Los independentistas catalanes han logrado aglutinar a sus seguidores en torno a una bandera: la estelada. No importa que no se trate de la bandera oficial de Cataluña (la senyera), que debe ser considerada por ellos casi como una reliquia de una superada autonomía, de la indeseada pertenencia a España.

Muchos catalanes cuelgan con orgullo la estelada de sus balcones porque, para ellos, esa bandera significa la ruptura, la diferencia y la aspiración de un futuro mejor fuera de España.

Algunos balcones de Madrid y de otras ciudades comienzan a lucir banderas españolas como una respuesta espontánea a la ofensiva del independentismo. No me sorprende. Lo que me llama la atención es que a ciertos demócratas -sobre todo, de la izquierda- les resulte llamativo, incluso políticamente incorrecto. Recuerdo un mitin de Pedro Sánchez en Madrid en el que se dirigió a los militantes del PSOE con una gran bandera de España de fondo. Algunos de los asistentes al acto criticaron en privado al secretario general porque consideraron que fue víctima de «un exceso de patriotismo». Sin duda, no entendieron el significado de su gesto.

Lo que me llama la atención es que ciertos demócratas consideren políticamente incorrecto lucir la bandera española

Los jóvenes que salen a las calles de Barcelona con las esteladas al cuello identifican la bandera española con el franquismo, con un pasado del que se avergüenzan. Pero los que ya tenemos cierta edad sabemos lo que costó esa bandera, que es el fruto de un pacto político que cerró la profunda herida de la guerra civil, la división entre las dos Españas.

La reconciliación que se llevó a cabo tras la muerte de Franco, de la que es fruto la bandera constitucional, ha hecho posible -como recordaba ayer la Fundación Constitucional Española- los mejores años de nuestra historia en términos de libertad, bienestar y democracia. Cuando veo nuestra bandera la identifico con esos valores y por eso me siento orgulloso de ella.

No podemos volver a caer en el error que cayeron nuestros padres o nuestros abuelos con su guerra, que también fue una guerra de banderas, y que costó medio millón de muertos y cientos de miles de exiliados.

Por desgracia, hoy en Cataluña se produce el mal que apuntaba George Brassens en La mala reputación: no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado (estelado, por supuesto).

La virtud de nuestra bandera, la constitucional, es que no es excluyente, supone la integración de los símbolos de las nacionalidades y regiones que conforman España. Que nadie se equivoque: la Guardia Civil no subirá a Montjuic para plantar la bandera española como si fueran los marines fotografiados por Joe Rosenthal en la batalla de Iwo Jima. El «a por ellos» es sólo un grito minoritario de los que también quieren rememorar viejas e inútiles guerras.