Todo gran imperio ha tenido espías a su servicio. Desde los romanos hasta las superpotencias de la Guerra Fría, la información sobre el enemigo ha sido un arma más, muchas veces el instrumento que ha logrado desbaratar las operaciones militares más elaboradas. En la actualidad un ejército de hackers anónimos, capaces de hacerse con miles de datos a distancia, han sustituido a los James Bond de carne y hueso.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuándo nació el primer servicio profesional de espías en la antigua Roma. Estaba formado por los frumentarii. Posiblemente fue con Trajano o Adriano. Los frumentarii eran centuriones encargados de suministrar grano a las legiones. Con esa misión recorrían el imperio y se infiltraban en todas partes. Combinaban su labor de espionaje con la de propaganda.

Según Enrico Silverio, autor de un estudio sobre los servicios secretos en la antigua Roma, citado en La Vanguardia, «en Roma hubo un centro, Castra Peregrina, que albergó una mezcla de CIA y Pentágono, civiles y militares en diversas funciones». Destacó Marco Oclatinio Advento, en el siglo III d. C., un frumentario que acabó dirigiendo los servicios secretos de la Castra peregrina y creó una red de espías en Britania.

Felipe II y su red de agentes

El Imperio español, en el que no se ponía el sol, también dedicó incontables recursos al espionaje. En época de Felipe II no había otro país que dedicase tanto dinero y tantos agentes a la información. El Rey lo controlaba todo.

Los historiadores Carlos Carnicer y Javier Marcos son autores de un estudio titulado Espías de Felipe II. En la obra se refieren a cómo Felipe II aconsejó a su hijo Felipe III que estuviera informado «de las fuerzas, rentas, gastos, riquezas, soldados, armas y cosas de este talle de reyes y reinos extraños». Los embajadores tenían que ejercer de espías. Destacó Bernardino de Mendoza, que estuvo destinado primero en Inglaterra y luego en Francia.

Un gran fichaje de Felipe II fue el embajador inglés en París, sir Edward Stafford, a quien le perdió su afición al juego. Para saldar sus deudas vendió información a la corte española a la vez que engañaba a su propio país con datos falsos sobre las intenciones del monarca español.

Sin embargo, también sufrió fugas notables, como la de Antonio Pérez, antiguo ministro de Felipe II. La captura de Antonio Pérez se convirtió en la gran obsesión de los servicios de inteligencia del imperio español. Acabó vendiendo información a los ingleses a quienes ayudó a montar la leyenda negra contra Felipe II.

Espías hay muchos pero solo unos pocos pasarán a la Historia por su extraordinaria personalidad, como es el caso de Richard Sorge, sobre quien Owen Matthews acaba de publicar Un espía impecable, y otros por haber contribuido a cambiar el curso de los acontecimientos, como el español Juan Pujol, Garbo o Arabel, que logró engañar a los nazis. Veamos quiénes son los más destacados:

Abraham Woodhull y el ‘Culper Ring’

Toda gran guerra tiene sus espías. La guerra civil estadounidense no es una excepción. El Culper Ring (anillo Culper) es la organización de inteligencia que operó en la Revolución Americana. El nombre codificado de Abraham Woodhull era Samuel Culper y el de su compañero Robert Townsend, Culper Jr, de ahí nace el Culper Ring.

Fue el mayor, Benjamin Tallmadge, quien por orden del general George Washington, organizó el servicio de inteligencia que operó entre 1778 y 1783 en la ciudad de Nueva York, ocupada por los británicos. Tallmadge reclutó a Woodhull, que procedía, como él, de Setauket, en Long Island. A su vez Woodhull alistó a Townsend, quien escribía en la Royal Gazette.

Crearon un sistema encriptado para elaborar sus informes, que solían escribir con tinta invisible. El Anillo de Culper simultaneaba sus acciones de espionaje con su actividad cotidiana, de modo que no realizaban desplazamientos extraordinarios sino que sus lugares de trabajo, el taller o la taberna, eran los sitios donde entregaban sus averiguaciones, y donde las recogía la otra escala de la red.

Una de sus principales contribuciones a la guerra consistió en evitar un ataque de las tropas británicas, al mando del general Sir Henry Clinton, sobre los efectivos franceses del general Jean-Baptiste-Donaiden de Vimeur. Los británicos pretendían sorprenderle nada más llegar a Rhode Island. Pero el Anillo de Culper avisó al general George Washington que condujo sus tropas por el río Hudson hacia Manhattan. Eso obligó al general Clinton a volver con sus tropas para defender Nueva York.

