El presidente compareció anoche para hacer balance de la semana que ha transcurrido desde la promulgación del decreto de alarma por el coronavirus.

Fue una intervención larga, un poco plomiza, llena de lugares comunes y de elogios a los ciudadanos, a los profesionales de la salud, a los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado… Pero su mensaje no fue en nada tranquilizador. Todo lo contrario. No sólo porque, una vez más, nos vaticinó que lo más duro está por llegar («la ola más dañina pondrá a prueba nuestro temple», dijo), sino porque dio la sensación de que el gobierno sigue yendo, una semana más, detrás de los acontecimientos.

Si, de verdad, Pedro Sánchez cree -en eso estoy de acuerdo- «que España vive la situación más grave desde la Guerra Civil», no se entiende cómo todavía la mayoría de los ciudadanos con síntomas de coronavirus no hayan podido hacerse las pruebas para saber si están o no contagiados. Las compras masivas anunciadas ayer deberían haberse hecho, como mínimo, hace ocho días.

Llevamos una semana en estado de alarma y en las farmacias no hay alcohol. Cuando lo peor está por llegar, el sistema sanitario está ya colapsado

¿De qué sirve el confinamiento si las personas que estamos confinadas no sabemos si somos o no portadores del virus y no sabemos, por tanto, si lo estamos contagiando a los miembros de nuestras familias?

No se entiende, que se diga ahora, cuando han transcurrido siete días de estado de alarma, que se van a poner en marcha acuerdos con empresas españolas para producir todo aquello de lo que carece nuestro sistema sanitario. Y no hablamos de sofisticados aparatos, sino de cosas tan sencillas como alcohol, mascarillas o desinfectante, del que carecen la mayoría de las farmacias, al menos en Madrid, que es el epicentro de la crisis.

Sin duda, las cifras se van a disparar aún más. Sobre todo, porque el contagio se ha expandido desde hace mucho tiempo sin que se hayan puesto los medios para evitarlo.

El sistema sanitario está al borde del colapso. Con las UCI a reventar (el caso del Severo Ochoa de Leganés es sólo un ejemplo) y con los médicos, enfermeras y personal auxiliar al límite de sus fuerzas. Esto quiere decir que esa «ola dañina» que nos anunció anoche el presidente va a pillar al sistema sanitario en el peor de los escenarios posibles. Por no hablar de las residencias de mayores, en las que se siguen viviendo situaciones dantescas.

Hay que hacer más cosas y menos propaganda. La única forma de ponerle freno a la pandemia es movilizar todos los recursos posibles apelando al patriotismo y a la responsabilidad de todos, incluyendo, por supuesto, a nuestras grandes empresas. El esfuerzo que ha hecho Inditex -que ha puesto su logística y sus fábricas al servicio del gobierno- no debería de ser una excepción. Los ministerios de Economía e Industria hace tiempo que tendrían que haber convocado a los principales líderes empresariales de los sectores afectados para pedirles que se involucren en el gigantesco esfuerzo que se requiere parar al virus.

Sánchez no puede salir cada semana a contarnos lo bien que lo va a hacer el gobierno en los próximos días, sino a dar cuenta de resultados, de avances. Los españoles necesitamos un presidente que nos dé esperanzas. Estamos ya hartos de promesas.