11S 20 años después

Montaje de terrorista yihadista, Al Qaeda y Estado Islámico

Carmen Vivas

Internacional ANATOMÍA DEL TERROR

La batalla campal del yihadismo, entre Al Qaeda y Estado Islámico

Dos décadas después, Al Qaeda ha sobrevivido a su escisión, Estado Islámico, y lidera la carrera que libran por el dominio del movimiento. Una competencia que podría convertir a Europa en escenario de ataques terroristas

El día en que Nueva York perdió su icono, mutilado primero por dos aviones y sepultado después bajo una capa de polvo y humo, fue apenas la tarjeta de presentación del horror. Luego, se sucedieron como un escalofrío interminable el 11-M en Madrid, el 7-J en Londres o el 13-N en París. Veinte años después, el yihadismo global es hoy un monstruo que ha extendido sus tentáculos hasta África o Asia y por cuyo liderazgo litigan Al Qaeda y el autodenominado Estado Islámico. Padre e hijo del mismo terror que compiten ahora con estrategias y tempos distintos, en busca de un preciado trofeo, volver a firmar un sangriento ataque en suelo occidental, probablemente Europa.

«El nivel de amenaza sigue siendo muy elevado. A pesar de haberse enfrentado a una tremenda presión antiterrorista en sus otrora paraísos seguros, grupos como Al Qaeda e IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) y sus respectivas ramas son aún viables y pocas han sido militarmente derrotadas», reconoce a El Independiente Javed Ali, profesor de la universidad estadounidense de Michigan. «Últimamente no han tenido éxito en lanzar grandes operaciones externas en Occidente pero, dado el tiempo, los recursos, las capacidades y la oportunidad que poseen, lo volverán a intentar», alerta.

La mayor transformación que se ha obrado en el yihadismo ha sido la escisión que en 2013 bifurcó su camino, representado desde entonces por la histórica Al Qaeda y la que fuera su sucursal en Irak, renombrada como Estado Islámico. “Veinte años después lo que tenemos es un yihadismo global, efectivamente escindido en dos. En 2013 la rama iraquí de Al Qaeda fue expulsada de la estructura global de Al Qaeda por la desobediencia de sus dirigentes a las órdenes que llegaban del mando central”, explica a este diario Fernando Reinares, Director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano.

A la caza de conflictos y estados frágiles

«Además de estar dividido, ese yihadismo está hoy mucho más extendido de lo que estaba hace dos décadas. Hablar entonces de yihadismo era hablar de Al Qaeda y de un pequeño elenco de entidades yihadistas afines o asociadas con ella, en conjunto, unos pocos miles de individuos implicados en sus actividades. Hoy, en cambio, es un conjunto de entidades que, por un lado, tiene como matriz a Al Qaeda y, por otro, a Estado Islámico. Sumadas, no son menos de 30.000 o 40.000 individuos», agrega Reinares, el mayor experto en terrorismo yihadista en nuestro país. Durante el lapso de tiempo que se extiende desde el ataque a las Torres Gemelas, los yihadistas han perfeccionado su fórmula de éxito.

Han pescado siempre en río revuelto. Allá donde latía una debilidad, una falla, un conflicto. «Un cambio importante del que hemos sido testigo los últimos años es que han trasladado el foco desde lo global a lo local», señala a este diario Stephanie Foggett, director de comunicaciones globales del Soufan Group, la organización de estudios antiterrorista fundada por el ex espía del FBI Ali Soufan.

«Han demostrado su habilidad para explotar e implicarse en conflictos a través de África, Oriente Próximo y el sur de Asia. Hoy el panorama global muestra un amplio abanico de lugares con gobiernos débiles y vacíos de seguridad. Son precisamente las zonas más vulnerables para la amenaza yihadista salafista”.

Países como Libia, Irak, Siria o Afganistán se han convertido en un granero de acólitos y escenarios de su batalla, también de la que libran hoy dos organizaciones rivales. «Hay muchos países desestabilizados donde pueden florecer extremistas aunque las principales víctimas son los propios ciudadanos de estos países», subraya Steve Hewitt, historiador de la universidad británica de Birmingham. Movimientos como Al Qaeda e IS han convertido el desarrollo de las nuevas tecnologías, la democratización de internet, en su mejor caladero, en un tiempo como el actual especialmente propicio para secuestrar voluntades.

