Internacional | Opinión

El último pastor de los dromedarios

Unos dromedarios en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf (Argelia). FRANCISCO CARRIÓN

La lluvia empezó a caer de forma incesante sobre las dos jaimas, las cabras se protegían del agua debajo de una acacia, los dromedarios daban pequeños saltos de alegría. Era una mañana que había empezado con una fuerte tormenta de arena que provenía del este. El niño iba con su cuenco acompañando a su padre, el sol estaba cubierto de nubes claras que provenían del sur. El padre dio unos pasos sobre la arena mojada mientras el niño dejaba las gotas de lluvia caer en el interior del cuenco. Quería llevarle a su madre el agua de lluvia para hacer el primer té de la mañana.

El pastor de los dromedarios se alejaba cubierto con su turbante, buscaba un pequeño habitáculo de ramas para protegerse del agua. Yo seguí en el interior de la jaima cerca del brasero donde la mujer preparaba el primer té de la mañana. Empecé a pensar en la idea de un gran diluvio, un mar de lluvia que cubra la arena después de muchos años.

Sentí pánico y alegría. Sabía que el desierto había sido una verde sabana, un mar y un bosque tropical. Empecé a imaginar los elefantes, las cebras, los leones y los ñus. Desparecieron las dunas y de repente todo se convirtió en una pradera verde salpicada de enormes árboles.

Bebí el primer vaso de té. Tenía un sabor amargo. Le pregunté entonces a la mujer: «¿Con qué agua has cocido el té?».

Ella me miró detenidamente, después cogió un vaso cubierto de espuma y me dijo: «El agua que bebemos es agua de lluvia, es el agua que se queda atrapada en las dunas en el interior de un río seco. Allí cavamos un pequeño pozo, forramos sus paredes con Mrokba [planta típica del desierto del Sáhara con propiedades medicinales]».

El Sáhara era una tierra de dunas doradas cubierta de hierba y los animales pastaban en total libertad

Las gotas de lluvia se sentían sobre la jaima, todo empezaba a mojarse, pero el fuego del té se mantenía vivo como única señal de calor frente a la lluvia que nos alegraba la mañana después de un verano lleno de tormentas de arena.

Empecé a recordar a mi madre cuando me hablaba de sus amigas de la infancia de cuando salían a pedir terrones de azúcar. El Sáhara era una tierra de dunas doradas cubierta de hierba y los animales pastaban en total libertad.

Me sentí nostálgico cuando cesó la lluvia y se hizo de noche. El pastor de los dromedarios me invitó a cenar con él. Me sacó unos dátiles, un cuenco de leche y un pan de cebada untado con mantequilla de cabra.

Luego calentó sus manos sobre la brasa, llenó su pequeña pipa de picadura de tabaco y me dijo con esa mirada viva que atravesaba la luz de la noche: «Sabes una cosa, nosotros los pastores de los dromedarios vamos a desaparecer un día. Entre los aviones que bombardean nuestras zonas de pasto y las minas que han sembrado en nuestra tierra, tenemos los días contados».

Comí un dátil untado con mantequilla de cabra, probé un trozo de pan y me acordé del cielo de aquellas luces que me recuerdan la infancia.

El pastor siguió hablando de los años fértiles y de los nombres de sus dromedarios.

Yo seguí pensando en las minas, los bombardeos de los aviones no tripulados de Marruecos. La agonía de los nómadas en el desierto del Sáhara.


Ali Salem Iselmu es periodista y escritor saharaui.

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