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Shinzo Abe, el hombre que intentó librar a Japón de sus fantasmas

Shinzo Abe, en el parlamento japonés en mayo de 2018.

Shinzo Abe, en el parlamento japonés en mayo de 2018. EFE

Cualquier asesinato es una verdadera tragedia ocurra donde ocurra, pero que suceda precisamente en Japón, país tranquilo donde los haya, con una de las tasas de armas por habitantes más bajas del mundo y con una violencia política prácticamente inexistente, quizás impacta aún más. Y que encima sea de una figura increíblemente mediática, como Shinzo Abe, antiguo primer ministro del país (y el que más tiempo estuvo en el cargo de toda la historia de Japón), no deja de sacudir con más fuerza.

Abe, de 67 años, estaba dando un discurso en una calle de la ciudad de Nara, al oeste del país, cuando un hombre, supuestamente un antiguo militar, le disparó con una arma de fabricación propia. Su muerte ha sido confirmada por el doctor Hidetada Fukushima, responsable de emergencias médicas del Hospital Universitario de Nara a donde el político fue trasladado a toda prisa tras el disparo.

Un país consternado

Japón está ahora mismo en estado de shock: la violencia con arma de fuego es tan rara en el país que hay que remontarse unos noventa años para encontrar un antecedente de primer ministro asesinado. Fue en 1936, durante una época de militarismo radical que sacudió al país y que, de algún modo, anticipó la violencia extrema que se vivió en el país durante la Segunda Guerra Mundial. Pero tras la guerra, los asesinatos a políticos han sido tan escasos que el único caso parecido se vivió en el 2007, cuando el alcalde de Nagasaki recibió un tiro de un gángster y murió poco después. La tragedia conmocionó tanto a la opinión pública que enseguida se aprobaron leyes y reglamentos (aún más) restrictivos para la tenencia de armas y su uso. Desde entonces, cuando hay matanzas (como en el 2016, cuando se asesinaron a diecinueve personas en un internado psiquiátrico), se cometen normalmente con cuchillos. Los disparos solo los hace la «yakuza», la temible mafia japonesa.

En las calles de Japón y en las redes sociales, los comentarios de indignación son incesantes. Shinzo Abe ya no era primera ministro: dimitió en agosto del 2020, cuatro días después de haberse convertido oficialmente en el primer ministro que más tiempo había estado en el cargo (el anterior récord lo ostentaba, casualmente, un familiar suyo, Eisaku Sato, quien sirvió hace más de cincuenta años). Faltaba un año para que expirase su mandato (supuestamente finalizaba en septiembre del 2021), pero esgrimió problemas de salud para justificar su decisión (padecía una enfermedad crónica de intestino que se agravó durante la pandemia). «En política, lo más importante es dar resultados. Durante siente años y ocho meses he hecho lo máximo que he podido para darlos, pero he estado tendiendo problemas de salud y necesito tratamiento», dijo en una intervención televisada. Fue sustituido por Yoshihide Suga, un gran aliado de Abe.

«Abenomics»

Shinzo Abe era entonces –y siguió siéndolo– una figura política bastante respetada y tanto admiradores como detractores le reconocen que luchó con ahínco para que el país dejará atrás de una vez por todas los fantasmas que aún arrastraba desde la Segunda Guerra Mundial.

Shinzo Abe se presentó por primera vez al cargo de primer ministro en el 2006. Era el primer premier nacido después de la guerra, un simbolismo que no se le escapó a nadie. Su programa tampoco pasó desapercibido: prometía sacar a la economía japonesa de un largo periodo de estancamiento, contener el crecimiento descontrolado de China en la región y reflotar las fuerzas militares defensivas del país. Abe sirvió como primer ministro del 2006 al 2007 y, más tarde, del 2012 al 2020.