Garbo, el doble espía español que engañó a Hitler

«La victoria aliada no habría sido posible sin él», confesó Ike Eisenhower en una carta a sus mandos. El comandante supremo en Europa Occidental se refería a Garbo, para los británicos, Arabel, para los alemanes. La identidad de Juan Pujol García (Barcelona, 1912-Caracas, 1988) no se desvelaría hasta 40 años después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Es el único espía condecorado por los dos bandos después del Día D. Los alemanes le otorgaron la Cruz de Hierro y los británicos le hicieron Miembro de la Orden del Imperio Británico, una condecoración reservada a los ciudadanos del Reino Unido.

La historia de Juan Pujol es realmente extraordinaria. Hijo de una familia catalana de clase media, estudió avicultura y la guerra civil española le sorprendió cuando empezaba a despegar en su vida adulta. Intentó librarse de participar, pero acabó primero en las filas republicanas y luego en las nacionales. De forma casi milagrosa salió indemne de esta contienda.

Esta guerra fratricida le marcó de tal manera que se obsesionó por servir como espía al servicio de los británicos, a quienes vio al principio como único freno contra el avance de Hitler. Juan Pujol se ofreció a la embajada en Madrid pero no le prestaron atención. Decidió entonces contactar con los alemanes con más éxito. Les hizo creer que estaba en Londres, mientras vivía en Lisboa.

Cuando vio su misión en peligro, al considerar imposible mantener la farsa, contó toda su peripecia a un funcionario de la embajada de EEUU en la capital portuguesa, quien se dio cuenta del potencial del intrépido español. Es quien le puso en contacto con los británicos, ya alertados por la existencia de un agente alemán al que no tenían controlado.

Mi mayor orgullo es haber contribuido a que hubiera menos bajas entre los soldados que desembarcaron en las playas francesas»

Juan pujol, ‘garbo’ o ‘arabel’

Aceptaron finalmente su colaboración y junto a Tom Harris, su intérprete y su contacto en Londres, creó una red de 27 agentes al servicio de Garbo, como le llamaron los británicos. Su mayor logro fue despistar a los alemanes sobre el lugar donde iban a desembarcar los aliados en Francia. Les hizo creer que era Calais cuando fue en cinco playas hoy conocidas como Utah, Omaha, Gold, Junto y Sword.

Tras su proeza, recibió compensaciones del Reino Unido y se estableció en Venezuela. Quiso desaparecer y se difundió la versión de que había muerto en Angola por malaria. Nadie supo de él hasta que el historiador Nigel West le descubrió en los 80 y le propuso hacer un libro conjunto.

Volvió a Inglaterra, donde le recibió el duque de Edimburgo y se encontró con veteranos de la Segunda Guerra Mundial. «Mi mayor orgullo es haber contribuido a que hubiera menos bajas entre los soldados que desembarcaron en las playas francesas», dijo Garbo, el mejor actor, que murió en Caracas en 1988.

Krystyna Skarbek, la agente favorita de Churchill

Dicen que era la espía favorita de Winston Churchill y la inspiración para la primera chica Bond, Versper Lynd. Desde luego, actitudes y méritos no le faltaban: la condesa Krystyna Skarbek (Trzepnica, 1908-Londres, 1952), hija de un aristócrata polaco y de una rica heredera, no sólo era de una gran belleza, sino que era valiente, profundamente inteligente y tan buena agente que acabó siendo apodada la «asesina silenciosa». 

Krystyna Skarbek fue la primera mujer en trabajar como agente especial para los británicos durante la guerra. Aunque en 1939, los ingleses no aceptaban mujeres para semejantes puestos, Skarbek los convenció para unirse: no sólo hablaba varios idiomas (inglés, francés y polaco), sino que tenía excelentes contactos en Varsovia y conocía bien las rutas clandestinas de acceso a Polonia porque se había dedicado al contrabando de cigarros durante varios años. 

