La crisis total que está produciendo en nuestro país la lucha contra el coronavirus nos trae aparejada y de rondón una batalla interna en el seno del Consejo de Ministros que se está librando por parte de Pablo Iglesias y que tiene ribetes de lamentable y vergonzoso ridículo en la medida en que el líder de Podemos no soporta no formar parte del núcleo del mismísimo cogollo formado por los cuatro ministros que se ha responsabilizado de coordinar y de centralizar todas las acciones que se adopten contra esta pandemia que nos está costando muchas vidas y que nos va a costar aún muchas más.

Ese afán de estar en la primera fila de lo que él entiende como una exhibición de poder personal, sin darse cuenta, por pura soberbia y su irredento y ciego afán de protagonismo, de que esa exposición pública les puede costar a todos los ministros y a su presidente -y seguramente les costará- pagar el muy alto precio que le van a pasar al cobro los españoles en cuanto la amenaza haya quedado atrás. Ese afán de Iglesias está dando pie a novedades tan risibles y al mismo tiempo tan inaceptables como su aparición el jueves pasado.

Ese día tuvo que aparecer el ministro de Sanidad, Salvador Illa, para explicarnos que había decidido transferir al vicepresidente segundo la coordinación de todo lo relacionado con los asuntos sociales. La comparecencia de Illa en ese momento no tuvo más finalidad que la de presentar en sociedad a Pablo Iglesias, que por fin, y después de haber sido el responsable de la prolongación de las siete interminables horas del Consejo de Ministros del martes anterior, una buena parte de la cuales se destinó a resolver la presión del señor Iglesias para que él mismo o alguno de los suyos se metiera en el sanedrín de la crisis, lograba asomar la gaita en el atril de los «elegidos».

Pablo Iglesias nos colocó un mitin propio de una campaña electoral y no una información de pura gestión de su departamento

Pero cometió el primer gran error cuando, con una ignorancia fruto de su falta de experiencia y de su afán por destacar, nos colocó un mitin propio de una campaña electoral y no una información de pura gestión de su departamento, que era lo que correspondía en esas circunstancias. Nos colocó su ideología y sus apelaciones demagógicas a cómo había que enfrentar esta crisis y nos describió el modelo económico que se tendría que imponer necesariamente cuando hubiéramos conseguido salir de ella. Y lo hizo sin el menor ápice de duda, lo cual estuvo totalmente fuera de lugar.

Una cosa impresentable pero que dio la medida de su visión del problema. Es evidente que lo considera una oportunidad para imponer su modelo de sociedad a la menor oportunidad que se le presente. En esa comparecencia demostró no solo no haber entendido la dimensión de la amenaza sino tampoco el papel que se espera que cumplan quienes tienen la responsabilidad de hacerle frente y vencerla.

A todo eso el señor Iglesias añadió una inadmisible excusa de defensa de la libertad de expresión para no condenar sino, al contrario, amparar la cacerolada que su propio partido había convocado para la hora en que el Rey se dirigía a la nación para alentarla a resistir el ataque del coronavirus. Eso sin contar el pésimo ejemplo que ha dado al quebrantar, por dos veces públicamente y otras dos veces en reuniones ministeriales reducidas , la cuarentena a la que estaba obligado desde el momento en que su pareja está diagnosticada como infectada por el virus.

El presidente es imprescindible porque sobre él recae toda la responsabilidad de las decisiones pero el señor Iglesias resulta prescindible

Se dirá en su descargo que ésa es también la circunstancia en que está el presidente del Gobierno. Es verdad, pero hay una gran diferencia entre él y Pedro Sánchez y es que la presencia del presidente es imprescindible porque sobre él recae toda la responsabilidad de las decisiones que se adopten en el equipo de gestión de la crisis y el señor Iglesias resulta prescindible, tanto que en un primer momento ni siquiera se contó con él y solo ha aparecido públicamente tras el atril de los responsables por sus presiones para hacerse presente ante el público.

De todo esto se sigue que existe una clara diferencia en las estrategias de cada uno de los partidos políticos que componen este Gobierno de coalición. Diferencia que sería explicable en las vísperas de una convocatoria electoral pero que resulta insólita y extremadamente preocupante a apenas tres meses de haberse constituido el equipo gubernamental.

