Hace cinco años los británicos fueron convocados a votar si querían seguir en la Unión Europea o no. Los profetas del día después dirán que en 2016 lo vieron venir, pero al día siguiente el mundo se despertaba incrédulo. El al Brexit había ganado por un millón de votos: 51,9% a favor y 48,1% en contra. El tsunami fue inmediato: el primer ministro anunció su renuncia, la libra se despeñó y desde Escocia empezaron a amenazar con otro referéndum. En Escocia y en Irlanda del Norte ganó el no al Brexit.

«Ni los defensores más acérrimos del Brexit esperaba que ganara su opción. Había que ver la cara de Boris Johnson ese día», recuerda Enrique Feás, investigador senior del Real Instituto Elcano. Muchos nos acordamos de cómo nos levantamos el día después del 23-J. Comprobamos varias veces los datos antes de confirmar que efectivamente los británicos querían el divorcio.

Sería la primera sorpresa del 2016 pero no la última: en noviembre Donald Trump se convertía en el primer presidente outsider de la historia de Estados Unidos. Ganó frente a Hillary Clinton, ex primera dama y ex secretaria de Estado. Pero esa es otra historia, aunque confluye con la del Brexit.

Carlos Fresneda, corresponsal de El Mundo en Londres, fue testigo de aquel cataclismo y aún hoy sigue narrando sus consecuencias en este diario español. «En cuanto salías de la burbuja de Londres te dabas cuenta de que podía pasar, aunque yo personalmente pensaba que el asesinato de Jo Cox a los gritos de Britain First harían reflexionar a última hora a los británicos», explica Fresneda.

«Siento sobre todo una distancia compartida por los europeos que seguimos aquí (4,8 millones entre asentados y preasentados y unos 300.000
que se van a quedar a este paso en el limbo. Y también siento incredulidad todo lo que sigue pasando, con los dos grandes protagonistas tirándose los trastos a la cabeza: Dominic Cummings [el spin doctor de la campaña del Brexit] acusando a Boris Johnson buscar solo el show. Me apena mucho ver la grieta que este país ha abierto con el continente», añade el corresponsal español.

Más control, menos influencia

De alguna manera el Reino Unido sentía nostalgia de su reciente pasado imperial. No olvidemos que la Reina sigue siéndolo de los países de la Commonwealth. Ser uno más de los Veintiocho, una parte de una potencia media global era difícil de digerir para muchos. La sensación que explotaron los que alimentaron el sí al Brexit era ese UK First de todo imperio que se precie. Trump construyó su éxito basándose en ingredientes similares: si recuperamos nuestro poder, seremos los primeros de nuevo. America First.

Take back control (retomar el control) era el lema y el objetivo de la campaña del Brexit. Efectivamente han recuperado el control pero han perdido influencia en un mundo multipolar. Ya ni siquiera la relación especial con Estados Unidos es tan única.

«No creo que el Reino Unido haya tenido ninguna ventaja en lo que ha pasado. Ha perdido influencia. Ha ganado independencia pero ha perdido influencia», afirma Enrique Feás.

A nivel geopolítico se han encontrado con la realidad: la relación especial con EEUU tiene poca implicación económica»

enrique feás, real i. elcano

«A nivel geopolítico se han encontrado con la realidad: la relación especial tiene poca implicación práctica económica, aunque sea bonita. En la OTAN son aliados estratégicos. Para acuerdos de libre comercio están en la cola y los americanos aprietan. También han visto que antes tenían un aliado en EEUU dispuesto a favorecer al Reino Unido aunque eso perjudicara a la UE. No van a beneficiar al Reino Unido si perjudica a la UE. A EEUU le interesan los dos flancos.  Se ha visto en el tema de Irlanda. No hay apoyo incondicional», argumenta el investigador. 

Reino Desunido: Irlanda del Norte y Escocia

Esta realidad ha quedado escenificada en la cumbre del G7 en Cornualles, donde el primer ministro británico, Boris Johnson, ha ejercido de anfitrión. Era la primera etapa del primer viaje al exterior del presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Y Biden, católico y de origen irlandés, llamó la atención a Boris Johnson sobre su compromiso con los Acuerdos de Viernes Santo de 1998, que fijan que no puede haber una frontera rígida entre las dos Irlandas. Era posible cuando las dos (Irlanda del Norte está en el Reino Unido mientras Irlanda es independiente) estaban en la Unión Europea.

La solución adoptada, el protocolo de Irlanda, estipula que Irlanda del Norte siga en la unión aduanera del Reino Unido y también en la unión aduanera de la UE y alineada al mercado único. La frontera se fija así en el mar de Irlanda, que separa a Gran Bretaña de Irlanda del Norte. Los controles se harían en los puertos.

Ahora Boris Johnson quiere dar por muerto el protocolo de Irlanda, es decir, quiere incumplir un acuerdo firmado. No olvidemos que Boris Johnson tiene un pasado: como corresponsal en Bruselas del Daily Telegraph difundía bulos sobre la Unión Europea que hacían las delicias de los eurófobos.