De las tres promesas electorales que hizo, su gran legado, desde luego, será su política económica, lo que el mundo conoció como «Abenomics«. Desde finales de los ochenta y, sobre todo, principios de la década de los noventa, el país arrastraba un crecimiento anémico. Había estallado de manera salvaje la burbuja inmobiliaria en los ochenta y en los noventa se colapsó la burbuja de los activos financieros (en 1990, el índice bursátil Nikkei cayó en picado). Abe se propuso luchar contra el estancamiento y volver a vivir un «milagro japonés» como el que se vivió después de la guerra.

Para ello, diseñó un programa de tres ejes, los conocidos como «las tres flechas»: una política monetaria agresiva, estímulos fiscales (e impulso del gasto público) y reformas estructurales. Se aumentó la cantidad de dinero para debilitar el yen y fomentar las exportaciones, los tipos de interés bajaron a mínimos y se invirtieron miles de millones en nuevas infraestructuras y ayudas económicas. También se intentó reformar la burocracia y bajó los impuestos a las empresas.

Los resultados fueron, en gran parte, positivos: el desempleo cayó a su nivel más bajo en décadas (llegó a estar en el 2,4%) y entre el 2015 y el 2017, Japón concatenó ocho trimestres consecutivos de crecimiento económico, algo que no se había visto en décadas. Las exportaciones aumentaron del 14,4% al 18,3% del PIB.

Sin embargo, también había indicadores menos grandilocuentes: el PIB real tan sólo creció en un 0,90%, los salarios no crecieron apenas y, sobre todo, las barreras comerciales y las trabas burocráticas continuaron siendo enormes. A pesar de que Japón evitó una recesión como la que vivieron muchas potencias occidentales, siguió no obstante adoleciendo de sus males de siempre: excesivo nivel de ahorro y poco consumo, altísima deuda pública (que incluso se incrementó del 2012 al 2019) y un cada vez más preocupante envejecimiento demográfico. Muchos analistas nipones insistían en que, a pesar de que las cifras económicas parecían en principio buenas y de que en los primeros años sí se vieron cambios, al final la gente de la calle no vio un crecimiento tan espectacular en su día a día.

Las mujeres, eso sí, experimentaron ciertos avances. Shinto Abe se propuso que hubiera más mujeres trabajando para contrarrestar los efectos temibles de la crisis demográfica que vivía el país. Las promesas fueron grandilocuentes –Abe prometió que habría muchas más mujeres en puestos de dirección y en cargos públicos–, pero aunque ha habido avances, tampoco han sido demasiado significativos.

Un líder con mucha proyección internacional

Si en la economía Abe consiguió resultados mixtos, no hay duda de que en prestigio internacional cosechó grandes éxitos. Fue un viajero incansable, se hizo amigo personal de muchos líderes mundiales (sobre todo de Estados Unidos) e intentó cerrar numerosos acuerdos comerciales.

Su gran éxito internacional, sin duda, o al menos el más simbólico, fue cuando acompañó a Barack Obama a visitar Hiroshima. Era la primera vez que un presidente de los Estados Unidos visitaba el lugar donde cayó una de las dos bombas nucleares que lanzó el ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial y el simbolismo del momento fue inmenso.

Con Donald Trump también intentó llevarse bien y lo fue a ver en la Casa Blanca. También lo recibió dos veces en Japón en visita de estado. Shinzo Abe fue uno de los grandes defensores del Tratado del Pacífico, una iniciativa de la administración Obama para crear una gran área de libre comercio entre Estados Unidos y once países de la ribera del océano Pacífico. Cuando la administración Trump puso fin a la idea, Abe siguió con la iniciativa por su cuenta y logró que los once países firmasen una coalición en el 2018.