Para entrar en la Polonia ocupada por los nazis tuvo que esquiar durante horas desde Hungría por montañas escarpadas. Pero consiguió llegar, y una vez dentro, tuvo un papel clave en la organización de los grupos de resistencia y en la obtención de información de alto valor. Fotografió documentos e incluso consiguió grabaciones en películas microfilm que escondía en sus guantes. Entre los planes que descubrió estaban los primeros indicios de la Operación Barbarrosa, el nombre en clave para la invasión de la Unión Soviética. 

Con semejante éxito, los servicios secretos comenzaron a encargarle operaciones cada vez más peligrosas. Recibió un entrenamiento exhaustivo como espía (estudió Morse, transmisiones por radio, paracaidismo, elaboración y detonación de explosivos, y técnicas de asesinato), y se curtió en Egipto y Oriente Medio antes de lanzarse en paracaídas en Francia, donde tuvo un papel fundamental en la Resistencia francesa y en la organización del D-Day, el famoso desembarco en Normandía.

También fue la clave para que los grupos de resistencia italianos recibieran ayuda y municiones, consiguió desarticular ella sola todo un destacamento de soldados polacos a las órdenes nazis y organizó rescates en cárceles alemanas que podrían servir de base a un sinfín de películas. 

Desgraciadamente, una vez acabó la guerra, fue asesinada. El 15 de junio de 1952, mientras estaba en el Hotel Shelbourne de Londres, un garito de tres estrellas donde se hospedaban exiliados polacos, un antiguo amante, Dennis Muldowney, entró en el lobby y la mató con un cuchillo de combate. Dennis había enloquecido después de que ella le dijera que iba a quemar las cartas de amor que él le había enviado y, después de que la policía lo arrestara (no opuso resistencia y reconoció inmediatamente el crimen), pidió que lo ejecutaran rápidamente para poder unirse a su amada en el más allá. 

Virginia Hall, «la más peligrosa de las espías»

Fue una auténtica heroína: la mujer más condecorada durante la Segunda Guerra Mundial, la espía americana más exitosa en la Francia ocupada y “la más peligrosa de las espías aliadas”, según declaró la mismísima Gestapo. Sin embargo, hoy en día, la estadounidense Virginia Hall sigue siendo una «de las espías americanas más importantes de las cuales nadie ha escuchado hablar», según el periodista Greg Myre, especializado en contrainteligencia.

Nacida en Baltimore, en 1906, en una familia acomodada, Virginia Hall quiso tener una vida repleta de aventuras y rompió moldes: estudió en las universidades de Radcliffe y Barnard, fue a París a aprender idiomas y decidió hacerse embajadora. En aquel momento, de los 1.5000 diplomáticos de Estados Unidos, tan sólo seis eran mujeres, y Virginia Hall fue rechazada varias veces en el servicio de Exteriores. Pero eso no la detuvo y comenzó a hacer trabajos sin importancia en consulados de Estonia y Turquía. 

En Turquía sufrió un importante accidente: mientras cazaba, se disparó por error en un pie y le tuvieron que amputar media pierna por debajo de la rodilla. La recuperación fue larga y tuvo que aprender a andar con una prótesis de madera (a la que llamó, con cariño, Cuthbert). Pero semejante revés, lejos de hundirla en la desesperación, le dio irónicamente fuerzas para cumplir sus sueños. Aunque podría haber muerto, pensó, la vida le estaba dando una segunda oportunidad y ella no pensaba desaprovecharla. 

Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, Virginia Hall se trasladó a Francia y comenzó a conducir una ambulancia. Cuando los nazis finalmente invadieron el país, ella puso rumbo a Londres vía España, y en medio del viaje, entró en contacto con agentes de la Inteligencia británica que vieron en ella una valentía descomunal.

Tras un breve entrenamiento como espía, regresó a Lyon, en la Francia ocupada. Oficialmente, estaba allí como corresponsal estadounidense del New York Post; en realidad, comenzó a recabar información del frente enemigo, organizó grupos de la Résistance y se encargó de proveer refugio y dinero a rebeldes que luchaban en la clandestinidad. Incluso consiguió que la propietaria de un burdel le pasara información de oficiales alemanes y planificó rescates de franceses que estaban en la cárcel.

En un momento en que la Gestapo asesinaba a todo sospechoso de ser espía, Virginia Hall no sólo consiguió sobrevivir, sino que resultó ser, en palabras de los propios Servicios Británicos, “increíblemente exitosa”. 

