a Trump, pero no es así. Ni lograron desactivar a los leales a Trump ni activar a los demócratas. «Fue un craso error», escribe Peytibi en su libro.

En 2020 la campaña electoral ha sido sui generis debido a la pandemia del coronavirus. Trump ha dado mítines, a pesar de las medidas de distanciamiento social, y sigue haciéndolo, una vez superado el coronavirus. Este pasado sábado ha vuelto a usar la Casa Blanca como escenario para un mitin electoral, algo insólito ya que se considera que la sede presidencial es un lugar neutral. Tras declararse «inmune», este lunes lleva su campaña a Florida.

Joe Biden ha estado prácticamente desaparecido durante meses, si bien ahora vuelve al ruedo. El primer debate fue un auténtico desastre porque Trump impidió que Biden expusiera su programa al transformar el debate en una pelea de gallos. Trump sigue marcando la agenda a través de su cuenta de Twitter.

Tercera lección: la movilización es clave

En una entrevista con El Independiente, Juan Verde, asesor de la campaña demócrata, reconocía cómo Joe Biden precisa de una participación en torno al 60% para tener opciones de victoria. El enfado de afroamericanos y latinos ha de traducirse en votos. Si no es así, no habrá nada que hacer.

En 2016 Hillary Clinton creaba rechazo entre muchos votantes indecisos, incluso entre la izquierda demócrata. Joe Biden y Kamala Harris no suscitan entusiasmo pero tampoco tanta reacción en contra.

Según Peytibi, «la verdadera lucha, más que en los estados y los condados (muy importante), va a estar en los suburbios y la dicotomía rural-urbana. En 2016, en el entorno urbano el 85% de los condados apostaron por los demócratas; en el medio rural el 90% optaron por los republicanos; y en los suburbios el 75% de los condados apoyó a los republicanos. Los demócratas de los suburbios se quedaron en casa. Ese es el quid de la cuestión».

Cuarta lección: las minorías, objeto de deseo

Cada 30 segundos un estadounidense de origen latino cumple 18 años y se convierte en votante. Son 66.000 cada mes. En 2020 son 32 millones de votantes, más que afroamericanos por primera vez. En 2024 uno de cada cinco votantes será latino.

Todo aspirante republicano ha de conquistar uno de cada tres votos latinos para ganar. Trump superó el 28% en 2016. Ahora ronda el 24%. Pero tiene la vista puesta en Florida, adonde viaja esta semana para seguir con su campaña electoral. Para que la balanza latina se incline a favor de los demócratas los votantes han de estar activados y acudir en masa a las urnas. El coronavirus juega en contra de la movilización.

Como nos explicaba en una entrevista Jorge Ramos, no todos los hispanos votan en bloque. Para los cubanos es relevante cómo actúa el candidato con el régimen castrista. Los venezolanos observan su comportamiento con Maduro y también qué garantías ofrece a los inmigrantes. Los mexicanos fueron objeto de feroces críticas por parte de Trump, que los tildó de delincuentes y violadores, en su campaña para ampliar el muro.

«Antes regalábamos el voto, ahora queremos cosas», concluía Ramos. Y Joe Biden ha ofrecido proteger a los venezolanos y no expulsar a los dreamers. Algunos, sin embargo, no se fían de su política exterior con los Castro y Maduro. Temen que quiera volver a estrechar lazos con el régimen castrista.

También son objeto de deseo los afroamericanos, que votaron masivamente por Obama en 2008 y 2012. Biden pretende que vuelvan a hacerlo por su fórmula con Kamala Harris, especialmente después del auge del movimiento Black Lives Matter, tras la escandalosa muerte del afroamericano George Floyd, a quien un agente aprisionó con su bota en el cuello durante casi nueve minutos.

Sin embargo, la ola de violencia que se desencadenó en varias ciudades estadounidenses puede hacer temer que se imponga el caos si gana Biden. Es lo que intenta hacer creer Trump, que insiste en que el ex vicepresidente y la senadora Harris están en manos de los radicales socialistas del partido demócrata.

Quinta lección: la nostalgia vende

Como explica Peytibi en su ensayo, Trump manejó la nostalgia en 2016 con excelentes resultados. Su lema electoral fue todo un éxito: Make America Great Again (Hagamos América grande de nuevo). El mensaje es toda una promesa para quienes sufren al ver que sus hijos vivirán peor que ellos y que ellos mismos jamás recuperarán el bienestar que tenían hace dos décadas.

