No, no es inoportuno hablar de las diversas responsabilidades de China en esta crisis. No, no es racismo ni desapropiación cultural someter a revisión algunas de las prácticas o costumbres del gran país asiático. No, no podemos dejar este debate «para cuando haya pasado todo».

Esta pandemia es tan grave, sus efectos son tan devastadores, que es obligatorio abordar el papel de China. Entre otras cosas, porque no es la primera vez que en sus mercados populares nace una catástrofe de salud pública.

En los últimos cien años ha habido cinco epidemias cuyo origen ha sido China: la gripe asiática de 1957, de la Hong Kong de 1968, la gripe aviar de 1977, el SRAS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) en 2002 y el COVID-19 que ahora sufrimos. Los que se originan en China no son los únicos, pero sí los principales focos de riesgo para la salud global. Y tienen causas perfectamente detectadas.

Ya sabemos que la medicina china, cuyas raíces se hunden en la historia milenaria de ese pueblo, utiliza animales salvajes o silvestres en sus compuestos, animales que también forman parte de la dieta habitual porque algunos se consideran un manjar. Pues bien, simple y llanamente: esto tiene que cambiar.

Es una obligación para el Gobierno de Pekín establecer todo un plan destinado a erradicar el consumo de animales salvajes, sobre todo de mamíferos, y su uso en la medicina tradicional

No será fácil que lo haga de golpe, pero es una obligación para el Gobierno de Pekín establecer todo un plan destinado a erradicar el consumo de animales salvajes, sobre todo de mamíferos, y su uso en la medicina tradicional. 

La comercialización debería ser el objetivo número uno. Las epidemias que he mencionado han obligado a las autoridades a avanzar en las medidas adecuadas, pero hace falta mucho más.

Por ejemplo, después de la explosión del actual COVID-19 en otoño de 2019 –tan mal gestionada en sus primeras semanas desde todos los puntos de vista-, el Parlamento chino aprobó la prohibición de comercio y consumo de animales salvajes, pero de forma temporal, mientras dure la pandemia. Si la medida se queda ahí, y de la prohibición se pasa a recomendaciones de “uso razonable” y a propuestas de mera regulación, como ocurrió después del SARS, dentro de unos años habrá otro brote letal. 

Lo que necesitamos, lo que la UE y la comunidad internacional tiene que lograr de China, son medidas drásticas que prohiban definitivamente el comercio y el consumo de los animales que impliquen serios riesgos para la salud, y que se pongan en marcha controles muy estrictos –y qué otro país podría hacerlos mejor que China—para impedir el comercio ilegal de esos animales. La ley china tiene que ser muy clara al respecto, con penas y multas severas en caso de incumplimiento, y acompañada de garantías de aplicación y control. 

Todo el que haya viajado a China (y a países asiáticos) ha podido comprobar, visitando mercados locales, otro peligro derivado de la falta de estatus claro sobre el uso y consumo de animales silvestres, de forma que en esos mercados se venden junto a otros productos de alimentación. Las intoxicaciones causadas por microorganismos patógenos son frecuentes en un país muy densamente poblado y cuyos habitantes, ya desde hace años, viajan mucho al resto del mundo. 

La llegada de productos sin las debidas exigencias y controles sanitarios es una auténtica bomba de relojería

Además de turistas, China exporta cada vez más alimentos. La llegada de productos sin las debidas exigencias y controles sanitarios es una auténtica bomba de relojería. El Gobierno chino tiene que hacer un enorme esfuerzo en este campo. Además de las consecuencias para la salud que estamos viendo, con decenas o quizá cientos de miles de muertos, esta es una auténtica catástrofe económica para determinados sectores y países.

Pensemos en el turismo, que en España supone nada menos que el 12% del PIB; en la hostelería, en determinadas manufacturas, en el transporte aéreo, en la paralización de las economías globalizadas… No nos engañemos, tarde o temprano empezarán a alzarse voces pidiendo responsabilidades económicas de China, además de las sanitarias.

Son muy de agradecer ahora los esfuerzos chinos por compartir experiencias, por ayudar; muy generosos los envíos de material sanitario, sobre todo cuando la responsabilidad de la UE para hacer eso mismo fracasó miserablemente hace algunas semanas.

Y eso hay que agradecérselo ahora y siempre, pero es evidente que otro comportamiento de China habría desembocado en algo muy distinto a esta emergencia global, y que su actitud actual no puede hacer que se evaporen sus responsabilidades humanas ni económicas. 

Acabo haciendo uso de la frase de Séneca que China imprimió en los paquetes de más de un millón de máscaras que envió a Italia la semana pasada: “Somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín”.

Por eso mismo, por el bien de los propios chinos y de los ciudadanos de todo el mundo, debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para que China adopte leyes y tome medidas que impidan que se repita otra pandemia.


Adrián Vázquez Lázara es eurodiputado de Ciudadanos, presidente del Comité de Asuntos Jurídicos y miembro del comité de Agricultura.