Fue sistemáticamente menospreciada y desdeñada como alguien sin importancia»

sonia purnell, biógrafa de hall

En 1942, sin embargo, la Gestapo consiguió cercarla. Ella escapó por los pelos, se refugió en Londres y comenzó a trabajar para la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos. Aunque regresar a la Francia ocupada era increíblemente peligroso, ella no se lo pensó ni un segundo y en 1944 estaba de nuevo en el ruedo. Esta vez, su valentía fue incluso mayor y se convirtió en una especie de líder de guerrillas paramilitares: ayudó a bombardear puentes, atacó convoyes alemanes y rescató pueblos enteros del yugo nazi. 

Acabada la guerra, sin embargo, fue marginada por sus superiores, «sistemáticamente menospreciada y desdeñada como alguien sin importancia”, según explicó su biógrafa, Sonia Purnell. Tan sólo recientemente se ha comenzado a valorarla como merece.

Los Rosenberg, los primeros civiles ejecutados

El mes de agosto de 1949 la Unión Soviética realizó su primera prueba nuclear. La conmoción entre la opinión pública fue inmensa y muchos comenzaron a preguntarse cómo era posible que los soviéticos hubiesen podido desarrollar su propia bomba tan pronto, tan sólo cinco años después de Hiroshima y Nagasaki. Enseguida surgieron teorías conspirativas y comenzaron a circular rumores de que había una importante red de espías infiltrados que habían conseguido información confidencial del gobierno estadounidense. 

Esta posibilidad se confirmó cuando Igor Gouzenko, un ciudadano soviético que trabajaba en la embajada de la URSS en Canadá, desertó y aportó documentación detallada sobre varías docenas de espías británicos y estadounidenses al servicio de la URSS, del físico nuclear británico Allan Nunn May al físico teórico de origen alemán Klaus Fuchs pasando por David Greenglass, un exmaquinista del ejército que había trabajado en Los Álamos, el laboratorio donde se desarrolló el Proyecto Manhattan. 

En el interrogatorio de Greenglass salieron a relucir el nombre de su hermana, Ethel Rosenberg, la secretaria de una empresa de transporte, y el marido de ésta, Julius, un ingeniero eléctrico de Nueva York. Greenglass aseguró que él era inocente y que, en realidad, había sido su cuñado, Julius, un ferviente comunista, quien le había obligado a sacar información ilegalmente sobre la bomba atómica.

Según su versión, Julius y Ethel habían recabado información detallada de la bomba, la habían transcrito en su apartamento de Nueva York y la habían hecho llegar a Anatoly A. Yakovlev, vicecónsul soviético en Nueva York. Julius fue enseguida detenido y, un mes más tarde, también lo sería su mujer. En marzo de 1951, se les juzgó en un tribunal de Nueva York. 

Años más tarde, varios expertos corroboraron que los Rosenberg habían pasado poca información y de escaso valor (por no decir que estaba llena de errores). De hecho, muchos aseguran que fueron simples cabezas de turco y que, simplemente, fueron detenidos e interrogados para obtener nombres e información de más espías involucrados. Sin embargo, ellos jamás delataron a nadie y, aunque nunca negaron ser comunistas (es más, lo reafirmaron orgullosamente), mantuvieron su inocencia hasta el final.

Finalmente, se les condenó a muerte. Tras varios años de apelaciones, el 19 de junio de 1953, el matrimonio Julius y Ethel Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica en la prisión de Sing Sing, en Nueva York. Eran los primeros civiles estadounidenses en ser ejecutados por espionaje; Ethel era, además, la primera mujer ejecutada en Estados Unidos desde que Mary Surratt fue ahorcada en 1865 por su implicación en el asesinato de Abraham Lincoln.

Kim Philby, el ‘tercer hombre’

Es el paradigma del espía doble. «No puedes pensártelo dos veces cuando te ofrecen un puesto en una fuerza de élite». Harold Adrian Russell Philby, conocido como Kim Philby por el personaje de Kypling, aceptó sin dudarlo la propuesta de Otto, nombre en clave de Arnold Deutsch. Así le fichó para trabajar como agente encubierto para la causa comunista. Formó parte del llamado Anillo de Cambrigde junto a Burgess, Maclean, Blunt y Cairncross.

Kim Philby había nacido en el Punjab indio en 1912, donde su padre Hillary Saint John Philby era administrador colonial. El progenitor del espía llegó a ser asesor personal de la casa del rey Saud. Su primera misión fue investigar a su padre.