Un ejercicio de resiliencia extrema

«La pandemia ha llevado a millones de personas a pasar grandes cantidades de tiempo en soledad, navegando por internet. Esto incrementará el sentido de injusticia, aislamiento que puede conducir a muchos, especialmente varones, a caer en el extremismo», predice Hewitt. Estructuradas en provincias en el caso de IS o en grupos que han jurado lealtad a Al Qaeda, ambas organizaciones se han hecho fuertes en el continente africano y en el sur de Asia. Han sufrido sucesivas pérdidas de dirigentes clave, desde Osama Bin Laden -liquidado en Pakistán en mayo de 2011- hasta el autoproclamado Abu Bakr al Bagdadi, asesinado en octubre de 2019 en un pueblo fronterizo de Siria. Y pese a las bajas, han demostrado su resiliencia para sustituir cartas y rearmar departamentos completos.

«Deberíamos preguntarnos por qué este movimiento ha sido capaz de crecer a pesar de todos los recursos militares y financieros dedicados a la guerra contra el terror en estas dos décadas”

Stephanie Foggett, director de comunicaciones globales del  Soufan Group

Un ejercicio de músculo que no solo no han detenido las ofensivas antiterroristas de los estados occidentales ni el refuerzo de la vigilancia. «Hay muchas lecciones que deben ser aprendidas de la respuesta al 11-S», admite Foggett desde Nueva York. «Antes de los ataques, Al Qaeda era una organización que incluía a cientos de combatientes. Hoy el movimiento puede reclamar que cuenta con decenas de miles de miembros afiliados con grupos y franquicias alrededor del planeta», arguye. «Deberíamos preguntarnos por qué este movimiento ha sido capaz de crecer a pesar de todos los recursos militares y financieros dedicados a la guerra contra el terror en estas dos décadas».

A su favor han jugado también con los desgarros que las intervenciones militares estadounidenses han causado en Irak o Afganistán, las estrategias fallidas de ocupación y el apoyo occidental a unos regímenes árabes que a base de violaciones sistemáticas de derechos humanos y corrupción han alienado a amplios sectores sociales.

En 2014, el avance del IS por el norte de Irak fue celebrado por la propia población suní, que había sido reprimida meses antes cuando había exigido pacíficamente reformas para eliminar un sectarismo político que los marginaba. «Las poblaciones atraídas a la causa yihadista a menudo lidian con el impacto del desgobierno, líderes políticos corruptos e inciertas perspectivas económicas», desgrana Foggett.

«La estrategia occidental, tan centrada en el poderío militar, no logró abordar este tipo de cuestiones sociales con los mismos recursos y la misma voluntad política. Hubo, además, abusos como los de Guantánamo y Abu Ghraib que comprometieron la posición de Estados Unidos a los ojos de muchas personas en todo el mundo», añade.

El vigésimo aniversario de los atentados que marcaron el inicio del siglo XXI se produce con la resaca del ascenso y caída de Estado Islámico. Su gloria fue tan rápida como breve. En 2014 una serie de victorias le llevó a controlar un tercio del territorio de Siria e Irak. A caballo de ambos países estableció un califato que fue una experiencia inédita de control territorial que desplegó un terror extremo y sin contemplaciones contra las minorías y la más leve disidencia.

«Llegó a conquistar muchas zonas del norte y oeste de Irak desde su bastión en el este de Siria. Cometió un error estratégico al establecer un Estado con una capital y un cuartel general conocido mientras actuaba como una organización terrorista y golpeaba París y Bruselas y otros objetivos como Teherán», asevera Juan Cole, profesor de historia de la Universidad de Michigan. «Rusia, China, la OTAN, Irán, Bagdad y Damasco acordaron que debía ser aplastado y poner todos los recursos en ese esfuerzo, un objetivo que fue completado en 2018», recuerda.

«Cometió un error estratégico al establecer un estado con una capital y un cuartel general conocido mientras actuaba como una organización terrorista y golpeaba París y Bruselas y otros objetivos como Teherán»

Juan Cole, profesor de historia de la Universidad de Michigan

La organización, formada por una nueva generación de yihadistas más impulsivos y deseosos del estrellato, parecía llamada a dar la puntilla a Al Qaeda. Pero el tiempo ha terminado dando la razón a la estrategia más calmada y menos mediática que aún lidera desde la frontera entre Pakistán y Afganistán Ayman al Zawahiri, el cirujano egipcio que fue número dos de Bin Laden. “En ese contexto de competición y rivalidad, Al Qaeda está hoy mejor posicionada globalmente que Estado Islámico”, estima Reinares.

El IS, subraya el experto español, representa «una versión todavía más extremista y más radical dentro del yihadismo global que al Qaeda». A su juicio, «tiene una estrategia para llegar al objetivo último del establecimiento de un califato islámico que domine sobre el conjunto de la humanidad en la que no caben las alianzas con grupos que no compartan su misma concepción del Islam, en la que no caben alianzas con tribus, clanes locales si no son basadas estrictamente en su sometimiento al modo rigorista, fundamentalista y belicoso en el que entienden el credo islámico».