Eso significa que, presionados por su falta de visibilidad en estas circunstancias, los ministros de Podemos van a intentar desmarcarse de todas las decisiones difíciles y electoralmente perjudiciales para el partido que este Gobierno se va a ver obligado a tomar en los próximos meses, puede que en los próximos años. En una palabra, que van a intentar hacer la guerra por su lado en cuanto comprueben que nos les sale a cuenta electoral asumir según qué aspectos amargos de la tarea de gobernar. Y de ésos va a haber muchos de ahora en adelante.

Es mucha la distancia ideológica que separa el Partido Socialista, incluso al Partido Socialista de Pedro Sánchez, del viejo partido comunista y no digamos ya del leninismo en el que se ha formado Pablo Iglesias y que compone las bases de su identidad política. El pacto firmado a todo correr dos días después de las elecciones entre el líder del PSOE y el de Unidas Podemos fue un pacto de estricta conveniencia coyuntural dictado por el resultado electoral. La pérdida de votos y de escaños del PSOE empujaba a Sánchez a abrazarse a un socio tan necesitado como él.

La necesidad, y no la de la proximidad ideológica, fue la razón de un pacto al que ya se le están abriendo las costuras

Y ese socio era, en su opinión que yo considero profundamente equivocada, otro gran castigado en escaños y en votos de las elecciones. Un Pablo Iglesias que en ese abrazo de perdedores vio la oportunidad de alcanzar el sueño de su vida política: llegar a formar parte del gobierno de España. Ésa, la de la necesidad y no la de la proximidad ideológica, fue la razón de un pacto al que ya se le están abriendo las costuras, y eso que no hemos hecho más que empezar a recorrer el camino de las desgracias no sólo en lo que se refiere a las víctimas mortales sino a las víctimas laborales y económicas, un recuento que está todavía por venir.

En esa batalla, de la que el Gobierno -éste o cualquier otro que se hubiera tenido que enfrentar a una crisis de semejante envergadura- no puede salir más que dañado, el señor Pablo Iglesias va a intentar hacer política por su cuenta. En un principio por un procedimiento al que su partido es extraordinariamente aficionado y que ha practicado insistentemente estos días: el de filtrar a los medios de comunicación las propuestas que hacen los ministros de su partido y el de apropiarse de otras que han sido aprobadas en el Consejo y que ellos dicen haber «arrancado» a los ministros socialistas.

Eso es algo que está irritando enormemente a éstos y que ha producido ya un distanciamiento y una desconfianza que se inició cuando se produjo el debate en torno a la ley de libertad sexual que los de Podemos se empeñaron en que fuera aprobada antes del 8-M a pesar de que carecía del mínimo rigor técnico exigible en un proyecto de ley salido de la mesa del Consejo de Ministros. Distanciamiento y desconfianza que se ha acrecentado con motivo de la crisis del coronavirus y el modo en que la parte podemita ha utilizado a los medios de comunicación para poner en valor, frente al resto del Gobierno, sus iniciativas tanto si eran ciertas como si las filtraban «adornadas».

Pero más adelante, cuando la crisis del virus haya pasado y quede el desolador paisaje después de la batalla a la vista del público, los reproches y las acusaciones a este Gobierno por haber reaccionado tarde y mal a la amenaza -y ahí va a entrar de lleno la irresponsabilidad de haber alentado, consciente de que el riesgo ya existía en España, las concentraciones en toda España de cientos de miles de personas en el Día Internacional de la Mujer- cuando los reproches y las acusaciones cerquen a este Gobierno, los de Pablo Iglesias intentarán desmarcarse de las críticas a base de exhibir públicamente sus propuestas de medidas que tendrán, inevitablemente, el sello del populismo más crudo pero que serán compradas por una parte de la población, sobre todo por la más golpeada.

De modo que no se puede augurar a esta coalición, consumada aprisa y corriendo, un futuro tranquilizador para los intereses y las necesidades de los españoles. Y aquí hay que repetir lo que el presidente Sánchez nos dice una y otra vez respecto a la crisis que padecemos hoy. También en lo que respecta a la coordinación y a las diferencias fundamentales en el seno del Gobierno, cuando no en los enfrentamientos internos, lo peor está aún por llegar.