Con China sus relaciones fueron más complejas. En principio, intentó tender puentes con Pekín y visitó a Xi Jinping en el 2018. Era la primera vez en siete años que un primer ministro japonés pisaba la capital china. También se llegó a entrevistar bastantes veces con Vladimir Putin. Aunque parezca mentira, Japón y Rusia siguen técnicamente hablando en guerra ya que aún no han alcanzado un acuerdo satisfactorio para resolver la situación de cuatro islas que Japón reclama como propias y Moscú asegura que son suyas (se las quedó después de la Segunda Guerra Mundial). Desgraciadamente, a pesar de las numerosas conversaciones, no se llegó a nada y la situación sigue igual que siempre.

Un Japón militar

Mientras Shinto Abe se transformaba a los ojos del mundo en el epítome de un Japón moderno, la realidad dentro del país era bastante más compleja. No había duda de que tenía una vena nacionalista y no era ningún secreto que quería que Japón volviese a tener un gran peso militar propio. En muchos de sus discursos insistía en que el país debía dejar atrás sus fantasmas.

Para Abe, esa frase significaba que Japón volviese a ser una potencia militar, un gesto que muchos miraron con desconfianza y muchos otros, directamente con pánico (hubo numerosas y nombradas manifestaciones). La región ya es demasiado turbulenta de por sí como para introducir más leña al fuego, pensaron muchos. El país aún no estaba preparado para sanar ciertas heridas, esgrimieron otros (después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos exigieron a Japón que pusieran una cláusula explícita en su constitución renunciando a cualquier esfuerzo militarista y posibilidad de declarar la guerra).

Pero Abe insistió en que Japón no podía volver a ser agresiva, pero sí debía tener capacidad defensiva o, como él decía, el país tenía derecho a la «autodefensa colectiva». Por ello, en un gesto muy arriesgado, en el 2015 consiguió que el parlamento aprobara la posibilidad de que misiones de combate niponas se uniesen a misiones de aliados en maniobras conjuntas si el país era atacado.

Un claro nacionalista

También, en otro gesto increíblemente controvertido, en el 2012 visitó el santuario de Yasukuni, el lugar donde se rinde homenaje a las víctimas de guerra, incluso a algunas personas que fueron consideradas criminales de guerra. En el 202o, en el 75 aniversario del final de la guerra, dio un discurso centrado únicamente en las víctimas japonesas de la contienda y sin nombrar las que causó Japón en Asia.

También se negó a seguir pidiendo perdón por las atrocidades cometidas por los japoneses en Asia y en algunas declaraciones reconoció que Japón ya había pedido perdón suficientes veces. «No debemos dejar que nuestros hijos, nietos y futuras generaciones, personas que no tuvieron nada que ver con la guerra, estén predestinadas a pedir perdón», dijo en una ocasión. Algunos críticos le echaron en cara que quisiera reescribir la historia y muchos también consideraron un tremendo error que, bajo su mandato, se cambiasen los textos escolares para presentar lo que oficialmente se consideró una visión más ecuánime de lo sucedido. Muchos creyeron que Abe estaba negando hechos históricos traumáticos.

Semejante planteamiento le acarreó numerosas críticas de sus vecinos en Corea del Sur. Hay que reconocer que Corea fue una de las principales víctimas del expansionismo nipón y que, durante la guerra, entre muchas otras atrocidades, miles de mujeres coreanas fueron violadas y explotadas sexualmente. Muchos analistas han reconocido que, durante el gobierno de Abe, las relaciones entre Tokio y Seúl llegaron al nivel más tenso desde que Japón ocupó Corea y la transformó en una colonia.

En un discurso del 2015 ante el Congreso de los Estados Unidos (fue el primer premier japonés en dirigirse a la cámara de representantes americana) intentó matizar algo sus declaraciones, pero sin excesivos sentimentalismos. «La historia es cruel», dijo simplemente. «Lo que se ha hecho no puede deshacerse. Nuestras acciones provocaron sufrimiento a las personas de países asiáticos».

Una saga familiar controvertida

En el fondo, muchos japoneses estaban de acuerdo. Cualquier persona que conozca mínimamente bien el país sabe que los nipones aún arrastran numerosos fantasmas de la época de la guerra. Fantasmas que siguen muy vivos generación tras generación.

