Mariano Rajoy no lo dijo sin pensar. En un discurso tan medido como el que pronunció en este segundo tramo de la sesión de investidura, una afirmación así no se cuela por casualidad en el texto. Y ésa es la auténtica piedra de toque de todas las intervenciones que escuchamos ayer en el Congreso de los Diputados.

Hay que decir que Antonio Hernando hizo un buen discurso en el que seguramente es el papel más difícil que le ha tocado jugar en toda su vida política. Explicó bien el rechazo de su partido a las políticas del Gobierno de Rajoy, fue todo lo duro que tenía que ser tratándose, como se trataba, de la posición del primer partido de la oposición, una formación que aspira a volver a ser alternativa creíble de gobierno, pero no tuvo empacho en plantear de entrada la decisión de la gestora de abstenerse para permitir desbloquear la situación insólita e impresentable que hemos padecido, por culpa de Pedro Sánchez, desde el 20 de diciembre. Casi un año ya.

Antonio Hernando cogió el toro por los cuernos desde el primer momento

Y no eludió la palabra abstención en ningún momento, lo que le diferencia de sus elusivos compañeros socialistas, que nos han dado todo un recital de eufemismos para no pronunciar el término temido. Hernando cogió el toro por los cuernos desde el primer momento de su intervención e hizo una exposición cruda pero cierta de la situación política a la que se enfrenta hoy España.

Algunos de los diputados de su grupo escucharon de mala gana a su portavoz y unos pocos de ellos se abstuvieron de secundar los aplausos de sus compañeros de grupo. Pero los hechos se imponen y el PSOE se abstendrá el sábado para permitir que Mariano Rajoy sea presidente del Gobierno.

La posición de los socialistas es extraordinariamente delicada y el sábado tendremos ocasión de comprobar hasta qué punto su batalla interna va a afectar a su trabajo parlamentario y a la supervivencia de la línea política que se ha impuesto en el último momento, cuando la campana estaba a punto de tocar y de entronizar a Pedro Sánchez en el liderazgo del partido, con lo que eso habría conllevado en términos de estrategia política.

Pero, a pesar de que tienen pendientes de resolver todas las gravísimas contradicciones que han aparecido en su seno desde el último Congreso Federal, el hecho es que están obligados a mantener intacto en la medida de lo posible su papel de líder de la oposición, lo cual les obliga a plantear al Gobierno una larga serie de exigencias para obligarle a abandonar su programa político. Y debe hacerlo así, primero porque es su obligación y su necesidad y, segundo, porque tiene que defender la posición frente a los intentos, un tanto burdos, es verdad, de un Pablo Iglesias henchido de sí mismo y del deslumbrante papel que le tiene reservado la Historia. Pero sea un intento de brocha gorda o no lo sea, lo cierto es que el PSOE tiene a Podemos mordiéndole los talones con el propósito confesado de derribarlo definitivamente y ocupar triunfante su lugar.

Por todas esas razones los socialistas han de cumplir su obligación. Pero hay unos límites que no podrán traspasar, so pena de cargarse toda su estrategia. Y esos límites se encuentran en el Partido Popular y están a la vuelta de la esquina, será lo primero que se encuentren. El PSOE tiene que intentar modificar determinadas partidas del proyecto de Presupuestos que el Gobierno en funciones tiene listo para su discusión y aprobación en un tiempo récord. Pero no puede, de ninguna de las maneras, apretar las tuercas hasta el punto de que los Presupuestos no puedan ser aprobados y enviados a Bruselas.

Este es el primer toque y es esencial. Sin Presupuestos para 2017, la legislatura echará a andar con un grado de cojera tal que será muy difícil que recorra el trecho previsto de los cuatro años. Y el Gobierno no va a admitir, porque no puede permitírselo, una modificación que suponga un incremento de gasto cuando está comprometido con Bruselas a reducirlo en más de 5.000 millones de euros. Vamos a ver cómo se encara y se resuelve esta primera y definitiva prueba.

Mariano Rajoy tiene una ventaja: guarda en su mano el as de una disolución de las Cortes

Por lo que se refiere al presidente del Gobierno, su dilema es la otra cara de esta misma moneda. Tiene que aceptar modificaciones en su programa, pero no va admitir en ningún caso, no puede hacerlo, que se le impongan políticas que, en su opinión, den al traste con la recuperación económica que vive ahora mismo el país. También tendrá Rajoy y su equipo que transitar por senderos muy inseguros. Pero el presidente tiene una ventaja: guarda en su mano el as de una disolución de las Cortes. Por eso dijo lo que dijo: «Lo que dure la legislatura».

Fue una manera elegante de advertir que está preso pero no maniatado. Claro que esa decisión no podrá tomarla mientras no se haya hecho evidentísimo que su Gobierno no puede gobernar. También él tiene que medir muy bien sus cesiones y, sobre todo, sus negativas. Ahí se juega mucho más que su prestigio: se juega el devenir de España.

Así están las cosas planteadas hoy. Y en este equilibrio inestable empezamos los españoles a caminar a partir del lunes por el alambre.