Calma y prudencia, no se apresuren, por mucho que los datos de nuestra maltrecha economía empujen a los responsables políticos y a las organizaciones empresariales a implorar al Gobierno que abra la mano, que permita a la gente salir a las calles y a los pequeños comercios abrir sus puertas porque, de lo contrario, se van a hundir definitivamente y morirán, con lo que supone para millones de trabajadores quedarse en la calle sin perspectiva alguna de poder ganarse la vida, es decir, sin perspectiva de tener para comer ellos y sus hijos.

Todo eso es verdad, claro que lo es, y aún nos quedamos muy cortos. Pero ni el Gobierno ni los presidentes de las comunidades autónomas deben perder la sangre fría que resulta de todo punto imprescindible en estos momentos. Porque esta «desescalada» que se ha empezado a aplicar desde el día de hoy en más de la mitad de España conlleva un riesgo evidente que nadie puede conjurar y es el de que se vuelva a producir un rebrote del virus.

Los representantes de médicos y enfermeras advierten con claridad: «No estamos preparados»

Y la realidad es que ya no estamos en condiciones de hacerle frente con la intensidad y la eficacia con que los sanitarios de nuestro país combatieron el primer y formidable ataque. Lean por favor con detenimiento la información que publica en estas mismas páginas Cristina Castro en la que los representantes de las organizaciones de médicos y enfermeras advierten con claridad: «No estamos preparados».

Nuestros sanitarios no están preparados, y lo dicen abiertamente, para hacer frente a un segundo brote de coronavirus. Son muchas las razones que les llevan a hacer esa advertencia dramática y ante la que los responsables deberían levantar el pie del acelerador y dejar de exigir aflojar las estrictas medidas de confinamiento aplicadas hasta ahora.

Rondan los 50.000 los sanitarios que han sido infectados y seguramente se comprobará que son muchos más en cuanto se generalicen entre ellos los test que han faltado de manera intolerable durante las primeras semanas de la crisis.

Están agotados por el esfuerzo sobrehumano que han hecho durante demasiado tiempo. Necesitan establecer turnos razonables de descanso.

Los médicos de familia, que han colaborado como el que más, como todos los especialistas en cualquiera otras patologías aunque estuvieran muy alejadas de las de los intensivistas o de los neumólogos, van a ser la primera linea de defensa en los centros de salud y ahí van a llegar -ojalá no suceda pero ya hemos visto en otros países que sí ha sucedido- nuevos contagiados por los asintomáticos portadores del virus que, sin saberlo, irán propagando la enfermedad masivamente ahora que la ciudadanía ya puede salir a la calle. Y mucho más sucederá a partir de hoy cuando media España entre en la Fase 1.

¿Estamos en condiciones de proteger a nuestros sanitarios ante una segunda oleada del coronavirus?

En esos centros de salud el contagio puede multiplicarse. Y los médicos necesitarán de equipos de protección realmente eficaces y con la posibilidad de reponerlos tantas veces cuantas sea necesario. ¿Estamos ahora mismo en España en condiciones de garantizar que disponemos de esas reservas para proteger a nuestros sanitarios ante una segunda oleada del coronavirus? Ellos dicen que no, y ellos lo saben.

En conclusión, el propio estamento sanitario declara su estado de debilidad ante un posible rebrote de esta pandemia. Eso significa que la catástrofe podrá llegar a ser incluso mayor que la que hemos vivido y de la que parece que estamos saliendo.

A todo esto hay que añadir la avalancha de enfermos de otras patologías graves que han sido dados de lado porque todas las energías, todas las capacidades, estuvieron volcadas estos últimos dos meses en luchar contra el virus y ganarle la batalla. Todos esos enfermos requieren imperiosamente atención y sus médicos están preparándose para dársela.

No se puede correr de nuevo el riesgo de volver a colapsar a causa de un rebrote de la pandemia la red hospitalaria pública y privada de nuestro país y privar de la atención sanitaria a quienes padecen de otras enfermedades distintas del coronavirus. Dos meses de aplazamiento es una eternidad, y en muchas ocasiones, la distancia entre la vida y la muerte para cientos de miles de españoles necesitados de tratamiento en los hospitales españoles.

Si el rebrote fuera de un nivel preocupante, el Gobierno tendría que ordenar un nuevo confinamiento

Y en términos de la recuperación de la actividad económica, que está herida de muerte, una nueva oleada de casos de coronavirus sería el golpe de gracia para nuestra agonizante economía. Si el rebrote fuera de un nivel preocupante, el Gobierno tendría que ordenar un nuevo confinamiento, no tendría más remedio, dijeran lo que dijeran los presidentes autonómicos.

Ese regreso al aislamiento supondría para la población un golpe psicológico de enorme envergadura, pero además impondría un temor aún mayor a las autoridades sanitarias que tenderían necesariamente a prolongar aún más en el tiempo las medidas de reclusión para no volver a correr riesgos tan graves. Y, como consecuencia, la actividad económica se convertiría definitivamente en irrecuperable.

Andalucía, Valencia, Madrid, se sienten discriminadas e injustamente tratadas en relación con la autorización que se ha dado al País Vasco, cuyos dirigentes tienen carta blanca para organizar a partir de hoy la vida de sus conciudadanos. Y tienen razón, porque los motivos de esta concesión tienen que ver con los 6 votos que le han salvado la cara al Gobierno en esta última prórroga del estado de alarma.

Es verdad que la diferencia de trato es evidente aunque también hay que decir que el gobierno vasco ha implantado unas medidas de liberación del aislamiento extraordinariamente limitadas: la gente no puede salir de sus pueblos. Pero no se puede negar que se ha cedido al gabinete de Urkullu toda la autoridad y toda la libertad para afrontar esta segunda -y peligrosísima- etapa de acuerdo con su criterio sin intervención del Gobierno más que en caso de fuerza mayor.

El riesgo está en el uso que la población vaya a hacer de su parcial libertad de movimientos recién estrenada

Sin embargo, ése no es el problema ahora porque el riesgo está en otro sitio. Está en el uso que la población vaya a hacer de su parcial libertad de movimientos recién estrenada. Y lo que se ha visto hasta ahora y, mucho peor, lo que me temo que podamos ver a partir de hoy, puede acabar dando un golpe irreversible a la muy tímida recuperación de la actividad económica que se inicia hoy lunes.

Y entonces no encontraríamos con la trágica constatación de que el remedio -la prematura liberación del confinamiento y del cierre de las pequeñas y medianas empresas- haya resultado al final ser peor que la enfermedad -la reclusión colectiva una o dos semanas más- porque los efectos de una segunda oleada serán aún más devastadores, por la debilidad y el agotamiento del sistema, que los provocados por el primer ataque.

Como dice el doctor Salvador Casado, médico de familia, en la crónica de Cristina Castro. «como corramos más de la cuenta nos vamos a estrellar». Y debemos tener muy presente que, como nos estrellemos, no nos salva ni Dios ni la Caridad, que bastante difícil lo tienen ya.