El propio Shinzo Abe mismo conocía bien esos fantasmas por su propia familia. Abe, nacido el 21 de sptiembre de 1954 en Tokyo, descendía de una saga de políticos ultranacionalistas: su propio abuelo materno, Nobusuke Kishi, llegó a ser acusado de crímenes de guerra por los estadounidenses, si bien finalmente fue liberado de los cargos y sacado de la prisión sin haber pasado por un juicio. Kishi llegaría a ser primer ministro entre 1957 y 1960 e intentó desesperadamente imponer una agenda nacionalista potente, aunque no lo consiguió

El padre de Shinzo Abe, Shintaro Abe, también fue político, aunque mucho más moderado. Fue un líder destacado del Partido Liberal Democrático (el partido que ha gobernado Japón casi ininterrumpidamente desde el final de la guerra) y llegó a ejercer de ministro de Asuntos Exteriores.

Con semejantes antecedentes familiares no es de extrañar que Shinzo Abe se inclinase por la política y tras formarse en Ciencias Políticas en la universidad Seikei de Tokio y en la de California del Sur, comenzó su andadura cuando era tan sólo un jovencito de 28 años. Era el año 1982 y entró a trabajar como asistente de su padre, entonces ministro.

Después de que su padre muriera en 1991, él se presentó a las elecciones para ocupar el escaño parlamentario que había ocupado Shintaro por la prefectura de Yamaguchi. Años más tarde, en el 2000, se convirtió en Vicesecretario General del Partido Liberal Democrático. Acompañó al primer ministro a Pyongyang en el 2022 a Corea del Norte para negociar la liberación de ciudadanos japoneses secuestrados (consiguieron liberar a cinco). Aquello le marcó profundamente y fue el origen de su voluntad de crear un Japón más fuerte militarmente.

De hecho, en cuanto se hizo con el poder en el 2016, lo primero que intentó fue que Japón cambiara su Constitución para poder tener músculo militar. Quería que el país no dependiese tanto de los Estados Unidos para su defensa, lo que significaba crear bases militares por todo su territorio. El gesto, mal calibrado, le costó el cargo. Las calles de Tokyo se llenaron de manifestantes pacifistas y él dejó el cargo citando motivos médicos. El escándalo que provocó todo el embrollo (sumado a unos cuantos escándalos políticos) hizo que el Partido Liberal Demócrata, que había gobernado ininterrumpidamente Japón desde el final de la guerra, perdiese las elecciones parlamentarias del 2009. Los substituyó el Partido Demócrata.

No tardaron, eso sí, en regresar por la puerta grande. El Partido Demócrata fue incapaz de generar resultados tangibles y su gestión del desastre nuclear de Kukushima, en el 2011, dejó mucho que desear. En el 2012, Shinto Abe estaba de nuevo en el puesto de primer ministro.

Fue entonces cuando centró sus esfuerzos en reflotar la economía. Abe dejó atrás su perfil más aguerrido y nacionalista para presentarse como un líder pragmático y razonable, mucho más en sintonía con lo que el electorado quería. Siguió intentando avanzar en temas militares, pero lo hizo de manera más discreta, sin que empañaran el resto de su agenda. Fue la mejor cara de Shinto Abe y la que mejor réditos le dio, tanto electorales como en términos de reputación internacional.

En los últimos años de el cargo, la mala suerte se había vuelto a cebar con él (el país consideraba que no había gestionado demasiado bien la pandemia y hubo unos cuantos escándalos políticos) y no le quedó más remedio que dejar de nuevo el puesto.

Pero siguió siendo un político con un inmenso tirón. Tanto, que últimamente estaba haciendo mítines sin parar para ayudar a su partido de cara a las inminentes elecciones a la Cámara Alta. En uno de sus mítines ha sido brutalmente asesinado.

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