Está creciendo el apoyo a la reunificación irlandesa como efecto contrario al empecinamiento de los unionistas en eliminar la conexión con Irlanda»

jason walsh, periodista y politólogo

«Está creciendo el apoyo a la reunificación irlandesa como efecto contrario al empecinamiento de los unionistas en eliminar la conexión con Irlanda. Cada vez más irlandeses, de los dos lados de la frontera, apoyan la reunificación. Ha más que nunca antes en 100 años. El sentimiento es que los unionistas han ido demasiado lejos», señala Jason Walsh, periodista y politólogo irlandés.

«Siendo realistas, la reunificación no sucederá de un día para otro. Tampoco hay una amenaza seria de violencia por el lado republicano. Sin embargo, sí que la hay del lado unionista porque sienten cada vez más presión. Si el Brexit fuera una jugada de póquer, diríamos que los unionistas sobrevaloraron su mano», añade Walsh. En su opinión, también hay que tener en cuenta que a los británicos en realidad no les importa Irlanda en realidad. «Los unionistas son leales a la unión con Gran Bretaña pero su lealtad no es correspondida. Los británicos no tienen interés en ellos».

A su vez, los independentistas escoceses han vuelto a poner sobre la mesa la celebración de un referéndum para dejar el Reino Unido. Escocia votó a favor de la permanencia y el vínculo con la UE fue determinante para que perdieran los independentistas en el primer referéndum, acordado con Londres.

Efectos en pymes y en los ciudadanos

Aún es pronto para evaluar los verdaderos efectos del Brexit en la economía del Reino Unido. La caída de la inversión, del crecimiento, de la productividad, se aprecian a cinco o diez años vista. Y el Brexit entró en vigor, tras una ardua negociación, el 1 de febrero de 2020. Justo en esas fechas empezaba a expandirse por todo el planeta el Covid-19. Crisis sobre crisis.

«A corto plazo son las pymes las que sufren una decisión así porque de un día para otro han de convertirse en exportadoras a terceros países. Para una pyme eso es un cambio estructural. Han de saber qué son los certificados de origen, certificados sanitarios. No se dieron cuenta de la eliminación de papeleo que suponía estar en la Unión Europea», apunta Enrique Feás. Las grandes empresas tendrán más papeleo pero no les afecta de la misma forma que a las pymes.

En caso de los ciudadanos, es evidente que han perdido derechos, algo que no les contaron los políticos defensores del Brexit.

«Creían que todo seguiría como hasta ahora. Pero no es así. No pueden estar en otro país de la UE más de tres meses. Obtener la residencia les cuesta más dinero. Ahora tienen los mismos derechos que un estadounidense, que son muchos menos que los de un europeo en términos de seguros, estancias temporales, residencias…», dice Feás.

A pesar de estas consecuencias negativas en el día a día de muchos británicos, el 82% asegura que votaría lo mismo que hace cinco años, según un estudio publicado por National Centre for Social Research, del politólogo John Curtice. De acuerdo con este estudio, si volviera a hacerse el referéndum, ganaría el no al Brexit por un 53% frente a un 47%. Pero si la pregunta fuera si quieren volver a la UE ganaría seguir fuera por un 52% a un 48%.

Es cierto que muchos británicos aún no saben qué votaron ni relacionan muchos de los efectos con la consulta del 23 de junio.

Hacia dónde va el barco europeo

El Reino Unido abandonó el barco europeo y aún no sabemos hacia dónde va el barco. De acuerdo con el investigador del Real Instituto Elcano, el problema es hacia dónde va la economía a cinco o diez años vista. Y esta evaluación también afecta a la Unión Europea. «Estamos en un periodo en el que nos movemos por la cuerda floja. Hay tres cuestiones fundamentales: la primera es la vacunación y creo que ha estado muy bien resuelta. Esa batalla política no ha tenido mucho coste. Pero queda por ver cómo se emplean los fondos y cómo se da la recuperación económica».

A juicio de Feás, «con los fondos y las reformas nos jugamos que haya gente en Europa dispuesta a tener un mecanismo fiscal conjunto. Tenemos una responsabilidad grande. Hemos de demostrar que se pueden poner fondos en común y que se utilizan bien. Dependen de la voluntad política, de la tensión electoral, voces que reclaman más Europa y menos… Es pronto para decir que la UE va a salir reforzada, pero estamos en un momento de mucha incertidumbre política y económica».

Cinco años después del referéndum, está al frente del Reino Unido Boris Johnson, uno de los artífices de aquel salto mortal. Como cuando era corresponsal en Bruselas, sigue sin respetar las normas ni los acuerdos. Decía que el Reino Unido tenía que recuperar el control. Más grande no será, sino menos influyente y con serio riesgo de cisma.