Hace unas horas que hemos visto a Neymar vestido de azulgrana y rodeado de focos. Pero su equipo ya no será el FC Barcelona, sino el Paris Saint-Germain (PSG).

El dueño del club parisino, el fondo catarí Qatar Investment Authority (QIA), pagará un total de 300 millones de euros por el jugador (222 por la rescisión de su contrato y 80 millones más en impuestos).

Lejos quedan las cifras pagadas por Pogba por parte del Manchester United, los 101 millones que el Real Madrid desembolsó al Tottenham por Bale o los 94 que el equipo presidido por Florentino Pérez transfirió al Manchester United por Ronaldo.

Al igual que hemos vivido una burbuja tecnológica, una burbuja financiera, o una burbuja inmobiliaria, la pregunta es si no estamos ya ante una burbuja futbolística, que podría acabar como sus predecesoras: con un estallido que puede llevarse por delante a algunos de los que ahora tiran de chequera como si el negocio pudiera estirarse sin fin.

Neymar tiene 25 años y, según dicen en Barcelona, se marcha al PSG cansado de ser el segundo de Messi. Quiere ser el número uno y ganar el próximo Balón de Oro. El mítico Johan Cruyff ya advirtió cuando el brasileño aterrizó en el Camp Nou en 2013 que era muy complicado tener a dos gallos en el mismo corral. Josep María Bartomeu, presidente del Barça, se queda sin una de sus estrellas y, además, tiene que hacer frente al proceso por estafa que se sigue en la Audiencia Nacional por el oscuro fichaje del jugador, obra del anterior presidente del club, Sandro Rosell, internado en la prisión de Soto del Real acusado de quedarse con 6,5 millones –posteriormente blanqueados en Andorra– procedentes de la venta de derechos de la selección brasileña de fútbol.

Como se ve, no es oro todo lo que reluce en el mundo del fútbol. El ex presidente de la Real Federación Española, Ángel María Villar, acusado de delitos de corrupción, administración desleal y apropiación indebida, etc. acaba de salir de prisión tras pagar una fianza de 300.000 euros. Los jugadores más valiosos de la Liga tienen problemas con el Fisco: Ronaldo ha declarado esta semana por un presunto fraude de 14,7 millones de euros y Messi fue condenado a 21 meses de prisión el pasado mes de mayo por no haber tributado por unos ingresos de 10,1 millones percibidos por sus derechos de imagen. El propio Neymar fue condenado en 2016 a pagar 45 millones de euros por defraudar a la Hacienda brasileña.

Es difícil que se superen las cifras que se manejan en estos momentos. El precio pagado por Neymar plantea la legitimidad de una operación que tiene detrás a un estado como Qatar

Pese a todo, la bola del fútbol no para de crecer. Las cinco grandes ligas europeas (por importancia: la Premier, la Bundes Liga, La Liga española, la italiana y la francesa) generarán este año un negocio de 15.000 millones de euros, lo que representa el 61% del negocio global del fútbol. El 50% de los ingresos en las principales ligas procede de los derechos de televisión.  En la liga española, la facturación por este concepto se elevará este año a 2.990 millones de euros.

En la temporada 2015/2016, el Real Madrid facturó 620 millones de euros, con un resultado neto de 30,3 millones de euros. En esa misma temporada, su eterno rival, el FC Barcelona, ingresó 679 millones, con un beneficio de 29 millones. Sin embargo, mientras que el club blanco prácticamente no tiene deuda, el blaugrana acumula 280 millones.

Florentino Pérez ha sido uno de los grandes visionarios del negocio del fútbol. Desde su primer periodo como presidente del Real Madrid (2000-2006), con fichajes sonados como el de Figo, Zidane o Beckham, tuvo claro que un equipo sólo puede ser grande si tiene en su plantilla a los mejores jugadores del mundo. El empresario suele decir que no se puede decir si un jugador es caro o barato por el precio, sino por lo que reporta al club en ingresos. El Barcelona ha seguido esa estela y, gracias a esa rivalidad, que tiene no sólo un carácter deportivo, sino también político, la Liga ha llegado a ser una de las mejores competiciones del mundo.

Aunque los grandes equipos europeos suelen llenar sus estadios en cada partido (en estos momentos es imposible acceder a un abono del Real Madrid si no se es socio), los ingresos provienen cada vez en mayor medida del merchandising y, sobre todo, de los derechos de televisión.

Al mismo tiempo que la facturación de los clubes engorda, el negocio también crece para las empresas que compran los derechos. En enero de 2016 Mediapro vendió Bein (que incluye los derechos sobre los partidos de Liga) a Movistar por 2.400 millones de euros. Jaume Roures, que sigue teniendo los derechos para España de la retransmisión de la Champions y los derechos de la Formula 1 para Latinoamérica, está negociando la venta el 72% de Mediapro al fondo chino Orient Hontai Capital por 1.500 millones de euros.

¿Hasta dónde puede llegar el boom del fútbol? La entrada de capital chino (el grupo Wanda compró el 20% del Atlético de Madrid por 60 millones) o de capital árabe (Qatar no sólo controla el PSG, sino que ha sido hasta hace poco el patrocinador de la camiseta del Barça, que ha ingresado de la Qatar Sport Investment 171 millones en las dos últimas temporadas), además de la aparición de nuevos actores como Facebook o Google, son fenómenos que parecen garantizar un futuro prometedor a corto y medio plazo. El fútbol arrasa en Europa, América Latina, África y Asia y cada día cuenta con más adeptos en Estados Unidos.

El fútbol es el deporte global por excelencia. Sin embargo, es muy difícil que las cifras que se han alcanzado ya, tanto en el precio de los fichajes, como en lo que se paga por los derechos de televisión, puedan crecer de forma sostenida durante mucho tiempo más.

El propio fichaje de Neymar plantea además la cuestión de si es legítimo que un estado (Qatar) compita con capital privado en un mercado que corre el riesgo de explotar si no se siguen unos mínimos criterios de prudencia financiera.

El caso Neymar es, por ello, una piedra de toque que debería llevar a una nueva regulación del fútbol. Aunque sólo sea para que la burbuja no estalle antes de lo que cabría esperar.