Pido perdón al lector del interior de la M-30, y mucho más al no madrileño que acabe leyendo esto con cara de visitante primerizo del zoo. Siguiendo esa analogía, los que pacemos en Fuenlabrada hemos sido siempre para el capitalino medio como un ratopín rasurado, apenas una excentricidad deportiva que emerge de cuando en cuando para atorar como un metrónomo al Estudiantes, al Ramiro de Maeztu y a todo lo que representan.

Quizá como castigo, hasta hace unos meses volver a casa de madrugada desde “el centro” era como cruzar el Rubicón, o como andar sobre las aguas. Dos búhos con un enlace macabro en Aluche: hora y media en el mejor de los casos, hasta tres en el peor. El célebre 803. Es la forma sibilina que tenía Madrid de expulsarte, de recordarte que tardarías menos en llegar a tu pueblo manchego, extremeño o castellano que a tu ciudad dormitorio. Que nunca pertenecerías.

Ahora -han hecho falta ¡20 años! de reclamación vecinal y política- el búho sale de Atocha, lo que ha provocado dos cosas: tarda un tercio de lo que tardaba antes, pero pasa con la misma frecuencia y lo usa el triple de gente. El efecto llamada era esto y no Pedro Sánchez achicando barcos en el Mediterráneo como si fuera el Cata Díaz en el Bernabéu.

El búho ha sido la forma sibilina que tenía Madrid de expulsarte, de recordarte que tardarías menos en llegar a tu pueblo que a tu ciudad dormitorio

El viernes, para coger el de las 2 de la mañana, la curvilínea cola se extendía más de 100 metros mientras el conductor hacía su descanso reglamentario, con la luz apagada y contemplando el espectáculo que empezaba a fraguarse fuera. Parecía un torero tragando saliva mientras ve desangrarse al caballo del picador. Sobre la arena nos batíamos veteranos y noveles a la espera de la chispa, que en estos casos siempre es alguien que se cuela o que lo intenta. El primer puñetazo no lo vi, pero vino precedido de un “te hundo la cara, pedazo de mierda” verdaderamente concluyente.

Los púgiles, de algún modo, consiguieron subir al autobús. Eran de un lado un chico con su novia y, del otro, cinco adolescentes que se llamaban “primo” entre ellos y vociferaban bastante. Avisaban al rival de que iban a estar pendientes de “dónde se bajaba”, a lo que el contrincante respondía firme que “aquí mismo si querían”. Hubo entonces un cruce de puñetazos torpes, desperdiciados en el aire, e interrumpidos por un bienhechor que propuso en voz alta llamar a la Policía. En voz más alta, y a muy pocos milímetros de su cara, respondió uno de los boxeurs adolescentes que se callara, porque “se lo comía” a él y “a todo el autobús”, una audiencia a la que para entonces ya se había puesto inutilmente en contra.

Aquí y allá aparecían héroes que trataban de ejercer ascendencia sobre el conflicto, con nulo éxito. Los hombres recibían como respuesta la amenaza y las mujeres el silencio. Los cobardes nos cambiábamos el móvil al bolsillo más cercano a la ventana y más lejano al pasillo, por si acaso, y lo sacábamos de vez en vez para pasar algún audio por WhatsApp, por las risas.

A los 20 minutos había llegado la Policía -recibida al grito de “¡Viva la Guardia Civil!” cuando irrumpía en el abarrotado vehículo- para llevarse a los protagonistas del espectáculo. Una pena. Emprendió la marcha el 803, pasado de peso, tambaleante en las rotondas celebradas con un “oé” colectivo tipo montaña rusa, perdido en la moviola del conflicto, vivo en sus rescoldos. Preguntó una chica a gritos que si la próxima parada era la del Hospital, y respondió otra desde el fondo que no, que era “la de tu **** madre”, en un exabrupto apasionado pero no escandaloso, como de almuédano que llama a la oración en una mezquita de barrio. El que lo quiere escuchar, lo escucha.

(A mi lado, un chaval que había podido viajar gracias a la generosidad de otro que le dejó 60 céntimos, se lo agradecía con una conversación fabulosa sobre futbolistas con bigote, las medias del Tato Abadía y los cigarrillos que se fumaba Zinedine Zidane en los hoteles de concentración de la selección francesa.)

El conductor culminó el viaje poniendo un boletín radiofónico con Soraya y Casado hablando de ‘los problemas de los españoles’, para despelote general

A Fuenlabrada el bus entró pegado al 803 anterior y acechado por el 803 posterior, que debió ser el único de la noche que consiguió dejar Madrid en tiempo y forma. Parecía aquello una caravana de miseria arrabalera, cargada de almas en pena maldiciendo que el Car2Go no se pueda llevar más allá del Manzanares. En un momento dado, con el autobús ya semivacío, el conductor vivió su momento de liberación personal y puso la radio hablada -“la emisora”, dijo una joven, con emocionante antigüedad-, donde emergió un boletín horario con sus pitidos, protagonizado por Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado hablando de “los problemas de los españoles” para despelote general.

Me recordó todo a la polémica tan de izquierdas que en las últimas semanas han protagonizado Alberto Garzón y Daniel Bernabé, un escritor fuenlabreño que acaba de publicar un libro alertando de los peligros de la diversidad para la unidad de clase. Basaba su teoría en que cuando se baja del AVE en Atocha y se monta en el Cercanías para volver a Fuenlabrada lo que ve es una clase diversa, estrambótica, aparentemente desconectada entre sí, pero en paz y subconscientemente unida. Es milenaria la distancia conceptual entre el tren y el autobús, en todas las sociedades y en todos los tiempos. Si hubiera cogido el 803, habría escrito otra cosa. Maldito extrarradio.