Nos llega una nueva cabriola a cargo de los dos principales dirigentes de Podemos. Ahora no se trata – en realidad nunca se ha tratado de eso- de si estos dos jóvenes políticos deben o no deben comprarse un casoplón en la sierra madrileña. De lo que se trata durante  estos días es de saber si unas personas que han basado su imagen y su política en escudriñar las credenciales éticas de los demás y en emitir sentencia de acuerdo a sus propios criterios selectivos que marcaban la senda indubitable por la que debía marchar todo aquél que aspirara a ser aprobado por el nuevo Savonarola de la izquierda española, de saber, digo, si esas personas que han tenido ese comportamiento de suma intransigencia moral, pueden caer alegremente en los comportamientos que hasta ayer mismo ellos condenaban, ridiculizaban y rechazaban con una contundencia indiscutible, sin que les sea recordado su recientísimo pasado y la muy llamativa contradicción en la que ellos mismos se han dejado caer a plomo en su inmediato presente.

Evidentemente, no pueden eludir el examen despectivo al que están siendo sometidos. Y tampoco pueden eludir el descrédito político y ético al que se han hecho acreedores ante la opinión pública. Pero ahora se han vuelto a exhibir con una nueva cabriola que ya no puede ser calificada de error monumental y ni siquiera de gigantesca torpeza porque es, en realidad, una trampa indecente.

Ahora se han vuelto a exhibir con una nueva cabriola que es, en realidad, una trampa indecente

La cosa consiste en que estos dos personajes han decidido consultar a las bases no qué les parece que se hayan comprado esa casa magnífica y si consideran que deberían renunciar a ella y optar por una cosa más discreta, también en el campo si es lo que prefieren, también en Galapagar, donde hay muchas otras casas con un jardincito y hasta con una pequeña piscina pero claramente más modestas.  No, no. Lo que les han preguntado a sus militantes es si, en vista de que la casa está ya comprada, aunque no pagada, y de que ellos no tienen la menor intención de rebajar sus pretensiones, deben dimitir de sus cargos. Dimitir los dos. Así, a capón.

Primero, no es de recibo que un dirigente político deposite sobre los hombros de sus bases una responsabilidad que le compete a él -en este caso, a ellos- en exclusiva. Eso es tanto como escurrir el bulto, ponerse de perfil e incumplir una de sus principales obligaciones, que es precisamente la de liderar y aceptar con ese liderazgo el deber de asumir las decisiones, también las colectivas, que adopte el partido. Porque fundamentalmente los líderes están para encabezar los movimientos y ponerse al frente  de la manifestación, no para que la manifestación dirija la marcha y el líder se sume a ella sin mayor responsabilidad que la del último militante. En ese caso, lo que debería hacer es abandonar su puesto y permitir que otro miembro de su formación asuma la carga que debe acompañar a todo dirigente digno de ese nombre. Esto lo sabe muy bien Pablo Iglesias que, a pesar de la apariencia de esa democracia asamblearia que nos intenta vender, dirige a su partido con mano de hierro.

A pesar de la apariencia de esa democracia asamblearia que nos intenta vender, Iglesias dirige a su partido con mano de hierro

Eso en primer lugar. Pero en segundo lugar, lo que Iglesias y Montero plantean a sus inscritos es un auténtico chantaje de enorme calibre convertido en una pregunta con respuesta pagada dada la envergadura de la alternativa que se les plantea. Es decir, lo que las bases tienen que decidir es si descabezan ahora mismo a su partido o lo dejan mantenerse en su estado actual. Nada menos. ¡Pues sí que está el panorama político para meterse ahora en la renovación de la cúpula dirigente de cualquier formación, con el precio en votos que eso supondría sin lugar a dudas!

Pero eso es lo que la pareja ha tenido el atrevimiento y la desvergüenza de haber preguntado a sus inscritos. No si les parece bien o les parece mal la decisión que ya han tomado y que no piensan rectificar, sino si, una vez tomada la decisión evidentemente inamovible, la bases están dispuestas a atreverse expulsarles fulminantemente  de sus cargos.

Evidentemente, Iglesias y Montero van a ganar porque, por irritadas o decepcionadas que estén, las bases de Podemos no van a ser tan insensatas como para lanzarse a cortar ahora la cabeza de su partido y eso es algo que la pareja sabe mucho antes de que les empiecen a llegar las primeras respuestas: les van a decir que no se vayan, naturalmente. Pero, atención, es de esperar, o más bien es de exigir, que con esas respuestas favorables en la mano, ni Iglesias, ni Montero ni Echenique ni Monedero ni tampoco Errejón se atrevan a interpretar que a la mayoría de los inscritos les ha parecido bien el salto mortal, la cabriola, protagonizada por el secretario general de Podemos y la portavoz de su grupo parlamentario, que han cambiado de categoría social y se han instalado en aquella a la que tantas invectivas dedicaron durante años. Porque semejante interpretación estaría levantada sobre una monumental mentira.

Han planteado una  disyuntiva radical que sea inasumible por las bases: decidir entre la vida y la muerte del partido

Por eso digo que la que han planteado a su gente es una pregunta con la respuesta pagada. Porque no era ésa la pregunta que deberían haberle hecho a la militancia. Pero el problema que hubiera tenido para ellos el  hacer la pregunta correcta -qué opinan de la compra de esa casa- formulada honradamente y con afán de tener en cuenta la respuesta, es que les habría salido mayoritariamente crítica. Y esa certeza en la respuesta negativa les habría tenido que empujar a hacer precisamente lo que no quieren: bajar de nivel y abordar su “proyecto de vida”, como lo denomina Montero, no en la pobreza, por Dios, sino un poco más modestamente. Por eso se han subido a los cuernos de la luna y les han planteado una  disyuntiva radical que resulte inasumible para las bases: decidir entre la vida y la muerte del partido.

No era esta la cuestión, bien lo saben ustedes, señores Montero e Iglesias. Por eso no quieren ustedes preguntar de verdad sino tan sólo hacer como que preguntan.

¡Tongo!