«Trump era el candidato que les aproximaba a unos Estados Unidos como eran antes, en su niñez. Y en esos Estados Unidos no había tantos inmigrantes, ni el peligro del terrorismo islámico, ni una globalización que hace que las empresas deslocalicen echando a muchos blancos pobres de sus trabajos para llevar sus fábricas a México o a otros países… Trump encontró un grandísimo nicho de votantes, cansados, enfadados con el establishment y melancólicos de su pasado. Un pasado en el que si trabajaban duro, mejoraban sus vidas», puede leerse en Seis historias que explican la victoria de Donald Trump.

En 2020 «Trump ha polarizado su mensaje. El objetivo es tensionar y lograr un ‘conmigo o contra mí’, y eso favorece al voto duro, el más fiel. Pero no ha conseguido devolver esa sensación. Ha basado su legislatura en la economía que, si bien había mejorado algo, la crisis sanitaria ha volatilizado. Lo basaba todo en los buenos resultados económicos, pero los problemas han sido mucho mayores», apunta el cofundador de la plataforma Beers & Politics. 

En 2020 Trump tiene un problema con su electorado por la pandemia. Entre los blancos mayores de 65 años, Trump se impuso claramente a Hillary Clinton. Sin embargo, son ahora quienes han sufrido los embates del coronavirus de forma más contundente. Y la gestión de Trump ha sido muy deficiente.

Es posible que los votantes mayores dejen de confiar en el presidente como alguien que puede lidiar con la pandemia, aunque él haya estado enfermo y haya mostrado su fortaleza personal.

Estados Unidos es el país del mundo con más número de casos, más de 7,7 millones, y más muertos, más de 214.000, según la Universidad Johns Hopkins, el doble de los soldados estadounidenses caídos en la Primera Guerra Mundial.

Sexta lección: es el miedo, estúpido

Bill Clinton orquestó su campaña en 1992 sobre la economía. Fue su asesor James Carville quien ideó la célebre frase: «Es la economía, estúpido» que se ha convertido en un clásico para indicar sobre qué gira una campaña. En 2020 sobre todo es el miedo lo que prima. También lo fue hace cuatro años.

Trump esgrimía el miedo a seguir igual, abandonados, en declive, un mensaje que fue bien recibido por los blancos el rush belt que se sentían olvidados por el establishment.

Cuatro años más tarde, con la megacrisis del coronavirus los desclasados serán de nuevo los que más sufran los efectos de la crisis que no ha hecho más que asomar en el horizonte. También los afroamericanos y los latinos, que están padeciendo en mayor proporción la enfermedad.

Ahora Trump atiza al miedo a los socialistas, que van a transformar América en un país comunista, y que serán rehenes de las turbas violentas y de los terroristas. Alude también al caos que se vivió en algunos momentos cuando Obama fue presidente (2008-2016) y Biden su vicepresidente. «Sin Sleepy Joe (el durmiente Joe) yo no habría llegado a la Casa Blanca», dice en su cuenta de Twitter.

El mensaje no deja de ser chocante: su rival, ex vicepresidente con Obama, ha formado parte durante 47 años del establishment, y es uno de los senadores más veteranos. Tampoco encaja con la trayectoria de la aspirante a vicepresidenta, Kamala Harris, que fue fiscal general de California, es decir, representante de la ley y el orden. Pero han de contestar de forma convincente.

Séptima lección: no menosprecies al rival

Hace cuatro años sucedió. Los demócratas menospreciaron a Trump y a sus votantes. Hillary Clinton llegó a llamar «deplorables» a sus seguidores. Aquello fue un error mayúsculo.

Los demócratas se cuidan de despreciar a los que apoyaron al presidente y tratan de lanzar mensajes a la unidad, pero en el debate hemos visto señales de descontrol que no son del agrado del americano medio.

En un momento del primer debate, Biden llamó a Trump «payaso», aunque intentó corregir a continuación. Perdió los nervios y ahí el presidente se apuntó un tanto. De hecho, ganó el cara a cara porque logró que fuera lo que él quiso que fuera.

Trump ha marcado la agenda desde su cuenta de Twitter toda la campaña. Incluso desde el hospital donde ha estado convaleciente de coronavirus. Los mismos medios de comunicación que critican a Trump luego reproducen cada uno de sus tuits con altavoz.

Juega con otras reglas, no entiende de verdades factuales, y es capaz de decir una cosa y su contrario en apenas unas horas, pero sabe cómo hacerse presente.

Intenta que sus seguidores vuelvan a las urnas para darle cuatro años más. Incluso asegura que solo perderá si los demócratas cometen fraude. No se ha comprometido a reconocer su derrota. Es el gran temor de muchos estadounidenses, y del mundo entero: ¿se atreverá a provocar una crisis institucional?

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