Cuando el pasado martes Pedro Sánchez nos anunciaba que nos encaminamos hacia una “nueva normalidad” nuestro voluntarioso presidente del Gobierno espesaba la atmósfera onírica que nos envuelve desde que el 12 de marzo cerraran los centros escolares de todo el país. Como apenas el 8 de marzo nos animaba a manifestarnos y en esa misma fecha 3.000 aficionados colchoneros se desparramaban en Liverpool esparciendo alegría (el Atleti ganó) y presumiblemente numerosos virus, la sensación de surrealismo estaba más que justificada ya entonces.

Y en eso seguimos ahora, con esta nueva iteración del oxímoron gubernamental: intenta el presidente reconciliar la normalidad, que se corresponde con lo familiar y acostumbrado, con lo nuevo y por tanto ontológicamente inhabitual. 

La crisis ha revelado dos realidades que habíamos decidido obviar: la subordinación de los medios frente a las autoridades públicas y la naturaleza brutal del Estado protector

Y lo peor es que el presidente del Gobierno tiene razón, aunque uno sospecha que por accidente. Y es que la crisis causada por la pandemia ha revelado dos realidades perfectamente habituales que simplemente habíamos (él y casi todos) decidido obviar pero que ahora se manifiestan con alarmante claridad: la abyecta subordinación de los medios frente a las autoridades públicas y la naturaleza brutal del Estado protector. 

Vayamos por partes. Hasta el 11 de marzo, los niños españoles iban al colegio y el gobierno sostenía que la misma enfermedad que había forzado el cierre de la provincia china de Hubei desde finales de enero y de 11 municipalidades en la Lombardía era, que no se alarme nadie, como una gripe, pero menos. Y eso nos contaban los medios.

Los de aquí, claro. Los asiáticos estaban contando otra cosa y por eso la población china en España andaba ya desde enero en autoaislamiento por su cuenta y ausente de por ejemplo los colegios del sureste de la Comunidad de Madrid donde tienen una presencia notable y donde solo se les veía para ir a los exámenes obligados por las autoridades españolas. Y con su mascarilla quirúrgica.

Mientras, los españoles puntualmente informados por los medios patrios nos hacíamos un Obelix colectivo universal: mira que son raros estos chinos. Y resultó que no. No eran raros. Hacían lo que su gobierno indicaba a los medios de comunicación que hicieran. Bueno un poco raritos sí: allí los medios los controla un Estado autoritario tan propenso al encarcelamiento arbitrario como a organizar campos de reeducación.

Obviamente, queda claro por qué los medios de comunicación chinos dicen lo que el gobierno les dice que digan. Y además, es que los orientales son muy disciplinados. 

No como los occidentales. Nada que ver, oiga. Como Pedro Sánchez, en el resto de Occidente estábamos ya entonces y seguimos ahora en la nueva normalidad hiperconectada en la que todos, teléfono móvil en ristre, somos periodistas autónomos más allá del control de cosas tan carcas como los gobiernos, no hablemos ya de los medios de comunicación convencionales.

Aquí nos ocupan las cuestiones de verdad importantes en nuestra realidad postmoderna como el neopopulismo, la postverdad y las fake news en las redes sociales y, el último añadido a la neofauna del neomundo comunicativo, las agencias de fact checking

En apenas unas semanas se nos ha ‘orientalizado’ de golpe la vida, la sociedad y el gobierno… de repente llevamos dos meses de arresto domiciliario. Y sin hora de patio

Excepto que en apenas unas semanas resulta que se nos ha orientalizado de golpe la vida, la sociedad y el gobierno. Como quien no quiere la cosa en Occidente, donde habíamos dejado atrás cosas como la dimensión autoritaria del Estado, que es asunto de chinos o de comunistas o de la Guerra Fría o la de los Treinta Años, que para el caso es lo mismo, de repente llevamos dos meses de arresto domiciliario o arresto a secas si le ha pillado a uno fuera de casa. Y sin hora de patio.

Y los medios de comunicación de masas nos han ido comunicando las normas del arresto sin solución de continuidad y con el mismo desparpajo que nos contaban los pormenores de la mani del día de la mujer o del mitin de Vistalegre. 

Y no solo en España, donde puede y debe observarse que una sociedad civil enclenque y servil sostiene un ecosistema de medios equivalente. Cuando Italia y España ya se habían convertido en gigantescos presidios, la prensa estadounidense y británica debatían animadamente los malos resultados del Liverpool y la baja calidad del debate político en las primarias – mientras los expatriados españoles, ya decididamente orientalizados, emprendían la senda del autoconfinamiento a la manera de la comunidad china en España y por los mismos exactos motivos: es lo que dictaba el gobierno que informaran los medios.

Hasta que Boris Johnson y Donald Trump se incorporaron a las realidades del COVID. Y entonces ya sí, allí también la gripe resultó ser pandemia. Y todos para adentro. Que lo han dicho en la tele.  

En el momento más agudo de la crisis, la pandemia puso de manifiesto la debilidad de unos medios que se aislaron dentro de sus fronteras estatales siguiendo obedientemente la batuta del gobierno de turno. Y en el proceso nos ha revelado que la relación estructural entre el poder político y mediático sigue sufriendo las mismas dependencias y disfunciones estructurales que Walter Lippman identificó en su Opinión Pública hace casi exactamente un siglo.

Ahora, como hace cien años, es el Estado el que domina y establece qué es noticia y cómo lo es. Y ni los blogs, ni Facebook, ni Twitter, ni mucho menos las ‘fake news’ han cambiado esa realidad

Ahora, como hace cien años, es el Estado el que domina y establece qué es noticia y cómo lo es. Y ni los blogs, ni Facebook, ni WhatsApp, ni Twitter ni mucho menos las fake newslos bulos y la desinformación vienen siendo normales desde los Césares, y siguen procediendo mayoritariamente de agentes estatales – han cambiado esa realidad.

Los Estados occidentales no emplean ni necesitan de la censura o del campo de reeducación, pero ahora también sabemos que su capacidad coactiva es en los tiempos del Covid-19 incluso mayor que en los tiempos del cólera. Y que los medios se lo siguen, tampoco es nada nuevo, teniendo que hacer mirar. Ya ven, después todo, sí que estamos ante algo nuevo y habitual.


David Sarias es profesor de Pensamiento Político y Movimientos Sociales Universidad San Pablo CEU. Codirige el Máster en Comunicación Social, Política e Institucional. Universidad CEU San Pablo.