Bin Laden y Aiman al Zawahiri.
Bin Laden y Aiman al Zawahiri. Hamid Mir

Al Qaeda vuelve a liderar la yihad global

Al Qaeda no es ya la estructura unitaria que pergeñó el 11-S sino una red de sucursales. «El mando central de Al Qaeda sigue hoy en ese ámbito paquistaní-afgano, pero es solo ya la cabeza de una estructura global que en estos momentos cuenta con seis ramas territoriales descentralizadas, con autonomía operativa pero que responde y sigue la estrategia central. Son entidades regionales que desarrollan campañas muy intensas y altamente letales de ataques y atentados», recalca Reinares. Una visión a largo plazo que comenzó a fraguarse en 2013. «Desde entonces ha estado dedicada a ampliar sus áreas de influencia, consolidar su establecimiento en importantes zonas del mundo islámico, donde hay conflicto o la autoridad estatal está muy limitada o es muy débil».

«El mando central de Al Qaeda sigue hoy en ese ámbito paquistaní-afgano, pero es solo ya la cabeza de una estructura global que en estos momentos cuenta con seis ramas territoriales descentralizadas»

Fernando Reinares, director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano

En el polvorín sirio optó por desligarse del expansionismo del IS y, evoca Cole, «se concentró en construir un mini-estado en Idlib, en el noroeste de Siria, y evitó ataques terroristas en Europa y América del Norte». Añade cómo «incluso se alió con grupos que recibieron fondos y armas de la CIA. Esa estrategia de localismo le ha permitido sobrevivir hasta ahora, gracias al paraguas de seguridad turco sobre Idlib que no tiene como objetivo proteger a Al Qaeda sino a los 3 millones de civiles desplazados y en peligro».

La paradoja ahora es que, dos décadas más tarde, Al Qaeda está preparada para su regreso a escena.

La paradoja ahora es que, dos décadas más tarde, Al Qaeda está preparada para su regreso a escena. Ha cooperado tradicionalmente con los talibanes en Afganistán y volverá a beneficiarse de su recién inaugurado control territorial, brindándole espacio para el entrenamiento de sus soldados y la preparación de nuevos ataques. Y la competencia que mantiene con Estado Islámico, salido de su costilla, terminará salpicando a Occidente.

«La competición por el dominio en el más amplio movimiento salafista yihadista entre Al Qaeda y el IS es una fuente persistente de amenazas para Occidente», advierte Michael Smith, experto en terrorismo de la universidad estadounidense Johns Hopkins. «Los ataques perpetrados por los partidarios de cada grupo pueden ayudar a incrementar sus capacidades de reclutamiento y generar más violencia. Ambos grupos siguen muy enfocados a cultivar apoyos y provocar acciones, particularmente en Europa».

“La competición por el dominio en el más amplio movimiento salafista yihadista entre Al Qaeda y el IS es una fuente persistente de amenazas para Occidente”

Michael Smith, experto en terrorismo de la universidad estadounidense Johns Hopkins

Europa, la diana más probable

El viejo continente, apuntan todos los expertos consultados, puede ser el escenario donde se libre esa riña. El epicentro de una lucha sangrienta. «Europa Occidental, en el contexto del modelo occidental, es ahora mismo el escenario más vulnerable. Desde luego, es un escenario más cercano para estos grupos que América del Norte o Australia y es más permeable en el acceso a través de sus fronteras», sugiere Reinares. «Durante el próximo año es altamente probable que Al Qaeda disfrute de aún más recursos para incitar la violencia en Occidente. Nuestra incapacidad para derrotarlas ayuda a que parezcan entidades duraderas y viables que merecen apoyo», comenta Smith.

Quedan muchas lecciones por aprender, porque los Estados son mucho más lentos a la hora de introducir reformas y cambios en sus estrategias y políticas antiterroristas

FERNANDO REINARES

Una de las lecciones del 11-S y de la guerra que inauguró el espanto de aquel día fue, como indica Ali, que “las reformas masivas en la arquitectura de la seguridad nacional puede llevar a la erosión de las libertades civiles y la privacidad en las democracias occidentales”, lamenta Ali. Otro de los traumáticos legados de un seísmo que, veinte años después, sigue produciendo un enjambre de réplicas.

«Quedan muchas lecciones por aprender, porque los Estados son mucho más lentos a la hora de introducir reformas y cambios en sus estrategias y políticas antiterroristas de lo que podamos pensar», reflexiona Reinares. «Los atentados pudieron haberse evitado teniendo un mejor análisis de la información recopilada, un intercambio más fluido de información entre las distintas agencias de seguridad dentro de un mismo país y mejores instrumentos jurídicos para desarrollar medidas como las que hubieran hecho falta en aquellos momentos», concluye.

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