Tuvo que transformarse en un convencido filofascista para realizar su misión. Ocultó su actividad como espía haciéndose pasar por periodista. Estuvo destacado en España, donde se salvó de la muerte con gran fortuna. Un proyectil procedente del bando republicano cayó justo a su lado y mató a otros tres corresponsales. Fue condecorado por Franco con la Cruz Roja al Mérito Militar.

A la par que espiaba para los comunistas, ascendía escalafones en el MI6. Su rutina durante años consistió en sacar documentos que interesaban a la URSS fotografiarlos y copiarlos, dárselos a sus contactos, y devolverlos al día siguiente. Años más tardes, al describir su día a día, se burló de la supuesta eficacia de los servicios secretos británicos.

Todo lo que tenía que hacer era aguantar y mantener la calma. Mi consejo es que nunca confeséis»

kim philby

Llegó a ser jefe de contraespionaje con especial atención a los soviéticos. En 1949 alcanzó un puesto muy codiciado: enlace entre la CIA y los servicios secretos británicos. Entonces dio su golpe más conocido y el que se cobró más vidas: informó a los rusos de un plan para enviar a combatientes anticomunistas a Albania. Solía argumentar que de esa forma evitó «una tercera Guerra Mundial».

En 1950 pudo avisar a sus colegas Burgess y McLean para que huyeran a Moscú. Estaban en el radar de los servicios secretos británicos. Había un «tercer hombre». Pero no lograron desenmascararle, a pesar de que le interrogaron expertos. Lo negó todo.

Hace cinco años, la BBC desveló una grabación en la que Kim Philby, presentado por Markus Wolf, el jefe del espionaje de la RDA, aleccionaba a los agentes de la Stasi: «Sabía que si no confesaba no podían encarcelarme, así que todo lo que tenía que hacer era aguantar y mantener la calma. Mi consejo es que nunca confeséis».

Huyó a Moscú en 1963 donde murió alcoholizado y deprimido a los 76 años. El paraíso comunista con el que había soñado estaba muy lejos de lo que veía cada día a su alrededor: pobreza.

Isser Harel, el cazador de Eichmann

Si hay un servicio secreto con fama de eficacia, incluso entre sus enemigos, ese es el Mossad, forma abreviada del HaMosad leModi’in ulTafkidim Meyuhadim o Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales. Isser Harel (Vitebsk, Bielorrusia, 1912) está considerado como el fundador de este servicio de espionaje exterior de Israel, que dirigió entre 1952 y 1963. Desde 1948 ya estaba a cargo de la seguridad interior por mandato de David Ben Gurion.

Le he traído un regalo… Eichmann ya está aquí», dijo Harel a Ben Gurion tras secuestrar a quien se hacía llamar Ricardo Klement

«Le he traído un regalo… Eichmann ya está aquí», dijo Harel al primer ministro israelí, Ben Gurion, tras capturar al criminal de guerra nazi en Buenos Aires en 1960. Eichmann vivía en la capital argentina protegido por el general Perón. Se hacía llamar Ricardo Klement.

Eichmann cayó en manos de Harel por una historia de amor. Su hijo Klaus se enamoró de Silvia Hermann, hija de Lothar Hermann, un judío que había logrado escapar del Holocausto. Lothar se dio cuenta de que Ricardo Klement era en realidad Adolf Eichmann.

Pero el descubrimiento de Lothar no habría llegado a ningún lado sin el fiscal alemán Fritz Bauer, que hizo caso de su denuncia hasta convencer a los israelíes. Un equipo de agentes se desplazó a la capital argentina donde dio caza a Klement. Le interrogaron y acabó confesando. El propio Harel desvela los detalles del caso en su libro La casa de la calle Garibaldi: la captura de Adolf Eichmann.

El jerarca nazi fue juzgado en Israel y condenado a muerte. Lo ejecutaron en mayo de 1962. La pensadora Hannah Arendt cubrió el juicio en una de sus obras más relevadoras, Eichmann en Jerusalén.

Harel tuvo que retirarse en 1963 por la práctica de los «asesinatos selectivos». Sus agentes eliminaron a dos científicos alemanes que colaboraban con Nasser en Egipto en tecnología de misiles, un asunto que casi desemboca en una crisis con la Alemania de Adenauer.

