Hace justo cien días que Estados Unidos e Israel atacaron Irán con el objetivo de derrocar al régimen de los ayatolás e impedir para siempre su carrera nuclear. Fue Benjamin Netanyahu quien convenció a Donald Trump de emprender la operación. Le aseguró que sería un éxito fácil de conseguir. Pero el régimen se mantiene en pie, aunque muchos de sus dirigentes han caído. Y ha descubierto que cuenta con cartas como el cierre del estrecho de Ormuz. Desde el 7 de abril está en vigor una tregua tambaleante. Trump está decidido a que sea el anticipo de un acuerdo con Teherán. Sin embargo, el primer ministro israelí insiste en seguir atacando el Líbano, para acabar con Hizbulá, aliado de Teherán.

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Israel atacó Irán el domingo por primera vez desde el inicio de la tregua. El régimen de Teherán respondió, de modo que el temor a una escalada se hizo mayor. Sin embargo, el presidente de Estados Unidos dijo contundente, según el Financial Times: "Yo tomo las decisiones. No es él quien toma las decisiones". Y reafirmó que Netanyahu "no tendrá otra opción" que acepta un acuerdo con Irán, si finalmente se alcanza. En declaraciones a Axios, Trump decía el domingo que estaba "cerca". Pero lleva así semanas.

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Tras los ataques del domingo y el lunes, Trump pidió a Netanyahu y al régimen de Teherán que pararan. Los dos parece que le han hecho caso. De momento.
"Las hostilidades en este frente cesaron, ya que tras los golpes que asestamos al régimen terrorista de Teherán, ha dejado de atacarnos", afirmó el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Si Irán "comete el error de reanudar sus ataques", Israel responderá "con toda la fuerza", advirtió el primer ministro israelí. Irán insiste en que la tregua afecta al Líbano pero Netanyahu discrepa con el argumento de que Hizbulá sigue bombardeando territorio israelí.

Trump tiene prisa

Trump quiere llegar a un acuerdo con Irán lo antes posible ya que los efectos económicos del cierre de Ormuz y su pulso con los ayatolás le hace aparecer como un líder débil en pleno año electoral. En noviembre se celebran las legislativas de medio mandato y si los republicanos pierden escaños en la Cámara de Representantes y la mayoría en el Senado la capacidad de acción del presidente quedará limitada. Trump sabe que si Irán escala van a implicarse los hutíes, las milicias chiíes de Irak, y sus aliados en la región van a padecer las consecuencias.

"Estados Unidos e Irán se están testando mutuamente como parte del proceso en el que busca cómo construir confianza entre ellos. Washington y Teherán quieren que termine la guerra por distintas razones. Irán incluso está dispuesto a ofrecer algo que pueda vender Trump como victoria siempre que se levanten las sanciones económicas y no haya una renuncia total al desarrollo nuclear", ha dicho Ellie Geranmayeh, investigadora en el ECFR, en un encuentro con periodistas. "Israel, sin embargo, quiere la escalada. Netanyahu es quien está dispuesto a que descarrile el proceso".

Netanyahu también medirá su fuerza en las urnas este año. Si se muestra débil con Hizbulá, y con Irán, perderá apoyos. Pero tampoco puede arriesgarse a enfadar a su amigo americano. Israel sigue dependiendo en gran medida del armamento y los sistemas de defensa aérea de EEUU.

El dilema de Netanyahu

Como escribe Gideon Rachman en el Financial Times, "Netanyahu se enfrenta ahora a una decisión muy difícil. ¿Suspenderá los ataques contra Irán y Hizbulá, con el riesgo a parecer débil ante los ojos tanto del régimen iraní como de la opinión pública israelí? ¿O desafiará a Trump y pondrá en peligro su alianza con Estados Unidos?". Y añade: "El dilema es aún más agudo porque el acuerdo de paz en el que está trabajando Trump parece que dejará a Irán en una posición financiera más sólida, y aún con una capacidad nuclear residual".

Netanyahu lo sabe y por eso lo intenta torpedear. En realidad, es él quien falló en sus cálculos. Su plan era asestar un golpe final a su enemigo regional, con la ayuda de Estados Unidos. En lugar de conseguir un éxito propio y de paso facilitar un triunfo a Trump le ha llevado a un atolladero. Y además no facilita la salida.

"Al iniciar una guerra sin cuartel contra los enemigos de Israel, Netanyahu pretendía restaurar su propia reputación y asegurar su futuro político. La victoria sobre Irán estaba destinada a ser el logro culminante: el triunfo definitivo sobre el enemigo supremo, convenientemente conseguido en un año electoral. En cambio, es probable que Netanyahu se presente a las elecciones a finales de este año con los enemigos del país vivos y coleando, y con el apoyo a Israel cayendo en picado en todo Occidente e incluso en la Casa Blanca", apunta Rachman. Sentencia que su visión sobre la seguridad, y su desprecio por la diplomacia, ha fracasado. Cuanto antes lo reconozca antes podrá rectificar.

Según escribe Joshua Leiffer en Haaretz, "el primer ministro es un astuto actor político al que se ha dado por perdido en numerosas ocasiones, y aún podría encontrar la manera de recuperarse de la humillación que le ha infligido Trump y de la frustración de los israelíes, agotados por casi tres años de guerra. Pero Netanyahu tampoco se ha presentado nunca a unas elecciones con el telón de fondo de una debacle estratégica de esta magnitud. Su carta de presentación era que, al haber convertido a Israel en una potencia regional, su poderío militar hacía innecesarias las soluciones diplomáticas. Esa ilusión se ha hecho añicos, y el Israel de Netanyahu se ve obligado, con demasiado retraso, a reconocer los límites de su poder".