El máster pudo ser un una vía de acceso a una puesto de élite en la Universidad o, simplemente, un pecadillo de vanidad. O ambas cosas. El caso es que la crisis política más profunda de esta legislatura la ha provocado un falso máster del que ya casi nadie recuerda su nombre.

Uno puede entender que alguien tenga la tentación de adornar su currículum con un MBA de Harvard, pero arriesgarse a un escándalo por un máster de Derecho Público del Estado Autonómico de la URJ revela que el objetivo principal no era presumir entre los amiguetes o compañeros de partido, sino garantizarse un paracaídas para cuando tocara abandonar la política. Hay que ser previsor.

La presidenta de la Comunidad de Madrid ha pagado muy cara su mala gestión del problema. En los últimos días, Javier Maroto, Pablo Casado e incluso José Manuel Franco, han salido airosos de situaciones comprometidas relacionadas con sus currículums. El problema de Cifuentes ha sido mantenerse en una versión que día a día se hacía más insostenible. Y ahora ya es demasiado tarde para rectificar.

Ese error de planteamiento ha propiciado que Albert Rivera cambiara de posición: de mantener la presunción de inocencia de la presidenta madrileña a pedir su cabeza con moción de censura incluida.

Quizás para justificar su viraje y, consecuentemente, poner fin a un acuerdo de gobierno firmado tras las elecciones de mayo de 2015, Ciudadanos ha hecho una encuesta que, naturalmente, le da la razón: la mayoría de los madrileños (un 66%) quiere que Cifuentes dimita; además, C,s sería hoy el partido más votado en Madrid con el 26,5% de los votos ¿Cómo no pedir la cabeza de la líder del PP?

Ahora Rivera esperará sentado para ver pasar el cadáver de su socia en el gobierno de la Comunidad. No tiene prisa. El reloj de la moción de censura está en marcha y juega a su favor. Mientras Cifuentes se mantenga amarrada al cargo, las grietas del PP se harán más evidentes. Así que, cuanto más tarde dimita, mejor para Ciudadanos.

Rivera espera con calma ver pasar el cadáver de su socia en Madrid, mientras en el PP y en Moncloa se apartan para forzarla a tirar la toalla

Lo peor que le ha ocurrido a la presidenta en las últimas horas es que ha puesto su cabeza en manos de Rajoy y éste ha mirado ostensiblemente para otro lado. Martínez-Maillo lo ha dejado claro: “Las siglas están por encima de las personas” ¡Qué mal suena eso! Mientras tanto, en Moncloa se limitan a mantener una prudente distancia, mientras, en privado, la dan ya por amortizada.

En su auxilio ha salido la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que ha planteado el caso Cifuentes como el paradigma de la traición de Ciudadanos. Aguantar es la consigna. Una consigna sólo compartida por el reducido núcleo de fieles de la presidenta en Madrid. Pero, ¿aguantar para qué?

En caso de que Cifuentes lograra salvarse -cosa absolutamente improbable- Cospedal vería reforzado su poder en el partido. Pero si, finalmente, Rajoy decide que hay que mantener el gobierno de la Comunidad por encima de todo, el presidente estará en deuda con su ministra de Defensa: “Me debes una, Mariano”. En la soterrada lucha interna por el poder en el PP este tipo de escaramuzas tienen su trascendencia. Y Cifuentes no es un simple peón. Es -o era- un eficaz alfil con pretensiones de reina.

Si alguien está dispuesto a mentir para ocultar una falta de poca monta, qué no haría para tapar algo mucho más gordo

En el entorno de la presidenta se lamentan: “Ha hecho una buena gestión y ha combatido la corrupción, como se demostró en el caso del Canal. De hecho, sus enemigos son gente como Granados o Nacho González“. Bueno, eso no es del todo cierto. Como recordábamos hace un par de semanas, el juez García Castellón tiene en sus manos una imputación que la hubiera obligado a dimitir, esta vez sí, por imposición del acuerdo de investidura.

El caso es que Cifuentes está a punto de caer por una memez. Pero una memez significativa, reveladora. Primero, porque a la gente que ha hecho un gran esfuerzo por sacarse un máster le molesta que otros tengan el mismo título sin haber pisado una clase. Y, en segundo lugar, porque si alguien está dispuesto a mentir para ocultar una falta de poca monta, qué no haría para tapar algo mucho más gordo.

En política se pueden perdonar muchas cosas, pero nunca la mentira. Alguien que no dice la verdad no merece la confianza de los ciudadanos.