Discreto al máximo, ni su esposa sabía a lo que se dedicaba. Murió a los 93 años en 2003. Ben Gurión le dedicó una fotografía en 1966 en la que le describía como «un garante de la seguridad del Estado».

Markus Wolf, el espía que acabó con Brandt

El mayor logro de Mischa, maestro de los espías de la Alemania Oriental, fue su mayor error también. En sus memorias, El hombre sin rostro, Markus Wolf (Hechingen, 1923) lamenta haber provocado la dimisión del canciller alemán, Willy Brandt, por quien confiesa admiración.

Sin embargo, esa fue su gran obra. En mayo de 1974 el canciller socialdemócrata tuvo que renunciar al descubrirse que su hombre de confianza, Günter Guillaume, era un espía al servicio del llamado «hombre sin rostro». Por las manos de Guillaume, en quien confiaba Brandt plenamente, pasaban todos los documentos y de ahí iban a parar a Wolf, jefe del espionaje de la República Democrática Alemana (RDA).

Brandt era partidario del acercamiento al Este (Ostpolitik) y de ahí el arrepentimiento a posteriori de Wolf. Con la salida de Brandt la Ospolitik entró en crisis.

Markus Wolf era extraordinariamente educado, inteligente y tenía un gran sentido del humor»

pilar requena

Quienes le conocieron hablan de Markus Wolf como de un hombre «extraordinariamente educado, inteligente y tenía un gran sentido del humor». Así le recuerda Pilar Requena, ex corresponsal de RTVE en Berlín, que le entrevistó varias veces. Inspiró a John Le Carré el personaje de Karla en novelas como El honorable colegial.

Hijo de Friedrich Wolf, médico y escritor judío y comunista, la familia tuvo que huir del régimen nazi para instalarse en Moscú. Después de la Segunda Guerra Mundial, Markus Wolf regresó a Alemania y reportó sobre los juicios de Nuremberg como corresponsal para la radio.

Tras la creación de la RDA, comenzó a trabajar en puestos diplomáticos. Su primer destino fue Moscú. Hablaba ruso a la perfección. A partir de 1952 dirigió el servicio secreto exterior. Controlaba una red de unos 4.000 a los que infiltraba en puestos de poder, muchas veces sirviéndose de la seducción de posibles informantes, generalmente mujeres cercanas al poder.

Hasta 1978 nadie sabía cómo era Markus Wolf. Ese año la revista Der Spiegel logró una fotografía suya en Estocolmo. Con la caída del Muro de Berlín, fue crítico con la RDA y defendió la perestroika, pero nunca mostró arrepentimiento por sus acciones, algunas delictivas como secuestros. En 1997 fue condenado a dos años por secuestro y lesiones.

Tras pasar gran parte de su vida en la oscuridad, Wolf disfrutó de los focos en sus últimos años, en los que se dedicó a escribir libros desde su residencia en la capital alemana. Murió, ya octogenario, justo 17 años después de la caída del Muro de Berlín.

Oleg Penkovsky, clave en la crisis de los misiles

Para la URSS es uno de los mayores traidores conocidos. Oleg Penkovsky (Vladikavkaz, 1919), ex coronel soviético del servicio de inteligencia, aportó información relevante a Estados Unidos que ayudó a evitar una guerra nuclear en la crisis de los misiles en 1962.  

Decepcionado con Nikita Khrushchev, en 1960 ofreció sus servicios a la embajada de Estados Unidos en Moscú por mediación de dos estudiantes americanos. «Crean en la sinceridad de mis pensamientos y mi deseo de serles útil», les decía Penkovsky. «Tengo información sobre muchos temas de excepcional importancia para su gobierno».

Durante dos años facilitó información a la CIA y al MI6. Fue quien transmitió al servicio secreto británico un dato crucial cuando se desencadenó la crisis de los misiles. En realidad, la URSS no era una gran amenaza porque tenían pocos misiles nucleares y tenían problemas de orientación. El presidente John F. Kennedy recibió esta valiosa información.

Penkovsky asumió el riesgo de ser descubierto, como así fue. Pagó con su vida haber librado al mundo de una guerra nuclear. En El espía inglés, que se estrena en breve, se relata su proeza.

Ni siquiera en este película, quien fuera el espía más valioso de la Guerra Fría, es el protagonista. La ficción, a veces, se parece a la vida.